domingo, 8 de marzo de 2026

Calabozo: crónica de una hidalguía que se desmorona


Eduardo López Sandoval

Recorrer hoy el Casco Histórico de la Villa de Todos los Santos de Calabozo es asistir a un velorio de sombras y barro. 

Lo que para el mundo fue un ejemplo de orden, limpieza y arquitectura adaptada al rigor del llano, hoy es un inventario de techos colapsados y paredes que se rinden ante la desidia oficial. 

No es solo el paso del tiempo; es el abandono de una herencia que fascinó a los más ilustres viajeros del siglo XIX.

Para entender la magnitud de lo que estamos perdiendo, basta asomarse a las crónicas de quienes "fotografiaron" nuestra ciudad con sus palabras. Alejandro de Humboldt, al llegar en marzo de 1800, dejó una observación técnica y estética que hoy suena a nostalgia:

"Las casas de Calabozo son de ladrillo, y por lo mismo más frescas que si fuesen de piedra. Tienen casi todas una sola planta, y están extremadamente limpias; las calles son muy anchas y rectas. El calor de estas llanuras es tan excesivo que en el mes de marzo el termómetro se mantenía durante el día, a la sombra, entre los 31 y 35 grados."

Esa "hidalguía" no pasó desapercibida para el diplomático británico Sir Robert Ker Porter, quien en 1833 resaltó el carácter distintivo de nuestras fachadas:

"Las casas son de una sola planta y, como las calles, están escrupulosamente limpias y bien blanqueadas; sus ventanas, en su mayor parte, están provistas de rejas de hierro que sobresalen considerablemente, lo que da a la ciudad un aire de hidalguía y distinción."

La arquitectura calaboceña era una fortaleza contra el clima. El viajero alemán, Friedrich Gerstäcker, en 1868, describió con asombro la solidez de nuestras construcciones:

"Las casas son casi todas de una sola planta, con anchas y pesadas paredes de tapia o adobe, y grandes ventanas provistas de fuertes rejas de hierro que sobresalen un poco hacia la calle. El interior, sin embargo, es fresco y agradable; un ancho zaguán conduce al patio, rodeado de corredores, donde se encuentran las habitaciones."

Incluso Jenny de Tallenay, en 1878, supo ver el contraste entre la severidad exterior y el oasis interno de nuestras casonas:

"Las casas de Calabozo, con sus muros de un blanco deslumbrante y sus grandes ventanas cerradas por espesas rejas de hierro, tienen un aspecto severo que recuerda a las antiguas ciudades de Castilla. Pero una vez traspasado el umbral, el aspecto cambia: se encuentra uno en un patio lleno de flores, donde el murmullo de las fuentes y la sombra de los amplios corredores invitan al reposo."

Finalmente el médico alemán, Carl Geldner, resumió en 1866 esa lucha eterna entre la arquitectura y el entorno: "Las casas de Calabozo se presentan al viajero como sólidos bloques de blancura inmaculada, cuyas ventanas de hierro guardan la paz de patios frescos y sombreados, desafiando el rigor de un sol que todo lo abrasa".

Hoy, ese "blanco deslumbrante" es una mancha de humedad y olvido. Las cimas de tapia, que por siglos guardaron la paz de los patios, hoy sucumben ante la indiferencia de quienes deberían protegerlas. La realidad es amarga y la sentencia es clara:

"Si Humboldt volviera hoy y viera el estado de esas paredes de tapia que él elogió por su frescura, escribiría una elegía en lugar de un diario de viajes."

Esto último es una cita del autor, de algún no leído por inédito libro, quien te dice, mi pana lector, no me digas que es tema para escribir un ensayo o ponencia histórica, dime más bien qué hacemos ante la desidia gubernamental, ¿llamamos a Trump o a Marco Rubio?

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