Jesús Alberto Castillo (*)
El ejercicio periodístico en ambientes de asfixia económica ha originado mutaciones deontológicas compleja que amenazan los criterios esenciales de la comunicación. Ya no presenciamos únicamente la censura directa o la propaganda oficialista desmedida; el escenario actual está controlado por el fenómeno del mimetismo informativo.
Esta práctica se define como la apropiación intencionada de la estética, formatos y lenguajes del reclamo ciudadano por parte de actores de la comunicación supuestamente independientes, pero estructuralmente subordinados al poder político de turno. A esta grave situación se añade el comportamiento dual de algunos directivos del gremio periodístico, como aparentes centinelas de la realidad y contratistas estatales, que reduce la esfera pública a un mero teatro donde la verdad de los hechos se pone en entredicho.
En fin, el núcleo operativo de esta estrategia reside en el camuflaje institucional, el cual se traduce en un auténtico surrealismo informativo. No es casual que expertos en sociología comunicacional adviertan que la titulación de la noticia y la selección discrecional de las fuentes informativas sean estrategias políticas de la manipulación mediática. Bajo este peligroso esquema el periodismo contemporáneo es abrazado por un ecosistema digital diseñado para validar una verdad superficial ante la mirada de todos.
De esta manera, estamos asistiendo a un fraude epistemológico en el ejercicio periodístico actual, caracterizado por el desarrollo interno de un fenómeno que los expertos en el tema han denominado _gatekeeping_ o "agenda de porteros". A través de la exclusión deliberada de fuentes, el medio decide omitir a los dirigentes legítimos y reconocidos para suplantarlos por otros actores, tergiversando la esencia del hecho noticioso o crear en la opinión pública una visión negativa de dicho evento.
No debe sorprendernos, entonces, que el ecosistema comunicacional termine suplantando el cuerpo de la noticia con declaraciones de figuras partidistas desgastadas o deslegitimadas. Por tanto, se desconstruye intencionalmente el hecho: el mensaje original se diluye y la legítima protesta social se presenta ante el público como una escena interpartidista esteril, donde cada actor asiste para "salir en la foto o pantalla". Este teatro del absurdo produce una disonancia cognitiva, vacía de contenido la protesta social y termina sirviéndole a los intereses de los grupos hegemónicos que financian la operación mediática.
Esta hegemonia comunicacional se consolida mediante la cooptación del gremio periodístico. La mutación de algunos comunicadores sociales en apéndice del modelo corporativo estatal termina de anular la función del periodismo como contrapoder. Dicha cooptación tiene un doble propósito. Por un lado, monopolizar la representación reporteril para validar plataformas digitales propagandísticas y establecer mecanismo de doble facturación que garantice contratos estatales, mientras se simula mantener las puertas abiertas a los sectores opositores. Es el teatro surrealista en el periodismo contemporáneo.
(*) Periodista, politólogo y abogado.







