«Empecé a pintar en 2019, con puntillismo, que me pareció lo más fácil», revela Fidelina Molina, una profesional de administración y contaduría egresada de la Universidad de los Andes, que comenzó a pintar sobre latas, botellas y objetos caseros como una vieja maquina de coser marca 'SINGER' o un gran taco de madera hecho porta cuchillos.
El detalle curioso y admirable es que comenzo a pintar como hobie, a los 73 años de edad, y ya cumplió 79, el pasado 1 de abril. Nacida en Valera, estado Trujillo en 1947, Fidelina Molina Peñaloza ha vivido, por supuesto en su ciudad natal; en Caracas, donde casó con el boconés Rómulo Hidalgo Morón, comerciante y vendedor de productos industriales y agropecuarios; otra vez en Valera y finalmente en la ciudad de Mérida, donde han visto crecer a sus cuatro hijos: Juan Manuel, José Luis, Edén Beatriz y Rómulo José; y nacer 10 nietos y 2 bisnietos.
Orgullosa, confiesa que se inició en la pintura «a los 73 años: ¡Nunca es tarde para aprender! Aunque digan que ‹loro viejo no aprende a hablar›», afirmación que cierra con una graciosa sonrisa.
«Desde que murió mi mamá empecé a pintar, buscando algo que me llenara ese vacío». Fidelina es hija de dos trujillanos: Maura Peñaloza de Molina (1921/2019), licenciada en Educación por la Universidad Central de Venezuela (UCV); y el profesor Manuel Isidro Molina Gavidia (1915/1998), periodista, docente y director de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, y directivo de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP), el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) y el Instituto de Previsión Social del Periodista (IPSP).
«Empecé pintando latas de alimentos conservados para sembrar maticas», contó Fidelina, rodeada de matas ornamentales muy diversas y armoniosas, sembradas y cuidadas por ella, en su casa de montaña en el sector de Los Carmelitas Descalzos, a 15 minutos de Mérida, por la carretera Panamericana, vía Jají, donde comparte vida con Rómulo, productor agropecuario, ya retirado del comercio.
«Después -continua nuestra pintora radicada en las afueras de la capital merideña, frente a la Sierra Nevada-, quise probar pintar en lo que tenía en la casa, que era papel bond. Practicando en ese papel, con pinturas escolares de las que habían dejado mis nietos y nietas, lo que veía por Youtube. Después me iban gustando las cosas que hacía y empecé a comprar pinturas para pared».
«Luego empecé a pintar botellas y frascos interesantes, franelas, zapatos, chaquetas, muebles, huevos de gallina vaciados. Hasta me decidí a pintar un mural, en la sala de mi casa. Así fui experimentando hasta que me sentí capaz de pintar cualquier cosa o superficie, con figuras y motivos de mi creación, asociados a mi entorno, gustos y conocimientos, desde flores, estrellas y aves hasta el rostro de Frida Kahlo».
Sus obras tienen una fuerte carga afectiva, están en manos de familiares y amigos, en diversas localidades de Venezuela y el exterior: «Quiero muchísimo mis piezas».
«Me encanta lo que hago. La pintura me permite aislarme de mi alrededor, como si fuera una meditación. Con poca modestia defino mi entretenimiento como pintura artística.
Pinté mis primeros cuadros para mis hermanos, luego para mis hijos y nietos. Luego me decidí a vender algunas piezas, y siento que a quienes las compran les producen alegría. Esa es la idea, y a mí también me contenta que las valoren y las disfruten».













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