Manuel Isidro Molina edita GUÁRAMO DIGITAL, un medio informativo y de opinión desde Caracas, Venezuela, con las verdad por delante que analiza los sucesos venezolanos, latinoamericanos y mundiales. Su concepto editorial es plural, defensor de los derechos sociales y laborales, en resguardo de la paz y la Independencia Nacional de Venezuela frente a la agresiva política imperialista de Donald Trump que saquea los recursos petroleros y mineros de la patria de Simón Bolívar El Libertador.
jueves, 22 de mayo de 2025
DIARIO DIGITAL VENEZOLANO 🇻🇪
CONSTITUCIÓN 1999 ¿REFORMARLA O CUMPLIRLA? Foro Streaming 4 #EnVivo Viernes 23 de mayo
miércoles, 21 de mayo de 2025
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«14.000 bebés morirán en 48 horas»: por qué la nueva operación que lanzó Israel en Gaza generó la más fuerte condena hasta ahora de sus aliados Reino Unido, Francia y Canadá
PCV/DIGNIDAD reitera que no participará en la «maniobra electoral» del #25May por falta de garantías y violaciones constitucionales en contexto represivo y fraudulento impuesto por el PSUV
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| «¡Alerta! La tarjeta del Gallo Rojo está usurpada por la cúpula del PSUV». |
Este domingo 25 de mayo se llevarán a cabo las elecciones regionales y parlamentarias en Venezuela en un contexto profundamente antidemocrático, marcado por la ausencia de garantías electorales, la opacidad institucional y una escalada represiva sin precedentes en la historia reciente.
Este nuevo proceso ha sido convocado por un Consejo Nacional Electoral (CNE) carente de toda legitimidad, tras su participación directa en el encubrimiento de los resultados de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024.
La maniobra electoral que se intenta imponer este 25 de mayo no puede desligarse de ese proceso inconcluso y fraudulento que culminó en la inconstitucional e írrita toma de posesión de Nicolás Maduro, quien usurpa la Presidencia de la República desde el pasado 10 de enero.
El CNE, controlado por la cúpula del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ha convertido en su sello distintivo la violación flagrante a los procesos establecidos en leyes y reglamentos, así como de la falta de transparencia. A pocos días de los comicios, no se ha publicado el cronograma oficial en Gaceta Electoral; tampoco se garantizó el derecho a postularse libremente: tarjetas electorales fueron eliminadas sin explicación alguna y numerosos candidatos opositores fueron inhabilitados de forma arbitraria. Cabe recordar que el Partido Comunista de Venezuela (PCV), así como diversas organizaciones de distintas tendencias políticas, se encuentra intervenido judicialmente, lo que ha impedido a nuestra organización, así como al conjunto de las fuerzas revolucionarias y populares presentar al pueblo venezolano una opción electoral independiente.
A esto se suma la manipulación político-electoral del caso de Guayana Esequiba con la que el PSUV pretende aumentar sus curules en la Asamblea Nacional. La creación arbitraria de una circunscripción electoral en esa zona —sin información clara sobre el número de electores, centros de votación o delimitación territorial— no responde a un verdadero interés por la soberanía nacional, sino a un burdo intento de atizar el patrioterismo y desviar la atención de un nuevo reparto de zonas en el sur del país que concentran gran cantidad de minerales preciosos y que actualmente son objeto de la depredación capitalista.
Este clima de ilegalidad ha estado acompañado de una feroz represión contra activistas políticos, defensores de derechos humanos y periodistas. El secuestro e incomunicación del excandidato presidencial Enrique Márquez; la vigilancia y el hostigamiento policial al profesor Juan Barreto; y la persecución contra la abogada María Alejandra Díaz y su familia son muestras claras de una política orientada a silenciar e impedir la actuación política y social de cualquier expresión que reivindique los derechos del pueblo trabajador y enfrente los desmanes de la cúpula gobernante.
Estos casos se complementan con las dos mil detenciones ejecutadas durante las protestas electorales de 2024: cientos de personas continúan privadas de libertad, muchas de ellas sin juicio ni pruebas, y sometidas a patrones sistemáticos de violaciones a los derechos humanos, entre los que se incluyen detenciones arbitrarias, allanamientos ilegales, desapariciones forzadas de corta duración y procesos judiciales viciados.
Cinco personas han fallecido bajo custodia del Estado, y al menos otras dos murieron tras ser excarceladas en condiciones de salud críticas, resultado de la falta de atención médica adecuada durante su reclusión.
Son estas las razones que llevaron al Comité Central del Partido Comunista de Venezuela (PCV), electo en el XVI Congreso Nacional (Nov. 2022), a decidir no participar en este nuevo intento de la cúpula del PSUV por normalizar su ilegal e ilegítima gestión mediante la simulación de procesos democráticos. Si bien el voto es un derecho y no se debe censurar su ejercicio, advertimos al pueblo venezolano de las consecuencias para la vida democrática del país alimentar esta farsa electoral en la que las instituciones del Estado no garantizan los principios de legalidad y transparencia.
Las y los comunistas venezolanos exigimos el restablecimiento inmediato de las garantías constitucionales, la publicación detallada y verificada de los resultados de las elecciones del 28 de julio, la liberación plena de todas las personas detenidas por razones políticas y el cese de la represión.
Reiteramos nuestro llamado a las fuerzas revolucionarias, populares y genuinamente democráticas a unir esfuerzos en una plataforma común para luchar por la restitución de la vigencia de la Constitución y del Estado de derecho en el país.
¡Alerta! La tarjeta del Gallo Rojo está usurpada por la cúpula del PSUV
¡Seguimos en pie: sumando fuerzas y organizando luchas!
Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Venezuela (PCV)
martes, 20 de mayo de 2025
La ética tramposa: la nueva virtud del mundo contemporáneo
Manuel Fernando González Villamil
Ya no se trata de hacer lo correcto, sino de lograr el resultado. La trampa dejó de ser una excepción moral para volverse regla implícita. Y el que la ejecuta bien, no sólo sobrevive: lidera.
Vivimos en una época donde el tramposo dejó de ser una figura marginal. Ya no se oculta, no se excusa ni se avergüenza. Se le aplaude si lo hace con inteligencia. Se le premia si logra resultados. Se le convierte en referente si, además, sabe contarlo con buena narrativa.
El que se cuela en la fila y no recibe reproche, el que revende con sobreprecio y es llamado “emprendedor”, el que evade impuestos mientras da charlas sobre superación: todos son parte de una misma normalidad que ya no distingue entre lo astuto y lo injusto. La trampa ha dejado de ser una anomalía del sistema. Es su estrategia más funcional.
Y lo más inquietante es que nadie se escandaliza. Porque todos, en algún nivel, entienden la lógica que se impone: si el entorno premia la trampa, resistirse a ella no sólo parece inútil, parece tonto.
El sujeto no nace tramposo. Aprende. Se forma en un entorno donde los discursos dicen una cosa, pero los premios van hacia otra. Se le habla de esfuerzo y mérito, pero lo que ve es que el que llega más lejos no siempre es el que más se sacrifica, sino el que sabe moverse mejor entre las grietas, el que domina la técnica del atajo. Y así, sin grandes debates éticos, la trampa se vuelve sentido común.
Lo grave no es que se transgredan las normas. Lo grave es que ya no se les reconoce como tales. La trampa se ha convertido en práctica institucionalizada. Desde arriba se modela; desde abajo se replica.
El político que roba, pero inaugura obras es reelecto. El empresario que precariza es celebrado como líder. El influencer que manipula es admirado por su carisma. En este entorno, el ciudadano promedio entiende que la honestidad no cotiza. Que lo correcto no paga. Y que lo importante es llegar. A cualquier precio.
La trampa, además, se disfraza. No se llama así. Se llama “saber moverse”, “ser realista”, “no ser gil”. No se asume como falla, sino como estrategia adaptativa. La astucia reemplaza a la virtud. La apariencia reemplaza a la integridad. Y lo que antes se habría llamado cinismo, hoy se traduce como inteligencia emocional. La ética no desapareció. Se externalizó. Se volvió un adorno, una narrativa de campaña, una excusa de marketing.
El sistema no exige justicia: exige eficiencia. No pide decencia: pide resultados. El que logra metas, aunque sea rompiendo reglas, es recompensado. El que respeta las reglas pero no produce, es desechado. Vivimos en una estructura simbólica que valora más el rendimiento que la rectitud. Y eso se nota en todos los niveles: en la política, en el trabajo, en los afectos. La trampa no es un accidente. Es coherencia. En un mundo que ya no educa en valores, sino en rendimiento, lo extraño sería que no existiera.
Lo más perverso es que esta ética tramposa, no solo se reproduce: se romantiza. El tramposo no es sólo funcional. Es inspirador. Se le convierte en historia de éxito, en gurú de negocios, en ícono pop. El relato de que “todos lo hacen” se impone como justificación. Y la frase “si no lo hacés vos, te pisan” reemplaza cualquier sentido de responsabilidad colectiva. En ese paisaje, lo justo parece torpe, lo honesto parece lento, y lo genuino parece débil.
Y sin embargo, todos conocemos a alguien que perdió por hacer lo correcto. Y todos hemos visto cómo, en esta época, el que logra triunfar haciendo trampa con estilo suele despertar más admiración que repudio. No porque lo merezca, sino porque el éxito ha reemplazado a la ética como medida de valor. Ese doble registro —entre lo que decimos que creemos y lo que realmente celebramos— desnuda la verdadera crisis: no es que hayamos normalizado la trampa. Es que hemos sido condicionados para verla como única salida.
Una sociedad que convierte la trampa en virtud no sólo se vuelve injusta. Se vuelve invivible. Produce sujetos desconfiados, relaciones frágiles y comunidades rotas. Produce, sobre todo, una generación que ya no cree en el bien común, sino en la sobrevivencia individual. Una generación que mide todo en términos de utilidad. Y que, frente a cualquier conflicto, responde: “¿Y a mí qué me toca?”
La ética tramposa no es una excepción moderna. Es una filosofía no dicha, pero profundamente instaurada. Una ética que reemplazó el deber por el beneficio, y que convirtió la transgresión en símbolo de mérito. El problema no es que haya tramposos. El problema es que ya no los reconocemos como tales. Porque, lo que antes nos indignaba, ahora nos entretiene. Y lo que antes llamábamos trampa, hoy lo llamamos éxito.
¿Y si el verdadero triunfo de la trampa no fue corromper las reglas… sino convencernos de que ya no valen la pena?
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