Manuel Isidro Molina edita GUÁRAMO DIGITAL, un medio informativo y de opinión desde Caracas, Venezuela, con las verdad por delante que analiza los sucesos venezolanos, latinoamericanos y mundiales.
Su concepto editorial es plural, defensor de los derechos sociales y laborales, en resguardo de la paz y la Independencia Nacional de Venezuela frente a la agresiva política imperialista de Donald Trump que saquea los recursos petroleros y mineros de la patria de Simón Bolívar El Libertador.
El
arrecife de coral de Australia es el más grande del mundo. Los corales,
que albergan la cuarta parte de la vida marina, están amenazados por
actividades humanas no sostenibles y contaminantes en las costas y en
los océanos, pero su recuperación todavía es posible. Foto: Matt
Curnock/Ocean Image Bank
NAIROBI (IPS).– Los corales, hogar de una cuarta parte de las especies
marinas, están muriendo como consecuencia del cambio climático y excesos
en el desarrollo costero, la pesca y el turismo, pero aún se está a
tiempo de revertir la tendencia, indicó el más reciente informe
divulgado por el Pnuma.
Hasta 14 por ciento de los corales del mundo se han perdido desde
2009, por lo que Inger Andersen, directora ejecutiva del Pnuma (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) advirtió que “se nos acaba el tiempo. Podemos revertir las pérdidas, pero tenemos que actuar ahora”.
“En la próxima conferencia climática en Glasgow y en la conferencia
sobre biodiversidad en Kunmíng, los tomadores de decisiones tienen la
oportunidad de mostrar liderazgo y salvar nuestros arrecifes, pero solo
si están dispuestos a tomar medidas audaces”, dijo Andersen.
A partir del 11 de octubre se desarrollará en Kunming, China, la 15
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Diversidad Biológica, mientras
que Glasgow, en Reino Unido, acogerá en noviembre la 26 Conferencia de
las Partes (COP26) de la Convención Maro de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Climático.
El reporte del Pnuma y la Red Mundial de Vigilancia de Arrecifes
Coralinos indicó que entre 2009 y 2021 se han perdido 11 700 kilómetros
cuadrados de arrecifes de coral, 14 por ciento del total en el planeta,
debido principalmente al incremento de las temperaturas en la superficie
marina.
También los impactan el exceso de pesca, el desarrollo y el turismo
insostenibles en las zonas costeras, y la contaminación y acidificación
del agua que resulta de las actividades humanas.
“Se nos acaba el tiempo.
Podemos revertir las pérdidas, pero tenemos que actuar ahora. En la
próxima conferencia climática en Glasgow y en la conferencia sobre
biodiversidad en Kunmíng, los tomadores de decisiones tienen la
oportunidad de mostrar liderazgo y salvar nuestros arrecifes, pero solo
si están dispuestos a tomar medidas audaces”: Inger Andersen.
Los arrecifes de coral son ecosistemas que se extienden a lo largo de
los trópicos y, aunque cubren apenas 0,2 por ciento del lecho oceánico,
son hogar de más de la cuarta parte de las especies marinas, y
proporcionan a la humanidad proteínas y componentes básicos para muchos
medicamentos que salvan vidas.
Además, cientos de millones de personas dependen de ellos para alimentarse, trabajar y protegerse de las tormentas y la erosión.
Cuando las aguas se calientan demasiado, los corales expulsan
microalgas que les dan color, y se tornan blancos. Si la decoloración se
prolonga o sucede con una frecuencia que no les permite recuperarse,
los corales mueren.
Es entonces cuando las algas toman su lugar, y esa vegetación sobre
los arrecifes se ha incrementado en 20 por ciento durante la última
década.
Para Paul Hardisty, director del Instituto Australiano de Ciencias
Marinas, “un mensaje claro del estudio es que el cambio climático es la
mayor amenaza para los arrecifes del mundo”.
El informe afirma que los beneficios económicos de los arrecifes de
coral aumentan o disminuyen en función de la salud de esos ecosistemas, y
que su restauración produciría decenas de millones de dólares anuales.
Por ejemplo, el turismo, el desarrollo costero y la pesca comercial
que dependen de ellos en la región de Mesoamérica (en Belice, Guatemala,
Honduras y el sureste de México) generan cada año unos 6200 millones de
dólares.
“Si los arrecifes siguen desapareciendo en el próximo decenio, su
valor anual se desplomará 50 por ciento en Mesoamérica, pero si se
recuperan de aquí a 2030, podrían producir 8700 millones de dólares
anuales”, según el estudio.
El informe sostiene que, a pesar de las malas noticias, no es
demasiado tarde para salvar a los corales si se actúa de inmediato para
frenar el calentamiento de los océanos, la pesca excesiva y la
contaminación, y si se fomenta una explotación sostenible de los
recursos marinos y un turismo ecológico.
El año 2019 los arrecifes recuperaron dos por ciento de su cobertura de coral, lo que demuestra que pueden restablecerse.
El Pnuma aboga por esfuerzos coordinados de gobiernos, empresas y
personas para prevenir el deterioro ambiental, con transformación de los
sistemas de energía, agua y alimentos para hacer sostenible el uso de
la tierra y del mar.
“Todos debemos hacer nuestra parte reduciendo urgentemente las
emisiones globales de gases de efecto invernadero (que calientan la
atmósfera) y mitigando las presiones locales”, dijo Hardisty, y Andersen
agregó que, en síntesis, “”no debemos dejar que las generaciones
futuras hereden un mundo sin coral”.
Una familia warao de seis miembros, recién instalada en un nuevo
albergue para los migrantes indígenas venezolanos en Manaus, la capital
del estado Amazonas, en el norte de Brasil, en una sala llena de
chinchorros, las hamacas venezolanas, de uso común para los waraos en su
hábitat, el delta del Orinoco, en el noreste venezolano. Foto: Acnur
Brasil
Por Mario Osava
RÍO DE JANEIRO – “Extraño todo de mi tierra. Parece mentira, es
como estar lejos y extrañar a todos, el ambiente, el agua, la selva, la
tranquilidad”, lamenta la indígena venezolana Leany Torres, de 31 años,
que lleva dos viviendo en Brasil.
Ella forma parte de los cerca de 6000 indígenas que eligieron tierras
brasileñas para buscar mejores condiciones de vida, ante una Venezuela
sumida en una multicrisis, que ocasiona que 94,5 por ciento de la
población viva en pobreza y 76,6 por ciento en pobreza extrema, según
una Encuesta sobre Condiciones de Vida, publicada el 30 de septiembre
por tres universidades del país vecino.
Arribaron a un país que tampoco vive una bonanza atractiva, con un
índice de desempleo cercano a 14 por ciento y una inseguridad
alimentaria creciente, pero nada comparable a la ruina de Venezuela, que
forzó la migración de unos seis millones de personas desde 2014.
Roraima, el estado fronterizo que es la puerta de entrada de los
venezolanos a Brasil, pobre y limitado a 650 000 habitantes, colapsó
ante una oleada de inmigrantes en 2018. Los indígenas tuvieron que
buscar un destierro más lejano, se dispersaron por este país de
dimensiones continetales.
El informe “Los Warao en Brasil”, de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados
(Acnur), estimó que ese pueblo originario del venezolano delta del
Orinoco, en el noreste del país, ya tenía su gente distribuida por 75
ciudades de todas las regiones brasileñas hacia fines de 2020.
Acnur Brasil monitorea principalmente a los waraos (habitantes de
agua o de canoa, en su lengua) porque correspondían a 67 por ciento de
los 5880 indígenas venezolanos registrados en Brasil en junio de 2021,
aunque sea solo el segundo pueblo originario más populoso en Venezuela,
con 49 000 miembros en el censo venezolano de 2011.
La población wayuu es 8,4 veces más numerosa, según Acnur, pero migra
poco a Brasil, ya que se ubica en la noroccidental frontera con
Colombia, con el que ese pueblo comparte su territorio ancestral.
Miembros de los pemomes, eñepas y kariñas, que viven en el este
venezolano, también buscan refugio en Brasil.
La warao Torres tuvo que cruzar todo el este de su país hacia el sur,
desde el norteño delta, más de 700 kilómetros, en varios buses, con la
hija de ocho años y una sobrina de 20, hasta lograr llegar a territorio
brasileño en abril de 2019.
Graduada en Turismo, se afirmó luego como una lideresa de la comunidad warao. Vivió en uno de los tres “abrigos” de la Operación Acogida
del gobierno brasileño, que ejecuta el Ejército. A los indígenas
venezolanos se les aloja en Boa Vista, capital de Roraima y su ciudad
más poblada, con 420 000 habitantes.
Hay otro abrigo en Paracaima, más cerca de la frontera, pero se trata
de una ciudad de solo 19 000 habitantes, más limitada en recursos para
recibir migrantes.
Un
tradicional poblado warao en el delta de Orinoco, su hábitat ancestral, en el noreste de Venezuela, del que miles de familias han huido por el
extremo desamparo en que está sumido este pueblo indígena, con su
destino hacia el sur, a más de 700 kilómetros, hacia el estado
fronterizo brasileño de Roraima. Foto: Amavida
Pros y contras de la Operación Acogida
“El abrigo ofrece alimentación tres veces al día, cierta protección y
asistencia médica, pero no es bueno. Los baños precarios, apenas
tapados para mujeres, a veces con colas”, dijo Torres a IPS por teléfono
desde Boa Vista.
Una de sus iniciativas puede abrir un camino a la inserción
económica, la gran dificultad de los indígenas venezolanos. Ella y 18
familias warao lograron adquirir 14 250 metros cuadrados de tierra en el
municipio de Cantá, de 19 000 habitantes, a 30 kilómetros de Boa Vista.
Allí esperan construir una comunidad, mantener la cultura warao y
sembrar, por ejemplo, mandioca (yuca) y banano, en una labor colectiva.
El dinero para la compra se juntó con pequeños negocios, aportes de cada
uno y de organizaciones de apoyo a los refugiados.
“Estimulamos a que otros hagan lo mismo. El Estado brasileño debería
apoyarnos, pero lo veo difícil. Si los mismos indígenas brasileños
enfrentan muchos conflictos con su gobierno, para nosotros no veo
posibilidades”, lamentó Torres.
“Hay que seguir viviendo, abrir paso a las nuevas generaciones.
Regresar a Venezuela no es una alternativa a la vista”, concluyó.
La
indígena warao Leany Torres, quien dialogó con IPS desde Boavista, capital del norteño estado de Roraima, fronterizo con Venezuela, sobre
la situación de los 6000 indígenas que llegaron a Brasil, huyendo de una
situación calamitosa en Venezuela. Foto: Cortesía de Leany Torres
En Roraima hay 1500 indígenas venezolanos en los abrigos, estima Gilmara Ribeiro, activista del católico Consejo Indigenista Misionero (Cimi). Torres cree que hay otros 500 fuera de esa operación.
Creada en 2018, cuando el flujo de migrantes venezolanos provocó el
colapso de la administración en Roraima, la Operación Acogida instaló
los abrigos para la población desamparada en las calles.
“Era un modelo de emergencia, provisional, pero se volvió permanente y
no involucra los gobiernos locales, en desmedro por ejemplo de
cuestiones sanitarias y educacionales”, lamentó Ribeiro a IPS, también
por teléfono desde Boa Vista.
“Antes se alojaban los venezolanos en escuelas, estadios, todos
mezclados. Hubo conflictos entre culturas distintas. Se decidió entonces
construir los abrigos separados para los indígenas y los criollos”,
explicó.
El problema es que muchos “se quedan allí dos, tres años, se
debilitan, no hay políticas públicas de inserción. La Operación Acogida
sale cara y no crea condiciones para que los migrantes y refugiados
generen sus propios ingresos”, observó.
El Cimi y otras instituciones apoyan con actividades de artesanía, de
reciclaje de residuos, en el acercamiento con indígenas brasileños,
ejemplificó la activista.
Refugiado, el estatus preferido
La mayoría de los indígenas venezolanos buscan legalizarse en Brasil mediante la solicitud de refugiado, que el gubernamental Comité Nacional para Refugiados
(Conare) facilita porque desde 2019 catalogó que Venezuela vive “una
situación de violación de derechos humanos grave y generalizada”.
En junio de este año, 49 por ciento de los indígenas llegados al país
eran solicitantes de refugio, mientras 13 por ciento ya tenían el
reconocimiento de refugiados y solo 38 por ciento tenían la residencia u
otro estatus que garantizaba su permanencia en Brasil.
Vista
de una calle de un centro de abrigo, como se denominan en Brasil a los
campamentos de acogida de migrantes, en Boa Vista, la capital del
norteño estado de Roraima, fronterizo con Venezuela, por el que han
llegado los indígenas que huyen de la crisis humanitaria del país
vecino. Foto: Cortesía de Leany Torres
“Yo preferí quedarme como residente, porque me dijeron que el permiso
para refugiados debe ser actualizado cada seis meses y la residencia
dura dos años”, justificó Torres.
En realidad, para el caso venezolano es más fácil obtener el refugio,
ya que todos sufren violaciones “generalizadas”. El pedido de refugio
exige menos documentos formales que los de la residencia y el simple
comprobante de solicitud asegurar todos los derechos, pero si hay que
renovarlo cada 180 días, hasta que el Conaire formalice el
reconocimiento.
Entre los venezolanos en general, indígenas o no, 38,5 por ciento de
los 264 257 que estaban en Brasil en agosto de 2020 prefirieron
solicitar el refugio. Los indígenas tienen más ventajas como refugiados,
porque se benefician de derechos adicionales, como los previstos en los
convenios internacionales y las resoluciones da Naciones Unidas.
El gran problema es la generación de ingresos. Como en la casi
totalidad no tienen escolaridad y capacitación profesional para la
inserción económica, se sujetan a trabajos informales, precarios y de
baja remuneración, en la construcción, limpieza urbana, agricultura,
trabajos domésticos.
El drama de la diáspora cada día más acentuada se realza con el
destino de los warao. La presencia de ese pueblo en Brasil comenzó en
2014, cuando sumó unas 30 personas. A fines de 2016 ya eran 600 y en
diciembre de 2020 alcanzaron 3300, a medida que se acentuaba el
deterioro de la situación en Venezuela. En general los niños y
adolescentes son mayoría.
La merma de donaciones en las calles, que para la cultura warao no
tiene la indignidad de mendigar, y las dificultades de convivir con los
criollos, los venezolanos no indígenas, de conseguir trabajo y ventas de
la artesanía en Roraima, los llevaron primero a Manaus, capital del
vecino estado de Amazonas, donde muchos volvieron a la pesca, la
actividad tradicional del pueblo deltano.
Luego prosiguieron camino al este,
al estado de Pará, desde fines de 2017. En 2019 se dispersaron por las
demás regiones brasileñas, Nordeste, Sureste, Centro-oeste y Sur. En
diciembre de 2019 un grupo de 16 arribaba a São Paulo, la mayor
metrópoli y capital económica de Brasil.
Ocho meses antes, 14 de ellos habían llegado a Porto Alegre, la
capital del extremo sur, y despertó la atención del Núcleo de
Antropología de la Universidad Federal local.
La Acnur trata de movilizar las varias instituciones, publicas y no
gubernamentales, para la debida asistencia a esos migrantes y refugiados
especiales en todas partes, una tarea extensa y compleja.