Carlos Dürich Cada 24 de julio, cuando la fecha marca el nacimiento de Simón Bolívar, el ritual se repite con una regularidad tan predecible como la de los rituales de Estado: discursos grandilocuentes, ofrendas florales y la invocación de un nombre que parece servir más para consagrar el poder existente que para desafiar sus estructuras.
Se le momifica como una estatua de bronce o se le reduce a un militar de éxito, cuando no se le vilipendia como un déspota fracasado. Pero ninguna de esas dos operaciones —la hagiografía o la demonización— acierta a comprender la pregunta fundamental que su vida y obra nos plantean:
¿Cómo se organiza un mundo nuevo cuando el peso de tres siglos de dominación, la inercia de la desigualdad y la fuerza de los imperios están en su contra?
Por eso, cuando se pregunta por la actualidad de su pensamiento, la respuesta no debe hallarse en la fiel repetición de sus proclamas, sino en la fidelidad a su problema central: el de la construcción de un proyecto político soberano, justo y anticolonial en un continente fragmentado y asediado.
La pregunta por su utilidad hoy no puede ser respondida por la estatua, sino por el análisis de su método y sus advertencias. ¿Ha sido superada la necesidad de una conciencia continental unificada? ¿Es el "pequeño género humano" que describió un concepto arcaico o una realidad más vigente que nunca frente a los nuevos embates del colonialismo?
La vanguardia y las "repúblicas aéreas": el problema de la relación entre liderazgo y pueblo
La teoría política de Bolívar no se forjó en el gabinete, sino en la derrota, como él mismo expresa en el Manifiesto de Cartagena (1812). Su primer gran diagnóstico contiene una crítica mordaz no solo al sistema federal, sino a la desconexión fundamental entre el liderazgo revolucionario y la realidad del pueblo. Allí acuña un concepto que ilumina su pensamiento: el de las "repúblicas aéreas". Advierte que "los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose Repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano". Es decir, el primer y más grave error fue construir instituciones ideales sobre una base social que no las comprendía ni estaba preparada para sostenerlas.
Aquí surge el núcleo de su propuesta política: la necesidad de un liderazgo que no se limite a gobernar, sino que eduque y transforme al pueblo desde dentro, forjando una nueva conciencia nacional. No se trata de un caudillismo personalista, sino de una vanguardia que asuma la tarea de "formar el corazón" de los hombres para la libertad, como él mismo le reconoce a su maestro Simón Rodríguez: "Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso". Esta vanguardia no es un sustituto de la voluntad popular, sino un instrumento para que esa voluntad, aún "embrutecida por la doctrina de la superstición", pueda encontrar su camino.
Bolívar no fue un iluso que creyera que la revolución se hace sola. Comprendió que la transformación del pueblo era la condición para la transformación de la patria, y que esa transformación era posible gracias a la fe depositada en el proyecto común. Dos cartas suyas iluminan esta relación con una claridad asombrosa.
La primera está dirigida en 1819 al general Bartolomé Salom, y en ella evoca la épica de sus soldados anónimos:
"¿Recuerda usted, Salom —le decía—, la alegría del ejército cuando en Betoyes se le racionó de plátanos? Puede decirse que hacía dos días que no comía. Ese ejército, sin embargo, no se quejaba. Seguía proporcionando la constancia a los trabajos, porque se le había dicho que iba a destruir a los tiranos. Cuando se escriba la relación de nuestros combates y se cuenten los prodigios de valor de nuestros soldados, su aliento en todas las adversidades, la historia antigua, llena de héroes y de pinturas exageradas, perderá gran parte de su importancia, porque se verá excedida con verdad".
La segunda es de 1826, dirigida a su sobrino Anacleto Clemente y es un testimonio aún más conmovedor de lo que el liderazgo puede obrar en los más humildes:
"¿No te da vergüenza ver que unos pobres llaneros sin educación, sin medios de obtenerla, que no han tenido más escuela que la de una guerrilla, se han hecho caballeros; se han convertido en hombres de bien; han aprendido a respetarse a sí mismos tan sólo por respetarme a mí? ¿No te da vergüenza, repito, considerar que siendo tú mi sobrino, que teniendo por madre a la mujer de la más rígida moral, seas inferior a tanto pobre guerrillero que no tiene más familia que la patria?"
En ambas citas resuena la misma enseñanza: el liderazgo no es un fin en sí mismo, sino un medio para elevar al pueblo. No se trata de un mesianismo narcisista, sino de una pedagogía revolucionaria. El soldado que ayuna pero no se queja porque se dirige a destruir a los tiranos; el llanero que se hace caballero por el solo hecho de respetar a su jefe y a su causa: son la prueba tangible de que la revolución no es solo un cambio de instituciones, sino una transformación del alma colectiva. Esa es la "ciencia práctica del Gobierno" que los soñadores de repúblicas aéreas nunca comprendieron y aun no comprenden.
El imperialismo de hoy
Bolívar no solo fue el "Libertador"; fue el primer gran teórico del antiimperialismo continental. Su Carta de Jamaica (1815) no es un mero alegato patriótico: es un diagnóstico geopolítico de primer orden. Al afirmar que "nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares... nuevo en casi todas las artes y ciencias", define las bases de una identidad soberana que debe luchar contra todo intento de recolonización.
Este diagnóstico se vuelve profético en su correspondencia con el agente estadounidense Irvine (1818). Bolívar no se deja intimidar por el poder emergente del Norte. Cuando Irvine lo presiona por sus reclamos, el Libertador responde con una claridad que no necesita subrayados: "Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende". Allí está esbozada, más de un siglo antes, la crítica a cualquier forma de tutelaje imperial.
Si Bolívar levantara la cabeza y viera la situación actual de Venezuela, ¿Qué diría frente a la injerencia de Washington? En primer lugar, denunciaría la hipocresía de un "imperio de la libertad" que, como ya lo advirtió, está "destinado por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad". Pero no se quedaría en la denuncia.
Bolívar propondría una estrategia política concreta: la articulación de todas las fuerzas antiimperialistas del continente. Para él, el Congreso de Panamá no era un sueño romántico, sino una necesidad táctica. Frente al bloqueo, el asedio económico y las sanciones, su respuesta sería la unidad sudamericana y caribeña como un muro de contención, tal como lo soñó cuando propuso "unir los dos mares" para comunicar a los pueblos y fortalecerlos frente al exterior. La soberanía, para él, no se pide: se construye mediante la cooperación y la fuerza colectiva.
Tres tareas para el bolivarianismo del siglo XXI
La vigencia de Bolívar no reside en la repetición de sus gestos, sino en la aplicación de su método a los problemas de hoy. ¿Cuáles serían sus tareas si levantara la cabeza?
* 1. Diagnóstico de las nuevas cadenas: Para Bolívar, la esclavitud era una contradicción central que debía ser abolida, como lo expresó en su Discurso de Angostura al implorar "la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República". Hoy, la deuda externa, la dependencia tecnológica, el extractivismo y el asedio financiero son los nuevos grilletes. Su lucha debe traducirse en una ofensiva contra las estructuras económicas que perpetúan la desigualdad y la subordinación, reconociendo que la independencia política es un primer paso, pero no el último.
* 2. Construcción del proyecto integrador: El Congreso de Panamá fue su gran intento de crear una "asamblea de plenipotenciarios" para "servirnos de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes". Fracasó por la mezquindad de los intereses locales. Hoy, ese sueño debe renovarse no como una entelequia diplomática, sino como una organización política efectiva que articule los esfuerzos de los pueblos del Sur contra el colonialismo del siglo XXI, construyendo un "equilibrio del universo" que contrarreste el poder hegemónico.
* 3. Reinvención del "ejército libertador": Hoy, las armas son otras: el control de la información, la disputa cultural y la organización de las masas. Bolívar entendió que la victoria no viene de la mera audacia, sino de "proporcionar la constancia a los trabajos". Ese principio debe aplicarse hoy a la construcción de poder popular, a la educación en la soberanía y a la batalla cultural contra el pensamiento colonial. Se requiere un "ejército" de educadores, comunicadores y organizadores que asuman la tarea de "formar el corazón" de las nuevas generaciones para la libertad y la justicia, tal como el Libertador lo hizo con sus soldados y llaneros.
Un horizonte para organizarse
El mayor temor de Bolívar, y el que finalmente devoró su obra, no es el ejército español, sino la fragmentación y el caudillismo. Como expresa en su Discurso de Angostura (1819): "Semejante a un robusto ciego que instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos". Ese "ciego" es un pueblo que, liberado de la dominación externa, no ha forjado una conciencia de unidad.
Aquí la reflexión de su maestro, Simón Rodríguez, es una clave insoslayable para entender y actualizar el proyecto bolivariano. Don Simón escribió:
"Alborotar a un pueblo por sorpresa, o seducirlo con promesas, es fácil; constituirlo es muy difícil; por un motivo cualquiera se puede emprender lo primero, en las medidas que se tomen para lo segundo se descubre si en el alboroto o en la seducción hubo proyecto; y el proyecto es el que honra o deshonra los procedimientos; donde no hay proyecto no hay mérito. Hombres arrastrados a una acción por la fuerza de un genio superior, o por las circunstancias, no pueden probar que en su cooperación hubo cálculo. Se ha hecho la revolución... en hora buena; ha aparecido el valor, la constancia, el heroísmo... falta todavía mucho para adquirir la verdadera gloria con que se coronan las empresas políticas".
Este texto parece escrito para las crisis de las repúblicas americanas. La revolución, el acto de liberación, fue el "alboroto". Lo que vino después —el caudillismo y la disolución de la Gran Colombia— fue la consecuencia de no haber pasado del heroísmo guerrero a la grandeza del estadista. La "verdadera gloria" para la que aún no estábamos preparados era la de constituir una patria, es decir, proyectar, organizar y edificar.
¿Para qué sirve Bolívar, entonces?
Para recordarnos que el mero hecho de la independencia no es suficiente. La pregunta que nos dejó no es "¿cómo nos liberamos?", sino "¿cómo construimos?". Hoy, frente a la adversidad, la respuesta no puede ser la improvisación ni la dependencia de un "genio superior". Debe ser, como lo supo hacer Bolívar en sus campañas, "proporcionar la constancia a los trabajos". Esa constancia, esa perseverancia organizada, es el único camino hacia la verdadera gloria: la de constituir una patria soberana, justa y unida.
Negarse hoy a este desafío, refugiarse en el "alboroto" o en la queja estéril, es abdicar de la única herencia que realmente importa: el proyecto inconcluso de América, la tarea de construir el "proyecto" que nos redima del mérito a medias. La revolución se hizo en hora buena; ahora falta lo más difícil: la Patria.