MADRID, 17 nov 2020 (IPS) - En 2018 el nobel de Economía Joseph Stiglitz publicó “El malestar en la globalización. La antiglobalización en la era de Trump”,
una actualización de su libro más importante.En esta revisión señala la
importancia de gestionar la globalización de manera que beneficie, si
no a todos, al menos sí a la mayoría de los participantes en el proceso.
Esa gestión que propone Stiglitz implica el control, por parte de
gobiernos y consumidores, de las empresas multinacionales. Así se
intenta reducir los daños económicos y sociales generados por la
globalización.
El poder económico de las corporaciones intensifica los procesos de
deslocalización de su actividad, lo que les permite maximizar sus
beneficios. El problema está en que esos rendimientos empresariales
generan consecuencias negativas de carácter social. Una de ellas es el
trabajo forzado.
La esclavitud se ha ejercido en distintas civilizaciones desde hace
milenios. Sin embargo, muchos ignoran que esta práctica atroz es una
realidad todavía hoy.
Las especias: razón de ser de la primera multinacional
Hace más de 400 años ya existían compañías globales. En 1602, Holanda
promovió la creación de un monopolio (garantizado durante 21 años) para
controlar el comercio de especias entre Asia y Europa. Así nació la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, la primera multinacional de la historia.
Pionera como inversora extranjera en Asia y África y empleadora
transcontinental (llegó a tener más de 50 000 empleados), su poder era
inmenso. Entre sus potestades estaban la creación de colonias y lanzar
campañas militares de conquista.
Todas las decisiones tomadas en las colonias pivotaban en torno al
objetivo de incrementar el beneficio de la corporación. Y fue en esos
asentamientos en África y Asia donde esta protomultinacional contribuyó a
consolidar un modelo comercial a gran escala basado en el trabajo
esclavo.
Si bien la esclavitud era una práctica ya instaurada en esos continentes, la corporación neerlandesa aprovechó los bajos costes laborales característicos de la mano de obra esclava para hacer prosperar su negocio.
Lamentablemente, lo que podría parecer una práctica extinta y
relegada a una época de abusos coloniales, tiene actualmente mayor
vigencia de la que pensamos.
Conceptualizando la esclavitud laboral en el siglo XXI
La Organización Internacional del Trabajo estableció la definición vigente de esclavitud laboral en la Convención sobre el Trabajo Forzado Nº 29 de 1930.
Este concepto se entiende como “todo trabajo o servicio exigido a
cualquier persona bajo amenaza de sanción o castigo y para el cual la
persona no se ha ofrecido voluntariamente”.
Actualmente, este fenómeno continúa, en gran medida, oculto a ojos de
las administraciones. Afecta principalmente a la economía informal y al
ámbito rural de regiones como Centroamérica, África o las zonas más
deprimidas de Asia.
Algunos de los condicionantes detrás de esta lacra son:
- La vulnerabilidad de economías rurales aisladas y de migrantes en situación de desamparo.
- La contracción de deudas abusivas cuyo pago se exige en forma de trabajo.
- El poder de ciertas redes delictivas que explotan a personas en sectores con alta estacionalidad, como el agrario.
Todos estos factores hacen que uno de los principales retos a la hora
de acabar con estas prácticas lamentables sea su detección y
cuantificación.
Uno de los organismos que tratan de contribuir a la lucha contra este
problema global es la Oficina de Asuntos Laborales Estadounidenses (US-ILAB), la cual elabora periódicamente un informe de bienes producidos con trabajo infantil o trabajo forzado en todo el mundo.
A pesar de que gran parte del trabajo indigno se origina en economías emergentes, en la edición de 2020
de su informe, US-ILAB pone especial énfasis en la responsabilidad
empresarial en la lucha contra este problema, especialmente en la de las
grandes compañías globales con una cadena de suministro de gran
dimensión.
Producción global y trabajo indigno
Una buena parte de las fragmentadas cadenas globales de producción
está dominada por empresas multinacionales que, en su búsqueda de
aminorar costes, toman decisiones alejadas de la ética, la seguridad y
los estándares laborales de los países desarrollados.
Prácticas como la deslocalización de partes de la producción (offshoring) o la subcontratación (outsourcing)
permiten a estas empresas maximizar sus beneficios sin tener que asumir
ni internalizar las consecuencias negativas de un modelo de negocio
intensivo en la creación de trabajo indigno.
De hecho, la suma de proveedores y subcontratas que conforman la
cadena de producción de muchas multinacionales hace que se diluya la
responsabilidad al respecto.
Aunque es complejo determinar quiénes son los culpables de que la
esclavitud laboral se siga perpetuando en pleno siglo XXI, no lo es
tanto cuantificar cuántas personas sufren esa lacra como consecuencia
directa o indirecta de esas prácticas empresariales.
Nuestra última publicación en la revista internacional Economic Systems Research
trata de arrojar algo de luz al respecto, poniendo el foco en el caso
de la huella de trabajo indigno arrastrado por las multinacionales
estadounidenses.
Si bien es cierto que el trabajo indigno implica a otros muchos
agentes económicos, es interesante concretar el papel desempeñado por
estas empresas estadounidenses, no solo por la magnitud de sus
operaciones, sino por su influencia y poder en mercados de todo el
mundo.
Poniendo números a las decisiones
En 2013, las filiales estadounidenses localizadas fuera de Estados
Unidos generaron 124 110 casos de trabajo forzado en las distintas fases
de sus cadenas globales de producción.
La mayor parte de esos casos están relacionados con filiales ubicadas
en India, Brasil, China y México, y esos trabajadores están siendo
explotados en el sector primario, las manufacturas (destacando las
electrónicas en China) y en servicios como el comercio.
En comparación, en Estados Unidos hubo, durante el mismo año, 57 539
trabajadores en situación de esclavitud laboral, según la base de datos Social Indicators of Working Conditions Database.
En otras palabras, los impactos asociados a las actividades
extranjeras de las multinacionales estadounidenses duplican los casos de
trabajo forzado vinculados a la producción dentro del país. Si las
filiales extranjeras trasladaran esos puestos de trabajo indigno a
territorio estadounidense, las instituciones de Estados Unidos tendrían
que responsabilizarse del triple de casos de esclavitud.
Este retroceso en términos sociales sería inaceptable en cualquier
país desarrollado, puesto que menoscabaría décadas (o siglos) de
progreso en el reconocimiento y protección de los derechos laborales.
Poniendo estos datos en un contexto internacional, un país imaginario
compuesto por las filiales extranjeras de multinacionales
estadounidenses ocuparía la novena posición en un ranking mundial de
países ordenados por la huella de trabajo forzado detrás de su
producción, por delante de economías de la magnitud de Rusia, Canadá o
Australia.
¿Qué hay bajo la alfombra de la globalización?
Esas cifras revelan una realidad encubierta por la fragmentación de
las cadenas productivas: hay miles de trabajadores en situación de
esclavitud vinculados a la producción de grandes corporaciones
estadounidenses.
La contratación de proveedores en países emergentes está motivada por
razones económicas (menores costes laborales, menores impuestos y otras
ventajas comparativas). La paradoja es que los pésimos estándares
laborales en dichos países estarían fuera de la legalidad y fuertemente
sancionados en Estados Unidos.
Aunque la mayor parte del trabajo forzado se concentra en países
emergentes, también algunos países desarrollados muestran una carga
significativa de trabajo esclavo.
Así ocurre con subsidiarias estadounidenses ubicadas en Reino Unido,
Canadá e Irlanda, cuyo impacto directo e indirecto en términos de
trabajo forzado se estima en nuestro artículo en 2646, 2472 y 1733 víctimas, respectivamente.
En cualquier caso, los países desarrollados no son ajenos al trabajo
esclavo. Las multinacionales se han convertido en un vínculo entre las
víctimas de trabajo forzado y el consumidor que compra productos de
reconocidas marcas estadounidenses.
El poder de cambio social de las multinacionales
Pese a todo, estas empresas están en situación de contribuir con proyectos de mejora social como la Agenda 2030,
incorporándose a algunos de los retos que plantea: la erradicación del
empleo indigno y la pobreza, o la lucha contra el cambio climático.
Su capacidad de cambio está en su dimensión internacional, en su alta
capacidad de decisión y en las posibilidades que tienen de llevar
progreso tecnológico y laboral a los países receptores de su inversión.
Si estas empresas son capaces de incorporar el compromiso con la
responsabilidad y la sostenibilidad que la sociedad demanda cada vez más
a las corporaciones, podrán convertirse en motores de cambio.
Para conseguirlo, es necesario que tanto los consumidores finales
como los gobiernos de los países desarrollados destinatarios de sus
importaciones puedan monitorizar las cadenas globales de suministro de
las multinacionales.
A nivel europeo, sería deseable prestar especial atención a las
decisiones de aquellas economías fiscalmente laxas, que atraen a su
territorio las sedes de cientos de filiales de multinacionales.
En pos de la ética y la sostenibilidad
La consultora McKinsey Global Institute estima que en 2025 la mitad de las grandes compañías del mundo estarán radicadas en países emergentes.
Ante esta tendencia, y dado que, en palabras de Stiglitz, “las reglas
del juego las han diseñado las corporaciones”, se hace necesario
evaluar los patrones de deslocalización y cuantificar las víctimas de un
modelo de producción y consumo insostenible.
Tras mirar bajo la alfombra y con los datos sobre la mesa, ahora es
el turno para que ciudadanos, empresas y legisladores asuman
responsabilidades y planteen a las multinacionales una hoja de ruta
ética y sostenible.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
RV: EG