Carlos R. Alvarado Grimán Hay silencios que pesan más que los titulares y realidades que duelen por lo evidente.
El periodismo en el estado Nueva Esparta atraviesa una de sus horas más oscuras, marcada no solo por la asfixia económica y operativa que padece el país, sino por una profunda orfandad gremial y una preocupante desorientación ética en la conducción de sus espacios de representación.
Escuchar el testimonio de profesionales de la comunicación que hoy expresan tristeza, decepción y el sinsabor de haber arriesgado todo por la libertad informativa, duele. Duele más aún cuando las respuestas institucionales se estrellan contra la indolencia burocrática —como el insólito bloqueo de apoyo por parte del Colegio Nacional de Periodistas (CNP) ante legítimas solicitudes gremiales— y cuando el músculo organizativo se reduce a la mínima expresión.
La imagen es lapidaria: pasar de sedes imponentes, que fueron bastiones del debate democrático y la defensa de la libertad de expresión en Margarita, a malvivir en espacios cedidos o reducidos a la mínima expresión operativa dentro de cámaras empresariales, es la radiografía exacta de un repliegue inaceptable.
La línea difusa entre el gremio y el empresariado
A esta precarización material se suma un peligroso fantasma que corroe la esencia misma de la profesión: la superposición de roles e intereses.
En una región con dinámicas económicas y sociales tan particulares como Nueva Esparta, la independencia del periodista es un activo sagrado. Sin embargo, en la práctica reciente se observa una alarmante dualidad donde figuras de la opinión y la dirigencia gremial e informativa coquetean, convergen o subordinan su accionar a las agendas de cúpulas empresariales, corporaciones o espacios de interlocución sectorial —con nudos críticos visibles en Fedecámaras, las cámaras de comercio locales.
Cuando el periodista que debe fiscalizar al poder económico se convierte simultáneamente en su corifeo, relacionista público o socio institucional, la línea editorial se fractura. El periodismo deja de ser el fiel guardián del interés público para convertirse en un apéndice de los intereses corporativos. Se confunde el legítimo derecho del sector privado a expresarse con la obligación del comunicador de mantener una distancia crítica, aséptica e incorruptible frente a todos los factores de poder, sean estatales o mercantiles.
El rescate de la dignidad profesional
La democracia insular no resiste una prensa arrodillada, ni un gremio reducido a la caridad logística de las cámaras de comercio. La gravedad del momento exige sacudirse la atonía y la desesperanza.
Es urgente replantear el rol de las organizaciones profesionales en Nueva Esparta. Se necesita rescatar la autonomía financiera, la dignidad estructural y la mística de un gremio que históricamente ha dado ejemplo de valentía. La lucha por la libertad de expresión no puede subordinarse a conveniencias coyunturales ni a pactos de silencio entre cúpulas.
Si Margarita y Coche aspiran a recuperar su pulso democrático, el periodismo local tiene que volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: el espejo inclemente de la realidad, la voz de los sin voz y el contrapeso ético indispensable frente a cualquier forma de poder.
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