Nelson Oyarzábal P.
Más allá del dolor que nos embarga como nación y como pueblo, nos corresponde reflexionar profundamente sobre los sucesos del 24J. El descomunal impacto de este doblete sísmico nos conmina, de manera inmediata, a repensar las formas de actuación y participación ciudadana necesarias para mitigar las duras consecuencias en las familias afectadas
Lo que en un primer momento surgió como una respuesta espontánea, solidaria y efectiva de miles de venezolanos —dentro y fuera del país— hoy debe evolucionar. Las propias circunstancias nos exigen dignificar ese gesto inicial, transformándolo de un impulso emocional en una acción planificada, orgánica, integradora y sustentable en el tiempo
Efectivamente, de eso se trata: ante las múltiples adversidades en el contexto de la post-tragedia, nos corresponde imaginar nuevos retos, compromisos y acuerdos; nuevas formas de participación, relacionamiento organizacional y de trabajo colectivo de profundo valor ciudadano para la reconstrucción humana, cultural y emocional de la población afectada. Y como un acto de resistencia, donde la sociedad civil debe buscar alternativas para recuperar su autonomía de vuelo frente a un gobierno que ha demostrado ser irresponsable en la protección integral de sus ciudadanos.
La solidaridad, como un valor trascendental y a toda prueba en nuestra cultura, es nuestro principal activo para inspirar esta gran cruzada de largo aliento. Las imágenes de los primeros días constituyen un testimonio auténtico de la fuerza y la intensidad con que se expresa esta preciada condición humana en nuestro comportamiento cotidiano y en nuestra forma de ser.
Pero la solidaridad en sí misma no es un valor autosuficiente. Para que se haga más efectiva e incluyente requiere de organización en un sentido más amplio que incluya: gestión, planificación, coordinación, ejecución, acompañamiento y logística por nombrar algunos componentes claves de la gestión social que, a todas luces, brillaron por su ausencia.
A simple vista, notamos un superávit de solidaridad (sociedad civil) y un déficit de organización y coordinación institucional (gobierno) . Esta asimetría afectó gravemente el desarrollo de los acontecimientos, dejando en los ciudadanos la carga de estructurar la respuesta. Las minúsculas y difusas acciones de las autoridades en el terreno se orientaron más al control y restricción de ciertas zonas, y no a la coordinación y atención integral de la población, ni mucho menos al apoyo en las labores de rescate bajo los escombros de los familiares fallecidos.
Lamentablemente, estos trágicos acontecimientos ocurren en el marco de una de las mayores crisis del Estado venezolano en la que destaca la ausencia de institucionalidad. ¿Cómo imprimirle valor estratégico al componente organizacional si a esta situación le añadimos la existencia de un gobierno ineficaz y el debilitamiento progresivo de las ONG, producto en buena medida de las políticas de control y regulación impuestas?
Urge pues, en medio de este contexto de emergencia, la necesidad de sentipensar: unificar nuestra capacidad de conmovernos con un rigor estratégico para debatir y asomar alternativas de carácter organizacional que hagan sustentable la solidaridad, para transformar la empatía espontánea en una estructura sólida capaz de reconstruir lo que las instituciones oficiales han dejado en el olvido.
.jpeg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario