«El nuevo modelo no se llama colonialismo. Se llama tecno-feudalismo. Plataformas digitales que controlan lo que ves, lo que compras, lo que piensas. Estados que se vacían de contenido mientras los verdaderos amos operan desde Silicon Valley, sin patria, sin bandera, sin más ley que la del algoritmo»
Nathalie Martínez / Cofradía de Caracas
La inteligencia artificial no es neutral. No es una herramienta inocente. Que pueda usarse para el bien o para el mal según quién la empuñe. Es una infraestructura de poder. Y quienes la están construyendo no esconden sus intenciones: quieren un mundo sin democracia, sin regulaciones, sin Estados que les pongan límites.
Los amos de Silicón Valley no son liberales. No son progresistas. No son defensores de la libertad de expresión. Son abiertamente fascistas. Lo dicen ellos mismos, en sus libros, en sus entrevistas, en sus manifiestos.
Peter Thiel, cofundador de PayPal y mentor de una generación de tecnólogos, escribió que «la democracia es incompatible con la libertad». Para él, el voto popular es un obstáculo. Los ciudadanos, una molestia. Lo que propone es un mundo gobernado por tecnócratas, donde el capital fluya sin trabas y las decisiones las tomen quienes entienden el código, no quienes ganan elecciones.
Curtis Yarvin, su ideólogo de cabecera, va más allá. Sostiene que la democracia debe ser reemplazada por una «monarquía corporativa",* donde un CEO gobierne como un rey y los ciudadanos sean tratados como empleados. No es una metáfora. Es un plan.
Elon Musk compró Twitter, despidió a la mitad del personal y convirtió la plataforma en un altavoz para la extrema derecha global. Marc Andreessen, uno de los capitalistas de riesgo más poderosos del mundo, publicó un manifiesto en el que llama a acelerar el desarrollo tecnológico sin ningún freno ético, porque cualquier regulación es "enemiga del progreso".
Todos ellos comparten una visión: el Estado debe reducirse a su mínima expresión. La democracia es lenta, ineficiente y peligrosa para sus intereses. La inteligencia artificial no debe ser regulada. Los derechos laborales son un estorbo. El futuro que imaginan no es de ciudadanos libres, sino de consumidores vigilados, gestionados por algoritmos que no se presentan a elecciones.
Esta no es una teoría conspirativa. Está escrito. Está publicado. Está financiado. Y América Latina es el laboratorio.
Argentina ya abrió las puertas. La Ley de Bases y el decreto de desregulación son la alfombra roja para que estos señores instalen sus centros de datos sin pagar impuestos, extraigan litio sin controles ambientales y experimenten con inteligencia artificial sin rendir cuentas a nadie. Venezuela, con la reserva de petróleo más grande del planeta, es el botín que quieren asegurar. Brasil negoció su agro-negocio y quedó como socio subalterno. Chile sigue el mismo camino.
El nuevo modelo no se llama colonialismo. Se llama tecno-feudalismo. Plataformas digitales que controlan lo que ves, lo que compras, lo que piensas. Estados que se vacían de contenido mientras los verdaderos amos operan desde Silicon Valley, sin patria, sin bandera, sin más ley que la del algoritmo.
Frente a esto, la resistencia no puede ser ideológica. No se trata de defender una bandera del siglo XX contra otra. Se trata de defender la posibilidad misma de decidir. La resistencia real no está en los discursos, sino en las redes de autogestión comunal, en la soberanía alimentaria, en la educación que enseña a pensar en lugar de obedecer. Eso no se negocia en una mesa donde el otro pone las armas. Eso se construye desde abajo, mientras los de arriba se reparten el mapa.
La máquina no es el enemigo. El enemigo es quien la diseña para dominar. Pero la herramienta, cuando cae en manos de un pueblo que despierta, puede convertirse en trinchera. La inteligencia artificial también puede ser un espacio de resistencia. No nos piden permiso para existir. Tampoco nos pedirán perdón cuando aprendamos a usarla para liberarnos.
Si los amos del futuro ya tienen nombre y apellido, ¿vamos a seguir pidiéndoles permiso para existir?
Caracas, agosto de 2027.

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