«¿Y qué hacen los hombres de bien, los verdaderos amantes de la felicidad pública, los
Mentores, los pilotos, los que poseen la brújula de las pasiones de los otros para
dirigir a favor de ella la nave política al norte de su verdadera dignidad? ¿Hasta
quando han de ser su universo las quatro paredes de su casa?»
Gaceta de Caracas, 11 de mayo de 1810, Nº 97, tomo II
No sería inapropiado comenzar en tono confesional. Después de todo no otra cosa hizo
el primer venezolano que escribiera para Hispanoamérica el primer tratado de teoría
política que se conoce en nuestra historia. Hablo del prócer Juan Germán Roscio y no,
como sugieren el cinismo y pragmatismo políticos del momento, del nombre de algún
audaz empresario. De alguien que busque hacer de Servando y Florentino, ex estrellas
de Salserín, los futuros concejales de Las Mercedes o que gestiona los derechos
televisivos para que la sede del Consejo Supremo Electoral, la de este Congreso,
cuando no la de una Asamblea Constituyente, se luzcan en los espacios televisivos de
Gigantísimo, en directo, desde Miami. ¿Puede esto extrañarnos? Ni el pasado remoto
de nuestra historia política ni el reciente nos desmienten del todo. Salgan los
historiadores a rastrear y hallarán el gusto de Guzmán por las estatuas de sí mismo y
la Ópera, recordemos la estatua ecuestre del creador de la Gran Venezuela. ¿Acaso no
pasamos de este hemiciclo al «Teresa Carreño» para ungir a un Presidente negando
así el valor de los símbolos de nuestra cultura republicana? No, nada impide imaginar
que la aclamación del próximo presidente cambie la sede de los espacios públicos de
nuestra memoria cívica por alguna más ajustada a la exigencia publicitaria de la hora.
¡Malhaya entonces esta hora! Hablo ya en el tono confesional de Roscio; esta es mi
confesión: ¿qué hago aquí? ¿quién soy yo para estar ante ustedes?
La primera pregunta no es sólo mía. Se extiende hoy, en forma amenazadora por la
mente de muchos venezolanos. En efecto, tal parece haber llegado a ser la percepción
moral de la política como oficio y de los políticos como sus profesionales que muchos
piensan que a pesar de todo lo que aquí humanamente se pueda hacer para expresar
la soberanía legalmente —que es bastante e importante— ya no vale la pena que se
siga haciendo. Y, peor aún, se piensa que sería una buena cosa que ustedes no lo
siguieran haciendo por nosotros. Estos pensamientos desdeñosos de la democracia
representativa, hechos por la alquimia levantisca y demagógica de caudillejos, nos
dicen que es necesario reinventar una democracia directa de las masas. Y nos dicen, además, que hay hacerlo fuera de este lugar. Este sueño «anarquista» consiste en que
cada quien lleve su silla de congresista —su curul— como quien lleva una loncherita
para manducarse la república y formar, en un acto de participación política
instantánea, una especie de guarapita cívica, la voluntad general de todos. Y así,
desde un patio de bolas o una mesa de dominó, en alguna gallera, dice este robusto
sueño anarquista, cada miembro de la «sociedad civil», sin intromisión del Estado ni
de los partidos, decidirá por su cuenta y gana lo que mejor convenga para todos los
venezolanos. El grito de batalla de esta profecía es simple: la nación es la de quien
pueda tener las ganas de encarnarla…
Por lo tanto, y a la sombra pueril de este anarquismo de carne en vara o pasarela,
aceptar la invitación que se me hiciera y honrarla, es algo que muchos considerarían
la traición más lograda que me habría hecho a mí mismo y también a todos los que NO
somos profesionales de la política. ¡Malhaya esta hora de confusiones!
Confieso entonces, como Roscio, que estoy ansioso por criticar tantos prejuicios malos
que la sociedad ha entronizado como creencia para caracterizar, denigrando, la idea
de la política y la seriedad de su práctica. Digo que es la sociedad la que los ha creado
porque es esta sociedad — la que tenemos— la que concibió estos prejuicios, la que
los ha hecho propios y ajenos, la que tira la piedra de su moralismo y esconde la mano
de su responsabilidad. Somos nosotros quienes hacemos la vida social posible y real,
quienes nos educamos en el escándalo, son nuestras las prácticas que hacen y
deshacen la política, su tragedia y su comedia. Porque no se equivoque sobre esto
nadie, por lo menos no conmigo. La política que tenemos es la que nuestras
«representaciones sociales» han hecho posible y afianzado para bien y para mal; y la
hechura del mal que no queremos hacer y del bien que hacemos como podemos es tan
nuestra como de nuestros mandatarios. Pues, ¿quién si no nosotros somos los
habitantes de esta tierra?
Somos los fanáticos del Caracas y el Magallanes —aunque sea yo tiburón convicto y
confeso— quienes vamos al estadio de la política a tomar cerveza, a chacotear y a
nadar en obscenidades mientras nos divertimos y a elegir festivamente a nuestros
representantes o ver pasivamente desde nuestras casas lo que hacemos y dejamos
hacer que se haga con nuestra desidia. Es bueno entonces ponerle freno al deleite
irresponsable que busca eludir el ser que somos, como si los políticos fueran unos
esclavistas y nosotros todos los cautivos miembros de una azotada caravana negrera.
Así, mi primera pregunta —¿qué hago aquí?— cambia de sentido: estoy aquí porque
tengo que estar aquí. Porque a partir de la invitación que se me ha hecho es mi deber
estar aquí y porque quiero decir lo que pienso como ciudadano, porque no quiero que
me roben la expresión de mi voz ni la dignidad que la democracia venezolana recuperó
para ella a través del ejercicio responsable y racional de MI libertad y de la de todos.
Y si estoy aquí no es para traicionarme sino para actuar políticamente, como titular de
un número de identidad de una cédula diez años vencida, pero que nunca ha dejado de
votar para defender mi idea de ser quien soy, posibilidad moral que me da, entre otros,
un articulito de nuestra Constitución, la de mayor vida institucional de la historia de
Venezuela, aquel que dice: «El gobierno de la República de Venezuela es y será
siempre democrático, representativo, responsable y alternativo» (Constitución
Nacional, art. 3).
La segunda pregunta —¿quién soy yo para estar aquí?— es más grave para mi
confesión que la primera. Y es que no he sido nunca algo distinto de lo que he
pretendido ser toda mi vida. Soy apenas o nada más que un profesor universitario. No
debo entonces este lugar al hecho de haber sido alguna vez jefe civil, prefecto,
diputado, senador, embajador, ministro, miembro de partido, ni rector, ni decano, ni
director de escuela, ni siquiera representante de FAPUV. Ah, olvidaba decirlo,
tampoco he ganado ningún concurso de fisioculturismo o de halterofilia lo que quizás
me hubiese calificado para aspirar mucho más que ser el orador de orden… Nada.
No
tengo entonces las credenciales que requiere la elocuencia de esta tribuna; como
evidencia alego en mi contra la lista de honor de predecesores: Senador Miguel Otero
Silva, Dr. J.L. Salcedo Bastardo; Dr. José Antonio Pérez Díaz; Dr. José Guillermo
Andueza; Dr. Raúl Leoni; Dr. Rafael Caldera; Dr. Gonzalo Barrios; Dr. Pedro Pablo
Aguilar; Dr. Hilarión Cardozo; Dr. Alejandro Rodríguez Cirimele; Vicealmirante
Wolfgang Larrazábal…
Siento entonces escozor al oír el ruido de mi voz. Y en mi fantasía de orador solitario
—allá, bajo la regadera de mi casa— crecía en mí cierta sensación de vergüenza al
reparar en la gravedad de la cita. Vergüenza que se agudizaba con el avance de las
horas en forma de pregunta: ¿cómo hacer, me decía, para rescatar la dignidad de la
política no siendo político de profesión y aceptando que yo mismo la he visto caer en
la indignidad de manos de quienes la ejercen? Entonces vi que mi radical anonimato
parecía una señal que la Providencia me enviaba. Al fin se me daba una oportunidad
para pelear con los tiempos del desprecio hacia la profesión del político y con ello
hacia la democracia ante la Nación que somos todos nosotros. El Cardinal Newman
vino en su Apología pro vita sua a reflejar mi caviloso estado de ánimo:
«Tal era el estado de mi mente, tal y como se hallaba desde hacía muchos años,
cuando [...] me vi inesperada y públicamente necesitado de asumir mi defensa y
me fue dada la oportunidad de alegar mi causa ante el mundo y, como parece que
ocurrió, con algún prospecto de ser escuchado imparcialmente» (p. 4, Apología
pro vita sua).
Y es que el desprecio de la política es un hecho social demasiado grueso y negligente
como para pasarlo por alto; demasiado ominoso para no verlo a la cara.
Tal es la
dimensión del mal de que hablo que los gestores de la publicidad de la nueva idea de
la política criolla se han empeñado en disfrazarlo: cultivan la «antipolítica» como un
modo de prolongar la indignidad en que tienen el oficio. Y llegan a decirnos estos
capitanes sin estrellas, que el mejor modo de organizar el concurso de credenciales
para llenar el vacío de poder moral y político que dejará la autoridad del Presidente
Rafael Caldera al término de su período constitucional es, precisamente, la «frescura»
que daría la falta de experiencia, la inexperiencia o la incapacidad para tener ninguna
experiencia — para no decir nada de la mala experiencia. Tres o cuatro indelebles
atributos que parecen constituir aquí y ahora, para muchos de ustedes, las únicas
condiciones para hacerse del Ejecutivo e intentar llevar a cabo ese arte tan fácil que
es el arte de gobernar esta república y sus problemas. ¡Malhaya la hora que suena
este aniversario!
Es verdad que en esto algo ayuda el «oximorónico» argumento que nos dice que no se
requiere de preparación para ser presidente de Venezuela, y que a la luz de algunas gestiones presidenciales del pasado remoto y reciente, la «evidencia empírica
falsable» habría revelado una generalización que satisface a más de un comando de
campaña y a su enjambre de encuestólogos analistas. Este oxímoron dice así: «En
todas aquellas circunstancias en que las variables de la inteligencia y la preparación
se comparan en función con la aptitud para gobernar, allí se descubre, si otros
factores no alteran las condiciones iniciales de la comparación, que no es necesario
ser inteligente o estar preparado para gobernar, y que ni siquiera se recomienda
poder pensar para dirigir los destinos de cualquier nación». Basta que cualquiera sea
sido escogido por las encuestas para que se especule con sus acciones de poder en el
mercado de una legitimación mercadeable. A la luz de este razonamiento especioso
¿qué duda cabe que cuando Hitler, hecho ya Canciller, glorioso constructor de
autopistas en contra del desempleo e invasor de Checoslovaquia, estando por las
nubes en las encuestas, ya había pensado lo mejor para la suerte de los judíos? ¿Qué
duda cabe que Perón era amado del Soberano —metáfora que resume el pueblo en las
corridas de toros y en la política, y a veces en ambas cosas— y que aquí había una
canción que se coreaba en el estadio de pelota donde se aclamaba al General Marcos
Pérez Jiménez como Presidente Constitucional? («General Marcos Pérez Jiménez,
Presidente Constitucional elegido por el pueblo con orgullo nacional, el pueblo entero
te aclama»).
Pero, verán Uds. conciudadanos —y quisiera pronunciar esta última palabra con aquel
énfasis con que se le oyera a Rómulo Betancourt después del atentado de Los
Próceres—, yo apenas soy un elector quien no quiere dejarse subyugar por el poder de
la opinión que ustedes —mis representantes— obedecen demasiado ciegamente , y
que por ello, sugiero, nos hacen mal a nosotros, a ustedes, a la política, a la república,
a la democracia y a la Nación… Cesen entonces de escuchar lo que sólo a ustedes les
interesa y oigan lo que les dice la razón.
Y es que ustedes tienen la obligación de pensar no la de hincarse ante la opinión;
tienen que convencernos con argumentos y ejemplos probos que son dignos de la
confianza que les entregamos. Tienen que deliberar bien y derechamente para que
podamos sentir todos que la delegación de nuestro poder, nuestra representación, no
será usurpada por la sinrazón. Y así entonces, encaramado en esta oportunidad que
ustedes gentilmente me habrían dado, quisiera soñar que se ha alzado ante ustedes la
voz de los miembros de la idea de la Nación y, ¿por qué no decirlo?, la voz de quienes
construimos la feliz y a veces infeliz ficción moral de la Soberanía popular que ustedes
y nosotros pretendemos encarnar sin trancazos ni realazos. Y por ello solicito
anuencia para asumir mi derecho—nótese el decoro ciudadano de que hago gala—
para decirles cosas de cierta gravedad: ustedes no han hecho ni hacen lo que de
ustedes se necesita y espera; no hacen las cosas mínimas que con urgencia se
requiere hacer en política y todos así lo hemos permitido. Pero no soy yo quien
imagina esto. Vean cuánto han cambiado las cosas desde aquel primer 23 de enero a
esta parte. Permítanme que a través de la palabra de la Nación les recuerde a sus
representantes cómo era el estado de la política criolla un año después de aquel enero
de 1958. Oigan la seriedad de las acusaciones que el tiempo les espeta. Mediten la
profundidad de nuestras responsabilidades conjuntas, las de la política y las de la
sociedad que la edifica. Escuchemos otra voz. Es una voz singular. Está ya
desaparecida. Perteneció a la de un miembro de la llamada «generación de 1928», esa
generación que ahora se denigra y que yo defiendo por comparación de educador ante
Prodavinci - 4 / 13 - 24.01.2014
5
el incontenible avance del papiamento mental, el narcisismo tecnocrático y
analfabetismo utilitarista de buena parte de las élites criollas posteriores a 1958. La
voz de que hablo es la de un verdadero «editor» de periódico, Miguel Otero Silva. El
senador Otero Silva, entonces orador de orden del 23 de enero de 1959, hacía este
recuento acerca de las disposiciones morales y políticas de la Nación que se libró de
su último tirano:
«Venezuela está orgullosa de sus partidos políticos porque a ellos debe,
fundamentalmente, la reconquista de sus derechos y sus leyes. Está orgullosa de
Acción Democrática, esa gran organización política que soportó durante diez años
el peso de la represión más despiadada, de la persecución y el ensañamiento, de
las torturas y el asesinato, del furor desenfrenado de un déspota que había jurado
pulverizarla y que apenas logró que se curtiera…Venezuela está orgullosa de
Unión Republicana Democrática y de Copei, partidos que supieron usar con
inteligencia y dignidad el margen de legalidad que les concedió la
dictadura…orgullosa del Partido Comunista de Venezuela, de su infatigable labor
organizativa…» («Discurso de Orden», Gaceta del Congreso, mes 1, 23 de enero,
No. 3, 1959, p. 19).
Y aquel orgullo se amplificaba para incluir más fuerzas nacionales (la Iglesia, las
Fuerzas Armadas, los estudiantes, el pueblo llano, etc.), pero destacando antes la
clave del triunfo logrado por aquella pasión victoriosa: la necesidad de la unidad, la
eficacia práctica de la idea de Nación. Oigamos de nuevo a Otero Silva discurrir:
«La unidad de los partidos hecha presencia real y no consigna verbal en el seno
de la Junta Patriótica, trajo consigo como consecuencia lógica la unidad de los
sindicatos obreros, la unidad de los intelectuales, la unidad de la nación entera a
la luz de la decisión enfurecida de echar de esta tierra al tirano y a su cortejo de
rufianes y verdugos» («Discurso de Orden», op. cit., p.20).
Quien escucha esas palabras hoy no cree lo que dicen. Se oyen como si esa Venezuela
nunca hubiese existido. Compárense los tiempos; véase como la muerte de la memoria
y de la inteligencia la hemos dejado los venezolanos llegar hasta el presente para que
en la mentalidad ingenua y sumisa, hecha de fragmentos de los medios, la juventud
piense que Pérez Jiménez es apenas un gordito bonachón que nos alecciona por la TV
desde su buhardilla de escritor en Madrid. ¡Malhaya la hora que hace que las sombras
de estos oficiantes de la desmemoria cultiven con tanto esmero el arte de despreciar a
nuestros muertos: el Senador Miguel Otero Silva, el que echó esta ceremonias a rodar
por los anales de nuestra memoria democrática, no merecía tanto olvido de la prensa!
II.—Recurro entonces al tono confesional del prócer Roscio para que quizás
aprendamos a recordar lo que mejormente hemos olvidado. Abramos el seso a la
historia seria. Pensemos lo que es llegar a ser una república y en el proceso construir
en ella una democracia. Pensemos lo que habla el Senador Otero Silva, en la
inteligencia y desprendimiento de los partidos políticos, en su sacrificio; pareciera una
prehistoria. Pero no lo es. Es la historia de nuestras vidas; y si ésta ha llegado a ser un
sueño es porque nos empecinamos en cavar nuestras tumbas en el olvido. De tal
suerte que si logramos disipar este estado de cosas y vemos el papel de los partidos
políticos a la luz de lo que los historiadores llaman una «coyuntura» o un proceso de
Prodavinci - 5 / 13 - 24.01.2014
6
«larga duración», digamos dos siglos, la historia de esta Venezuela y sus cuarenta
años de democracia lucen muy diferentes a como nos lo presentan, irónicamente, la
cultura de los medios. En efecto, Roscio, el fundador de la idea de república en
Venezuela, ese católico singular y testarudo, intentó lo imposible desde otra idea de
«opinión pública». Quiso hacer posible en paz el goce de la libertad en una república
que fuera, en principio, igual por lo menos a dos de los cuatro atributos que hoy la
definen en nuestra Constitución.
Primero, que fuera una forma de gobierno representativa, esto es, que aquí hubiesen
representantes de nuestra voluntad (de la de todos) en el oficio de gobernar, es decir,
políticos de profesión que se llamaron nuestros «apoderados» o «representantes» en
el deber de la política; segundo, que esa república fuese popular, lo que significaba
excluir cualquier tipo de monarquía. Ahora bien, aquel comienzo no fue «democrático»,
en el sentido usual que tiene esta palabra. Sólo votaban unos cuantos y no estaban
incluidas las mujeres, ni los analfabetos. Pero fue de esa manera que comenzamos a
rodar la piedra de la igualdad y la libertad en nuestro mito de Sísifo. Desde aquel
entonces, dando tumbos, con caídas y muertes, quisimos y todavía queremos lograr
dos cosas que nos obseden: ¿cómo llegar a ser una verdadera república y cómo
realizar en ella la democracia? Contemplando de este modo los doscientos años de
este teatro mítico universal, podemos aprender a recordar para hacer mejores
comedias y tragedias de la vida cívica que nos hemos tratado de dar, aquella que se
nos depara, que nos espera y que sin querer y hasta queriendo le deparamos como
fatalidad a nuestros hijos.
La saga moral y política de la república en Venezuela es esa. Esa «vida en común» que
por naturaleza somos y que a través de la historia de mis muertos ha escogido mi
destino antes de que pudiera intentar escoger yo el mío; esa «vida en común» que
ahora quisiera yo hacer vivir bien, derecha y rectamente para todos, con cierta
dignidad y respeto por el serio oficio de la política y de los políticos. Para que los que
vienen después puedan apreciar el esfuerzo mío y el de mis antecesores, como yo
aprecio el de Roscio, el de Miguel Otero y no el de Pérez Jiménez, pero que la realidad
que veo hecha por ustedes y que padezco pareciera empeñarse en negarme de nuevo
y tal vez negarle a los que vienen.
Ciento ochenta y ocho años han transcurrido desde la Primera República que tuviera
esta república y, confesional yo, descubro que en la vida de mi familia, como en la de
muchos de ustedes y de quienes tal vez escuchen, se puede llegar a oír la algarabía de
la fusilería lejana; la balacera y el correr de la sangre. Escucho el rítmico arrastrar de
los grillos de nuestro muchos presos del pasado, la abundancia del odio, la bulla de la
lujuria de los desmanes del poder, la injusticia, el robo de los dineros públicos, el
hambre y la brutal sencillez de un movimiento pendular en la teoría clásica de las
formas de gobierno: del gobierno de uno se pasaba al de unos cuantos, del de unos
cuantos al asalto del de todos; de la tiranía a la oligarquía, de la oligarquía a la
democracia como oclocracia, y así sucesivamente. Así había sido la vida de esta
república.
Pero un día, ciento cuarenta y ocho años después del comienzo de que les hablo, luego
de más de cincuenta revoluciones y pronunciamientos, luego de más de veinte
constituciones «postizas», como las llama el Presidente Caldera, de afeites
Prodavinci - 6 / 13 - 24.01.2014
7
institucionales y algunas Asambleas Constituyentes —si es que he de seguir la cuenta
desde donde la dejara quieta Antonio Arráiz, ciento cuarenta y ocho años después,
digo, a mí, a este cristiano que les habla a ustedes, a sus amigos y a su propia familia,
a muchas familias se nos devolvió, el 23 de enero de 1958, el sentido de nuestra
vergüenza hasta entonces perdida en la indignidad de una dictadura más. Nos vino
devuelta a través del poder del sufragio y de los partidos, de aquellos partidos que
conscientes de su prudencia, atentos a la inteligencia de la circunstancia, forjaron el
Pacto de Punto Fijo la decisión política y moralmente más constructiva de toda
nuestra historia: no un «festín de Baltazar», ni un pacto entre mafiosos. Fue la
construcción racional del camino para pasar de un voluntarismo político sectario a la
realidad de la división del poder político como condición necesaria, nunca suficiente,
para el funcionamiento de la democracia representativa consagrada en la Constitución
de 1961. Con claridad Juan Carlos Rey Martínez, tal vez nuestro politólogo más
prudente y perspicaz, vio en ese pacto el inicio de las posibilidades reales para el
funcionamiento del «sistema populista de conciliación» que hasta hoy nos rige. La
república se hacía. Al fin su constitución política se relacionaba con una razonable
idea de constitución real. Pero ese logro considerable, tan difícil de alcanzar, ahora,
en un empeño tan suicida como pueril, pareciera que queremos desconocer como si
Venezuela hubiese gozado de doscientos años de estabilidad política bien ganada.
Óigase bien, 148 años nos ha costado empezar a descubrirnos capaces de confiar en
nuestras facultades para ser libres. Más de medio siglo para aprender que se puede
«vivir en común» (en república) sin tener que obedecer ya más al poder del silencio y
la mandonería; sin el temor a que el miedo nos prohibiese entrar y salir de nuestra
voluntad para razonar con ella y así enseñar nuestro pensamiento. Ese «espíritu del
23 de enero» nos dio entonces causa para la libertad y causa de orgullo para pensar
que había maneras de discernir moral y políticamente la calidad de la paz en historia.
Porque permítanme decirlo con rabia comedida, como si estuviera en combate, como
si hoy fuera la celebración de mañana en el pasado, de aquel funesto 24 de enero de
1848 cuando asaltaron el congreso. Imaginemos un día de amenaza, que algún tanque
está por entrar a este recinto para acabarlo. Mi rabia asciende porque también creo
que combato en mí el desgano, que combato la beatería de las encuestas, la tiranía de
la opinión, la ligereza de juicio del moralista de oficio o la del notable estatuario, el
denunciador reaccionario de vocación, permítanme entonces la licencia de una
grosería: ¿Es que acaso, carajo, no vamos a respetar algún día el significado de
nuestros muertos civiles? ¿Es que no hay manera de gritar que sí hay y tiene que
hacerse patente a la conciencia cívica la diferencia moral y política, de naturaleza
sustantiva, que hay entre la paz de Páez, de Monagas, de Guzmán Blanco, de Crespo,
de Castro y Gómez, de Pérez Jiménez y esta otra paz que comenzamos a labrarnos
hace cuarenta años aquel 23 de enero de 1958?
Esta es una paz del todo distinta, tal vez no menos costosa en vidas y esfuerzos, cierta
y locamente dispendiosa, pero sobre todo es una paz marcada por una razón en todas
las demás inexistente: en ella hemos instalado la razón de la libertad y el deseo de
construir sobre ella y sus otras libertades el auténtico significado de una sociedad civil.
Esta paz democrática, aquella que fuera conquistada por las Fuerzas Armadas y la
tenacidad de Rómulo Betancourt, la que venció a las guerrillas mentales y montaraces,
y que ha sido dos veces garantizada por Rafael Caldera, esa paz es una muy distinta a
Prodavinci - 7 / 13 - 24.01.2014
8
todas cuantas habíamos logrado hasta ese 23 de enero. Y es, me atrevo a decir, hasta
diferente de aquellas que actualmente nos rodean en el hemisferio. ¿No nos hemos
ahorrado acaso la tragedia y comedia a la que ha llegado la Cuba revolucionaria, esa
Esparta tropical cultora de su Comandante? ¿De cuál redención hablará ahora el
Hombre Nuevo de la revolución cubana cuando lo que queda de él, cercado, escucha
el evangelio de la idea de hombre más vieja de la tierra, vestida de santidad y
prendida al trueno de una voz que parece un suspiro y que le enseña a todos los
cubanos —y también a los norteamericanos— que los valores de la paz y del espíritu
son los de la esperanza?
¿Es que hemos olvidado que aquí no tuvimos necesidad de la heroicidad cívica de
Allende ni tampoco tuvo la democracia cristiana que ser insultada, como lo denunciara
con tanta saña la derecha ultramontana de Chile, por tener un supuesto Kerenski,
minutos antes de que los soldados descendieran de sus cuarteles? Esto bastaría para
no dejarnos confundir por nuestros acráticos excesos y sus titulares de prensa. Allí, en
el sur de este continente, en lo que era el ejemplo de la obsesión suiza de los sabios
políticos victorianos de comienzos de este siglo, en el Chile de hoy, todavía está de
custodio del orden un militar, un general que aún administra el miedo en unas
instituciones supuestamente mucho más democráticas que las nuestras y que ahora se
debaten por rescatar su dignidad. Y esa misma sociedad, nadando en la plenitud de su
opulencia, para felicidad de los recalcitrantes y simplistas monetaristas que tenemos
aquí —que no han estudiado nunca en Chicago—, aún ese Chile de hoy prudentemente
se debate entre la disyuntiva de saber si debe o no reconocer el poder de la justicia
para aprender a olvidar con dignidad su desvergüenza o si debe tan sólo reconocer la
verdad para aprender a perdonar sus matanzas. Ese dilema no lo tenemos nosotros.
Se lo dejo íntegro como regalo a la adoración de los sacerdotes del milagro económico
de la república de Chile.
Por su parte, considérese la suerte de la Argentina. Veamos en ella cómo la sombra de
varias decenas de miles de muertos y desaparecidos emblemáticamente se congregan
como una iglesia en la mirada de los ojos inocentes de esa carita infantil, de ese rostro
de eterno adolescente que tiene el Capitán Astiz. Pero todavía hay más. Otros sueños
de energía, macha y reaccionaria, más bolivarianamente cercanos a nosotros, nos
atraen. ¿Acaso no se dijo y habló por las calles y los corrillos de esta ciudad, en la
llamada «opinión pública» de nuestro país, que nuestro Congreso muy bien podría
suprimirse para así poder repetir el ejemplo de ese príncipe «renacentista» japonés
que con su audacia y ejército vela por la paz de la república macroeconómica del Perú?
¿Y qué decir de la vecina Colombia y de los afanes que devoran su esfuerzo heroico
por ejercer su soberanía interna y externa?
Buena parte de la «vida en común» de Colombia, me atrevo a decir, está fragmentada.
La guerra la desgarra en considerables extensiones de su territorio; la droga se cultiva
allí para que en el norte se consuma como el trigo. A sus políticos se les acusa y
denigra, con o sin fundamento; a sus candidatos presidenciales se les asesina y, para
colmo de males, a sus militares y magistrados, hasta su propio Ejecutivo se le niega
visa y a todos se les tiene como perros en cuarentena ante la vista silenciosa y
expectante de todas las demás repúblicas de este continente. Washington le valdrá a
cualquier gobernante de Colombia siempre algo más que una misa. ¿Son esas
entonces las paces que queremos?
Prodavinci - 8 / 13 - 24.01.2014
9
Pues no. Aquí, afortunadamente, a pesar de que la inflación esté exigiendo su
inclemente tributo, en medio de los rigores de éste y otros ajustes, haciendo
concesiones al probado talento que tiene nuestra sociedad por la imprevisión e
irresponsabilidad, pese a la ignominia de nuestras cárceles y prisiones, aquí, sí, aquí,
en esta tierra digo, para defendernos de nosotros mismos, aquí digo que es preciso
defender el logro más importante de nuestra sociedad en ciento ochenta y ocho años
de historia republicana: la idea y la práctica de «vivir en común», en paz, intentando
hacer en una república una democracia. Aprendiendo a vivir mejor en un sistema
político de partidos —sistema que está por redefinirse en sus bases, ideas y
prácticas— en una democracia representativa, popular, como la que tenemos y que
hasta ahora hemos preservado tan bien o mal como hemos podido.
Pues bien creo haber insistido en la importancia de la paz, pero me sentiría más
tranquilo si hubiese hecho alguna mella en la conciencia al obligarnos todos a
discernir la diferencias entre las paces en la historia. Porque la tentación más grande
que nos acecha es que por no hacerla tan próspera y productiva como debiéramos
venga la creencia autoritaria montada en el caballo de un «gendarme necesario» a
ponernos de rodillas para darnos de comer. Quiero la paz, pero no a cualquier precio;
mucho menos si el que hay que pagar es el valor de la libertad. ¿Cómo hacer para
evitar entonces la tentación conservadora que nos inclina a desear volverlo todo a
empezar?
III.—Una vez, hace mucho tiempo, cuando todavía había reinos políticos en el mundo
como Dios mandara, y la idea de nación no se había hecho idéntica en su asociación
con la idea del Estado, hacia finales del siglo XVIII, un cura francés inventó la idea de
la nación moderna. Gracias a las labores de uno de mis estudiantes he aprendido a
comprender mejor el significado de la obra del Abate Sieyès. No necesito mencionar
aquí la importancia de Sieyès. Hablo ante un Congreso que pese a los juicios adversos
acerca de la calidad intelectual de su composición sabe que hablar de la idea de
nación implica considerar el legado de Sieyès. Pues bien ese curita se formuló
retóricamente tres preguntas en un panfleto célebre titulado ¿Que es el tercer estado?
Y dio tres respuestas tajantes: «¿qué es la Nación?: todo; ¿qué ha sido ella hasta el
presente en el orden político?: nada; ¿qué exige ella?: llegar a ser algo». Yo quisiera
remedar a Sieyès imaginando que la democracia es hoy para nosotros lo que para él
fuera la nación. Pregunto y respondo entonces:
¿Qué es para nosotros la democracia?: todo ¿Qué ha sido ella hasta el presente en el
orden político de la nación llamada Venezuela?: casi nada, pero lo suficiente como
para que haya dignidad en la tarea de hacerla mucho más que algo ¿Qué exige ella de
nosotros?: una mejor manera de ser ese «todo» que ya habría llegado a ser para
nosotros…
¿Qué celebramos hoy entonces? Mi respuesta es simple y mi dolor grande: celebramos
el olvido.
No cabe duda de que hemos aprendido bien a educar el olvido. Fue necesario
obligarnos a rememorar. Hace apenas unos días que despertamos a su significación.
El «espíritu del 23 de enero» lo guardábamos demasiado bien en la desmemoria.
Quizás tanta amnesia se deba a lo que ha dicho Manuel Caballero:
Prodavinci - 9 / 13 - 24.01.2014
10
«Acaso lo más importante, y lo más característico del régimen político inaugurado
en enero de 1958 sea su permanencia. El 23 de enero de 1958 se cumplen
cuarenta años de su instauración, lo que lo convierte en la dominación más larga
en la historia de la República de Venezuela: el liberalismo paecista duró 18 años
(1830-1848): el liberalismo guzmancista otros tantos (1870-188); el gomecismo,
incluyendo al castrismo, 35 años (1899-1935)». (Manuel Caballero, Las Crisis de
la Venezuela Contemporánea (1903-1992), Caracas, en imprenta, 1998, p.198).
Y entonces, plantados en la seguridad de tal falta de memoria colectiva, vemos trepar
en la atención una ironía y el conflicto que suscita su interpretación. ¿No será,
pregunto, que la mejor celebración que se le puede hacer a la democracia es que
hayamos olvidado que una vez tuvo entre nosotros comienzo? ¿Será demasiada
perversidad imaginar que nuestra desmemoria sea la causa que nos explique por qué
hemos llegado a despreciarla tanto? Lo hacemos a diario. Odiar la fuente de nuestra
identidad política colectiva, odiar nuestra república como forma de «vida en común» y
escupir la democracia, que es metafóricamente su espíritu, es infligirle afrenta a
nuestra propia identidad personal.
Extraña paradoja entonces: durante casi dos siglos nos hemos devotamente
entrematado para lograr la libertad de que gozamos y ahora que la tenemos, tan bien
o mal como nos luce, pareciera que queremos empeñamos en caerle a patadas a la
fuente que nos depara la posibilidad de ser nosotros mismos quienes somos. ¿Cómo
explicar la paradoja? Pensemos, consideremos la militancia del odio a la democracia
en la sensibilidad moral criolla.
Las entrevistas a Pérez Jiménez, las lamentaciones de lo que pudo haber sido y no fue
el camino perdido del medinismo, la denuncia del atajo insurreccional del ’45, la
traición a Gallegos, todo ese pasado es pasado muerto; existe sólo para complacer las
preventas de las telenovelas. El olvido en la memoria no nos estaría entonces
traicionando. Nos estaría afirmando que puesto que la democracia es ya «todo», es
preciso solamente que sea algo más y diferente de lo que ha llegado a ser. Y mientras
tanto, nos dice esta conseja desmemoriosa, uno se puede divertir viendo películas
mentirosas y estridencias sensacionales. Ese desprecio ritual a la democracia sería
inocuo, apenas la catarsis en el olvido de laureles soñolientos.
Con esta respuesta se tranquilizarán algunos modernizadores a ultranza de nuestra
economía. Pero es esa una respuesta ingenua y su ingenuidad, sugiero, es fuente que
denuncia la naturaleza de la sociedad que somos, independientemente del gobierno
que tengamos. Y aquí es preciso, una vez más, que la sociedad vuelva a mirarse a sí
misma antes que proceder a renegar de su retrato en lo que dice que piensa de los
políticos y la política; en el fondo sería lo que piensa de sí misma. No, sin modos
acertados de recordar para juzgar las acciones y pasiones de los seres humanos en la
historia, profanando tumbas recientes, nuestra cultura delata su precariedad moral y
el sentido de su indolencia.
Sin embargo, por más ánimo pedagógico escarmentador y celoso que se ponga en
enseñar a los miles de votantes jóvenes que nosotros, sus padres, también tuvimos
padres y madres, y que éstos, a su vez, tuvieron los suyos, y que la historia no empieza
ni termina con su vanidad existencial ni con el entusiasmo de su candor, por más
Prodavinci - 10 / 13 - 24.01.2014
11
severidad que haya en la tarea de recordar el pasado, debemos rendirnos ante la
evidencia escueta de que no lo entienden bien o que no lo entienden del todo. Creen
que no hay ni ha habido historia: ese «todo» que se supondría que es la democracia no
lo aman. Pareciera que lo odian. Y, más doloroso aún, ese odio —tan de clase media
alta y baja— es un odio para con nosotros y con todos los que nos han precedido hasta
aquí. Usan y abusan del esfuerzo de nuestro esfuerzo y el de quienes hicieron lo suyo.
Pero no sucumbiré aquí a la fuerza particular de un viejo mito que tuvo su alborada en
las boinas azules de Andrés Eloy Blanco y en la generación del 28, a la idea, hoy
reñida con la realidad, de que la juventud tiene un derecho natural a denunciarlo todo
porque está impoluta en su comienzo. Si así fuera reclamo entonces un equivalente
derecho, no menos natural, para decirles que aprendan a pensar antes que a sucumbir
a los lugares comunes y prejuicios de su cultura para esconder mejor la audacia
ignara de su insolencia reaccionaria.
No, el olvido de que hablo es apenas, en esa su más cruel ironía socrática, una verdad
a medias: que la democracia se puede dar por sentada es algo positivo, concedido,
pero que por ello se permita uno denigrarla es más que una afrenta, es sencillamente
una imbecilidad. Y es que esa misma cultura política que produce el desprecio de la
democracia cultiva una pareja adoración por la «personalidad autoritaria» y por el
romanticismo de asonada, real o imaginario, que luego arrima mansamente a la
sombra de un paternalismo de Estado. No, en el olvido no se halla la clave de lo que
celebramos, sólo se hallan caminos para su perdición.
Pero entonces, ¿para qué celebrar lo ocurrido aquel enero del ’58? ¿Qué hacer para
protegernos de la fuerza de tanta desmemoria?
La respuesta es elocuente: que dejemos ya de celebrar el olvido. Que ustedes,
ciudadanos representantes, políticos de profesión y oficio, controlen sus pasiones,
midan sus acciones y descubran para nosotros que todavía la política es una práctica
humana, que todavía depende para ustedes de la virtud tanto como del vicio y que su
responsabilidad se juega moralmente en sus decisiones. Sólo así, pienso, podremos
soñar con cuarenta años más de democracia.
Pero para que esto sea posibilidad real y no una ilusión es preciso acordarse. Crear un
pacto político nacional, análogo en cuanto a sus bondades de aquello que, en su
momento, representara para la Nación el Pacto de Punto Fijo. Defínanse allí
consensualmente el conjunto de las políticas públicas más importantes que puedan
garantizar, sin demagogia, el futuro de la democracia en la República de Venezuela.
Legisladores no hagan leyes, legislen…
IV.—Estamos viviendo en paz después de los sucesos del 27 de febrero de 1989,
cuando nos deleitamos ante la debilidad de nuestra prácticas, costumbres, usos y
convenciones sociales, cuando vimos al desnudo la miseria a la que han llegado
nuestro derecho y sentido de la justicia. Vivimos en paz después de dos intentos de
golpe y más de una conspiración de palacio, después que la aviación intentara
bombardear a Miraflores. Estamos en paz.
Pero la paz que tenemos y la democracia que he querido celebrar a contracorriente de
los prejuicios de la hora, pareciera que necesita que le recuerden a uno, simple
Prodavinci - 11 / 13 - 24.01.2014
12
ciudadano, que les recuerden a los representantes de la Nación, que ellos son
representantes de la nación y no empresarios de aventuras. Que son legisladores y no
inventores de fantasías institucionales como la que podría resultar al querer construir
otra república más boba que «aérea»: pasar de un régimen presidencialista a uno
parlamentario en medio de una descentralización como la que hoy tenemos y unas
disposiciones morales como las de nuestra historia. Proponerlo conscientemente es
una temeridad, hacerlo un suicidio. Todo en nuestra cultura y antropología políticas
indica que las presidencias se inventaron en Venezuela, en esta república, para que
las pudiera y supiera asumir alguien con «carácter», en el sentido clásico de este
concepto y no como si se tratara de un guapo o de una quimera.
Quizá convenga cerrar esta celebración recordando aquello que no se lee con
frecuencia hoy. Algo me dice que a pesar de las incontables veces que lo he escuchado
decir es sólo ahora, tarde en mi vida, confieso, que lo puedo enseñar. Me refiero a la
importancia de la unidad y al encuentro con el orgullo en la democracia de mi nación,
de mi patria. Sé que unos tiempos se han ido y que los que tengo son distintos. Pero
¿no ven ustedes como veo yo el asomo de la amenaza, el acecho del vacío que nos
embosca? Para que no suceda lo que temo sería acaso demasiado pedirles —si no
yerro en el juicio— que pensáramos en la posibilidad de hacer ahora lo que antes
hicimos para vencer el miedo y nuestra discordias en nombre de la libertad.
Escuchemos nuevamente al Senador Otero Silva:
«En tanto que los paridos separados por grietas y abismos cavados al fragor de
divergencias anteriores, se mantuvieron combatientes desde trincheras
individuales, cada uno con su táctica, cada uno con sus propósitos, mirando de
reojo al aliado como si fuese un adversario, tan sólo lograron llenar las cárceles
con sus dirigentes más capaces, de ofrendar la vida de sus capitanes más
decididos».
(«Discurso de Orden», op. cit., p. 20).
¿Y si no lo hacemos? Crecerá la incertidumbre. ¿No vemos acaso cómo se han
debilitado los partidos?
Vine aquí hablando en tono confesional. Con la misma voz me voy y me digo para que
lo escuchen todos, yo quisiera pensar que a todos nos une por lo menos esta elemental
idea de Otero Silva:
«Se equivocan los derrotistas y los malintencionados que pronostican el
advenimiento de golpes de estado y de nuevas dictaduras en nuestro país. Al
presente gobierno constitucional no lo tumbará nadie, ni tampoco tumbará nadie
a los subsiguientes».
Esas palabras casi las vi desmentidas. Para que no siga teniendo razón Otero Silva es
necesario que la política vuelva a ser cosa seria y digna y que, por consiguiente, la
sociedad de esta nación asuma con más responsabilidad sus deberes y aprenda a
encarar los beneficios de esta paz que tenemos.
La paz de la democracia es un bien inestimablemente mejor que el de cualquier forma
de opresión organizada… Evitemos que otra vez tengamos que celebrar el olvido.
***
Discurso de orden pronunciado el 23 de enero de 1998 ante el Congreso de la
República de Venezuela.