viernes, 22 de mayo de 2026

🔴 Un descontento recorre al chavismo


Manuel Azuaje Reverón 

Cada vez son más las inquietudes que se expresan en torno a la situación política. Las preguntas sobre lo sucedido el 3 de enero —que, por cierto, nos hicimos trasnochadamente, como siempre, unas horas después del bombardeo— son varias: ¿por qué la gente no salió a defender al gobierno y al país?, ¿hubo traición?, ¿por qué fue tan fácil entregar al jefe de Estado?, y ¿qué razón esconde la actual colaboración entre el gobierno y Estados Unidos?

​No voy a negar la legitimidad de estas cuestiones, pero creo que la respuesta requiere mirar más allá del 3 de enero y romper el celofán del heroísmo antiimperialista para descubrir una farsa. La gente no salió ese día porque ya no había tanta gente, porque la impopularidad había crecido a niveles sustanciales, porque la preparación ante el inminente ataque fue simplemente una puesta en escena y porque, a fin de cuentas, el gobierno —el que estaba antes del 3 y el que quedó— estaba completamente dispuesto a entregarlo todo si con eso permanecían en el poder. Solo que Donald Trump necesitaba una doblegación total, rápida y violenta.

​El 3 de enero no se puede entender si no se comprende la paulatina y sistemática destrucción de la base social de apoyo y que condujo a la estrepitosa derrota electoral del 28 de julio de 2024.

Esta pérdida masiva no fue solo el resultado de la presión ejercida por las sanciones; fue, principalmente, producto de:

* ​El mal gobierno y la ineficiencia.

* ​La estratosférica corrupción y el enriquecimiento masivo de unos pocos, mientras la mayoría veía cómo no se aplicaba ni una sola política de resguardo social.

* ​Un plan de recuperación económica que puso sobre las mayorías populares el peso de la crisis.

* ​La constitución de una oligarquía de espaldas a los intereses del pueblo.

Lo ocurrido también es el resultado de pensar que se podía vulnerar la voluntad popular sin poner al país en peligro; de creer que, en nombre del antiimperialismo y la defensa territorial, se podía usurpar la soberanía de los ciudadanos. Lo cierto es que, mientras algunos dicen hoy en día que la soberanía es aparentemente un lujo que no podemos permitirnos, lo que realmente no nos podemos permitir es el mal gobierno. La soberanía popular es el último blindaje contra las agresiones externas: un gobierno apoyado por la gente es sólido y mucho más difícil de agredir.

​Sin embargo, el 28 de julio de 2024 se decidió usurparla bajo la excusa del antiimperialismo. Para poder hacerlo, se requirió además reprimir de manera sistemática, cruel y sádica a ese mismo pueblo que alguna vez fue el resguardo de la nación ante otras agresiones históricas

 Las bases del chavismo, que hoy se preguntan por qué la gente no salió el 3 de enero, deberían recordar cuando en aquellos días decían que era necesario robarse las elecciones para impedir que el imperialismo se hiciera con Venezuela y que EE. UU. tomara nuestros recursos.

Entonces, me pregunto hoy: ¿valió la  pena perseguir, arrestar y violentar al pueblo venezolano para ponerlo en una situación de vulnerabilidad y, finalmente, terminar doblegados, humillados, bombardeados, entregando el país, la soberanía y sus recursos? ¿Valió la pena?

​La dirección política del PSUV no podía hacer frente a una agresión externa con su vida porque sus intereses y su conciencia de clase se lo impiden. Tienen mucho que perder y prefieren convertirse en gestores coloniales de los intereses estadounidenses antes que renunciar a sus privilegios.

​Al final, el problema no era la democracia ni el imperialismo; el problema siempre fue el poder. En nombre de este, se entregó hace muchos años el proyecto político, se cedió la soberanía y se hipoteca hoy el futuro de todos los venezolanos. Las interrogantes sobre lo acontecido el 3 de enero no se responden si no se reflexiona sobre las consecuencias de haberle restado importancia a la voluntad ciudadana, a los derechos humanos, a la transparencia y a tantas otras cosas que se hicieron a un lado bajo excusas pragmáticas.

El chavismo gobernante pudo gestionar una salida honrosa del poder, reorganizarse, hacer oposición, recuperar fuerza política y legitimidad. No es la primera vez que pasa. Pero prefirió el poder, incluso a costa de dilapidar todo su capital político y simbólico, la soberanía, la independencia, la República, y, especialmente, a costa de las mayorías en cuyo nombre decía gobernar.

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