
Ejecución de Luis XVI (1793). Imagen: Wikimedia Commons
Por José Manuel Burgueño
Profesor de Comunicación Institucional
en la española
Universidad de Nebrija
MADRID, 24 ago 2020 (IPS) - Hillary Clinton, la gran damnificada por el cúmulo de mentiras
que se difundieron en el entorno de las elecciones norteamericanas que
acabaron por dar el poder a Donald Trump, decía en diciembre de 2016 lo
que ahora se ha hecho evidente: “Las llamadas fake news pueden tener
consecuencias en el mundo real”. Dos errores: no es que puedan tener
consecuencias, es un hecho que las tienen; y no es ahora cuando se ha
evidenciado esto porque siempre, desde el origen de los tiempos, ha sido
así.
Los esfuerzos por vincular a la candidata demócrata y su partido con
ritos satánicos, pederastia o racismo no distan tanto de las acusaciones
que debían soportar los cristianos descritas por Tertuliano en el siglo
III en su Apología contra los gentiles:
“Que en la nocturna congregación sacrificamos y nos comemos un niño;
que en la sangre del niño degollado mojamos el pan y empapado en la
sangre comemos un pedazo cada uno; que unos perros que están atados a
los candeleros los derriban forcejeando para alcanzar el pan que les
arrojamos bañado en sangre del niño; que en las tinieblas que ocasiona
el forcejeo de los perros, alcahuetes de la torpeza, nos mezclamos
impíamente con las hermanas o las madres…”
Los cristianos, Nerón y el incendio de Roma
Además de canibalismo o incesto, los cristianos también cargaron con
la culpa del gran incendio de Roma del año 64, a partir de un rumor
originado por el propio Nerón, para exculparse a sí mismo de provocar el
“Gran Fuego”, como cuenta Tácito en el siglo I en sus Anales. Todas estas imputaciones tuvieron no pocas consecuencias, con las famosas persecuciones de los primeros siglos.

El autor, José Manuel Burgueño
Existe un cierto consenso en definir las fake news como
informaciones falsas, difundidas bien por los medios tradicionales, bien
por las redes sociales, cuya finalidad es engañar o manipular al
público para lograr determinados objetivos.
Coincide con el concepto de desinformación, traducción literal del término ruso dezinformatsia,
empleado por los soviéticos en los años veinte del pasado siglo para
referirse a las campañas de “intoxicación” que, según ellos, lanzaban
los países capitalistas.
Aparece en el diccionario de la lengua rusa de S. Ojegov en 1949,
definida como “la acción de inducir a error mediante el uso de
informaciones falsas”, y se populariza en 1980, cuando durante el juicio
en París contra Pierre Charles Pathé, comentarista y editor de un
boletín confidencial, el testimonio de un agente de la Dirección de
Surveillance du Territoire (DST) da amplia difusión a las técnicas del
KGB.
En su libro de 1984 sobre este fenómeno, Shultz y Godson definen la
desinformación como “presentar y difundir información deliberadamente
falsa, incompleta y errónea (a menudo combinada con información
verdadera), con el fin de engañar y manipular bien a las élites, bien a
los públicos masivos (…) para lograr determinados objetivos”.
La universalización de las herramientas de difusión, su facilidad de
uso y su carácter gratuito multiplica la capacidad de divulgación de
estas noticias falseadas
¿Por qué surge ahora con otro nombre?
Su alcance y velocidad de propagación, gracias a internet y las redes
sociales, confiere a este fenómeno, tan antiguo como la comunicación,
un nuevo matiz. La universalización de las herramientas de difusión, su
facilidad de uso y su carácter gratuito multiplica la capacidad de
divulgación de estas noticias falseadas (denominación cuestionable,
incluso teniendo en cuenta el adjetivo, ya que el término noticia
incorpora en sí mismo el concepto de veracidad, y por tanto su potencial
de inducir a error y manipular decisiones.
Pero la difusión de falsedades para distorsionar la visión de la
realidad del receptor y modificar su conducta ha existido,
efectivamente, desde siempre. Tan lejos se remonta como “en los albores
de la humanidad”, narrada en el Libro del Génesis: según el Papa Francisco,
fue la serpiente “la artífice de la primera fake news”, al engañar a
Eva, mezclando verdad y mentira, con un objetivo claro. Pocas veces las
consecuencias han sido tan drásticas y desastrosas.
Mucho antes de Facebook y Twitter
El poeta romano del siglo I, Virgilio, describe en el capítulo IV de La Eneida
cómo actúa la fama (el rumor), “la más veloz de todas las plagas”,
“monstruo horrendo (…) que llena de espanto las grandes ciudades,
mensajera tan tenaz de lo falso y de lo malo, como de lo verdadero.”
Casi cuatro siglos antes, Teofrasto, discípulo y sucesor de Aristóteles en el Peripato, describe en su obra Caracteres el del novelero o patrañero: “Sus relatos son tales que ninguno puede verificarlos ni redargüirlos”.
Se trata de transmitir, con el apoyo de los medios de máxima difusión
(hoy las redes sociales), un discurso creíble capaz de captar la
atención del público, basándose en estereotipos y prejuicios y
suscitando emociones para movilizar e inducir opiniones, decisiones y
acciones. Pero es indudable que esto ya ocurría mucho antes de la
aparición de Facebook y Twitter.
Trump no es el padre del invento
Las noticias falsas han servido siempre para lograr respaldo para
medidas difíciles o movilizar al pueblo de acuerdo a determinados
intereses. Está documentada la creación de un ambiente hostil hacia los
judíos a finales del siglo XVI en España.
Su uso en el ámbito político no lo inventa Trump. Ya la difusión de
noticias falsas empañó, en 1800, las cuartas elecciones presidenciales
estadounidenses, cuando John Adams, sucesor de George Washington, quiso
repetir mandato, como su antecesor.
Se le acusó, entre otras cosas, de apoyar a la aristocracia o de
querer instaurar la monarquía, casando a su hijo John Quincy Adams con
una hija del rey de Inglaterra. Jefferson le derrotó. Tampoco pudo John
Quincy Adams quedarse cuatro años más, cuando en 1828 acabó su primer
mandato: las mentiras de Andrew Jackson pudieron más que las suyas. Si
Jackson era un adúltero y había matado prisioneros indiscriminadamente,
Adams hizo diplomacia con el zar proporcionándole compañía femenina, o
le pasó al Gobierno la factura de su mesa de billar. Todo mentira.
También han servido siempre para lograr respaldo para medidas
difíciles o movilizar al pueblo de acuerdo a determinados intereses.
Está documentada la creación de un ambiente hostil hacia los judíos a finales del siglo XVI en España antes de decretar su expulsión.
Difamados reiteradamente como herejes y usureros, también se les
empieza a acusar en fechas cercanas al decreto de burlarse de las leyes
de los cristianos y de considerarlos idólatras; se hace mención a las
“abominables circuncisiones y de la perfidia judaica”; se califica el
judaísmo de lepra; se recuerda que los judíos “por su propia culpa están
sometidos a perpetua servidumbre, a ser siervos y cautivos»…
Pero la puntilla la puso el auto de fe en el que la Inquisición quemó
a tres conversos y dos judíos condenados injustamente –como después se
demostró– por un presunto crimen ritual contra un niño cristiano
(conocido después como el Santo Niño de La Guardia). Corría el mes de
noviembre de 1491. El contexto ya era propicio para la expulsión, que se
ejecutó cuatro meses después.
Bulos en la Revolución Francesa
La Revolución Francesa también supo aprovechar en su favor esta
argucia, que allanó por ejemplo el camino de María Antonieta hacia la
guillotina.
Se le atribuyeron falsamente frases atroces como: «Mi único deseo es
ver París bañado en sangre; cualquier cabeza francesa presentada ante mí
se pagará a peso de oro”; o burlas frente a la crisis de provisiones de
1778, en la que escaseó la harina y se extendió el hambre: “Si en París
no hay pan, que coman bollos”.
Tachada de frívola y despilfarradora, la archiduquesa de Austria fue
acusada de conspirar contra Francia y promover todo tipo de intrigas,
satisfacer sus caprichos a costa de las finanzas del país e incluso de
relaciones lésbicas e incestuosas. “En 1785, el concierto de calumnias
se halla ya en su apogeo; está marcado el compás, suministrada la
letra”, señala Zweig en su biografía de la reina.
Arma de intoxicación masiva
Pero son los períodos bélicos (incluidos el pre y el post) los
mayores caldos de cultivo para la información falsa. A finales del XIX,
la entrada de Estados Unidos en la Guerra de Cuba fue fruto de las
mentiras de los principales periódicos norteamericanos del momento, los
amarillistas Journal de Hearst y World de Pulitzer, que dieron por hecho
que fue un ataque español lo que hundió el acorazado Maine, cuando la
causa fue una explosión interna.
En su libro Yo pondré la guerra,
Manuel Leguineche escribe: “Hearst pedía historias claras, maniqueas,
de héroes y villanos: «Los españoles alimentan a los tiburones con los
prisioneros de guerra», titulaba el Journal, y narraba
historias que sólo habían sucedido en la calenturienta imaginación de
sus enviados especiales al conflicto. «Los soldados españoles cortan con
sus machetes las orejas de los rebeldes cubanos y se las guardan como
recuerdo».
Al inicio de la Primera Guerra Mundial, una parte de la prensa
francesa pretendía sosegar a los ciudadanos con el argumento de que las
armas alemanas eran inofensivas.
Según cuenta Durandin, apenas dos semanas después de que el II Reich
declarara la guerra a Francia, el 17 de agosto de 1914, el diario
parisino L’Intransigeant escribía: «La ineficacia de los proyectiles enemigos es objeto del comentario general. Los schrapnels
estallan débilmente y caen en forma de lluvia inofensiva. El tiro está
mal ajustado; en cuanto a las balas alemanas, no son peligrosas;
atraviesan la carne de un lado a otro sin desgarrar los tejidos.” Cuatro
días después, el ejército francés sufría su primera derrota en la
batalla de Charleroi.
También en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, la campaña
británica para tratar de evitarla por la vía de la conciliación y el
desarme acabó en un fraude a la opinión pública: “En particular , el
Times disimuló la amplitud del rearme alemán, clandestino primero, en
violación de los tratados y acuerdos en vigor, luego de manera cada vez
más ostensible. (…) Todas las indicaciones convergían hacia un desenlace
que no podía lógicamente ser más que una agresión hitleriana, pero el
Times las ignoraba deliberadamente o negaba que tuvieran ese
significado”, señala Jean-François Revel .
Guerra… de informaciones falsas
Son los períodos bélicos los mayores caldos de cultivo para la
información falsa. A finales del XIX, la entrada de Estados Unidos en la
Guerra de Cuba fue fruto de las mentiras de los principales periódicos
norteamericanos del momento
En ambas conflagraciones, los dos bandos se sirvieron de la técnica de
imitar cabeceras para introducir noticias falsas entre el enemigo.
Los servicios de propaganda filtraban en las filas enemigas
ejemplares de diferentes periódicos falsificados con escritos
derrotistas, mezclados con noticias reales.
Por ejemplo, en febrero de 1940, Berlín preparó una edición completa del diario inglés The Evening Standard
abriendo con las “profundas y no reportadas pérdidas de la RAF”, y
noticias como un pretendido plan para el exilio de la familia Real
británica, otro sobre la intención secreta del Reino Unido de invadir
Canadá y la sugerencia de un supuesto gastrónomo francés, al que
llamaron M. Boulestin, de resolver el “problema británico del desayuno”
con ranas (un manjar para los franceses pero repugnante para los
británicos), para lo que la BBC daría una serie de recetas. Todo para
sembrar miedo y confusión.
Tras describir las acusaciones falsas que los cristianos debían
soportar, Tertuliano sentencia lo que cualquiera que hubiera leído las
famosas fake news alrededor de las elecciones de EEUU o el
Brexit podría haber pensado: “Pues si los creéis, ¿cómo no los
averiguáis? Y si no los averiguáis, ¿por qué los creéis?”
Larra decía que “el corazón del hombre necesita creer algo, y cree
mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón
creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus
consortes y a sus Gobiernos”.
Y Nietzsche va más allá al afirmar
que “el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar
y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra
cuentos épicos como si fuesen verdades”.
Esa es la gran baza, a lo largo de toda la historia, de las fake news.
Este artículo fue publicado originalmente
en The Conversation.
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