viernes, 11 de septiembre de 2026

«¿Para qué sirve Salvador Allende? A 53 años de su muerte» / Carlos Dürich


"Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre, para construir una sociedad mejor"

Salvador Allende

11 de septiembre de 1973


Carlos Dürich

La herida abierta de septiembre

Cada 11 de septiembre, cuando la fecha marca el aniversario de su muerte, el ritual se repite con una regularidad tan predecible como la de los rituales de Estado: discursos grandilocuentes, ofrendas florales y la invocación de un nombre que parece servir más para consagrar el poder existente que para desafiar sus estructuras.

Se le momifica como una estatua de bronce o se le reduce a un mártir de la democracia, cuando no se le vilipendia como un caudillo fracasado. Pero ninguna de esas dos operaciones —la hagiografía o la demonización— acierta a comprender la pregunta fundamental que su vida y obra nos plantean:

¿cómo se transforma una sociedad cuando el peso de siglos de dominación, la inercia de la desigualdad y la fuerza de los imperios están en su contra?

Por eso, cuando se pregunta por la actualidad de su pensamiento, la respuesta no debe hallarse en la fiel repetición de sus proclamas, sino en la fidelidad a su problema central: el de la construcción de un proyecto político soberano, justo y socialista en un continente fragmentado y asediado. 

Allende no murió defendiendo una abstracción: murió defendiendo la posibilidad de que un pueblo construyera su destino por la vía democrática, en pluralismo y libertad. Pero su pensamiento no era un particularismo chileno: era una reflexión sobre las condiciones universales de la emancipación en los países dependientes. Sus consignas no valen solo para Chile: valen para toda Nuestra América.

La pregunta por su utilidad hoy no puede ser respondida por la estatua, sino por el análisis de su método y sus advertencias. ¿Ha sido superada la necesidad de una vía democrática al socialismo? ¿Es el "Vietnam silencioso" que describió un concepto arcaico o una realidad más vigente que nunca frente a los nuevos embates del imperialismo?

La vía chilena: socialismo en democracia, pluralismo y libertad

La teoría política de Allende no se forjó en el gabinete, sino en la práctica médica, en la militancia universitaria y en la derrota electoral. Su primer gran diagnóstico contiene una crítica mordaz no solo al reformismo, sino a la desconexión fundamental entre el liderazgo revolucionario y la realidad del pueblo. Allí acuña un concepto que ilumina su pensamiento: el de la "revolución con sabor a empanada y vino tinto".

Advirtió que "los teóricos del marxismo nunca han pretendido, ni la historia demuestra, que un partido único sea una necesidad en el proceso de transición hacia el socialismo". Es decir, el primer y más grave error fue construir instituciones ideales sobre una base social que no las comprendía ni estaba preparada para sostenerlas.

Aquí surge el núcleo de su propuesta política: la necesidad de un liderazgo que no se limite a gobernar, sino que eduque y transforme al pueblo desde dentro, forjando una nueva conciencia nacional. No se trata de un caudillismo personalista, sino de una vanguardia que asuma la tarea de "formar el corazón" de los hombres para la libertad, como él mismo le reconoce a su pueblo: "No tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de mesías, no tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea".

Allende no fue un iluso que creyera que la revolución se hace sola. Comprendió que la transformación del pueblo era la condición para la transformación de la patria, y que esa transformación era posible gracias a la fe depositada en el proyecto común. En su discurso de 1971, lo expresó con claridad:

"Nuestro camino será aquel construido a lo largo de nuestra experiencia, el consagrado por el pueblo en las elecciones, el señalado en el Programa de la Unidad Popular: El camino al socialismo en democracia, pluralismo y libertad."

Esta no era una concesión táctica, sino una convicción estratégica. Allende entendía que la revolución no es una receta que pueda aplicarse en cualquier latitud:

"La revolución no es una receta que pueda aplicarse en cualquier latitud. La revolución es un cambio profundo, es la transformación del sistema, es abrir paso a las grandes mayorías, es hacer que el campesino, que yo también, seamos ciudadanos iguales. La revolución es aprovechar lo mejor que otros hicieron y lo mejor de nuestra historia, de nuestro pueblo, para cimentar el futuro. La revolución no es arrasar y destruir. Es construir y levantar con una nueva mentalidad una patria más amplia y generosa para todos los chilenos."

En sus palabras resuena la misma enseñanza: el liderazgo no es un fin en sí mismo, sino un medio para elevar al pueblo. El joven que comprende su responsabilidad histórica; el trabajador que se integra a la dirección de su empresa: son la prueba tangible de que la revolución no es solo un cambio de instituciones, sino una transformación del alma colectiva.

El imperialismo: la crítica que no cesa

Allende no solo fue el "compañero presidente"; fue el primer gran teórico del antiimperialismo continental desde el poder. Su discurso en la ONU (1972) no es un mero alegato patriótico: es un diagnóstico geopolítico de primer orden. Al afirmar que "somos países potencialmente ricos, vivimos en la pobreza. Deambulamos de un lugar a otro pidiendo créditos, ayuda y, sin embargo, somos —paradoja propia del sistema económico capitalista— grandes exportadores de capitales", define las bases de una identidad soberana que debe luchar contra todo intento de recolonización.

Este diagnóstico se vuelve profético en su denuncia de la International Telephone and Telegraph Corporation (ITT) y la Kennecott (1972). Allende no se deja intimidar por el poder emergente de las transnacionales. Cuando la ITT lo presiona, el presidente responde con una claridad que no necesita subrayados:

"Señores delegados: Yo acuso, ante la conciencia del mundo, a la ITT de pretender provocar en mi patria una guerra civil. Esto es lo que nosotros calificamos de acción imperialista."

Allí está esbozada, décadas antes, la crítica a cualquier forma de tutelaje corporativo. Pero Allende no se quedaba en la denuncia. En su discurso ante la ONU, advirtió sobre el poder de las corporaciones transnacionales:

"Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones transnacionales y los Estados Unidos. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales —políticas, económicas y militares— por organizaciones globales que no dependen de ningún listado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún parlamento. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada."

Su análisis del subdesarrollo como consecuencia del imperialismo era implacable:

"La razón dialéctica se expresa con claridad. Existe el subdesarrollo porque existe el imperialismo. Existe el imperialismo porque existe el subdesarrollo."

Si Allende levantara la cabeza y viera la situación actual de Nuestra América, ¿qué diría frente a la injerencia de Washington? En primer lugar, denunciaría la hipocresía de un imperio que se proclama defensor de la libertad mientras impone bloqueos, sanciones y asedio financiero. 

Pero no se quedaría en la denuncia. Allende propondría una estrategia política concreta: la articulación de todas las fuerzas antiimperialistas del continente. Para él, la unidad latinoamericana no era un sueño romántico, sino una necesidad táctica.

 Frente al bloqueo, el asedio económico y las sanciones, su respuesta sería la unidad sudamericana y caribeña como un muro de contención. La soberanía, para él, no se pide: se construye mediante la cooperación y la fuerza colectiva.

Las consignas vitales de Allende para Nuestra América

Allende no dejó un listado de "tareas para el siglo XXI". Dejó algo más valioso: un conjunto de principios y advertencias que consideraba condiciones de vida o muerte para el proceso revolucionario. 

No son un programa para el futuro, sino el diagnóstico de lo que él mismo veía como indispensable para que la transición al socialismo no se convirtiera en una derrota. Leerlas hoy no es actualizarlas: es reconocer que siguen siendo los mismos problemas. Y no valen solo para Chile: valen para toda Nuestra América.

1. La legalidad como conquista y como límite. Allende insistió hasta el cansancio en que la vía chilena era una vía dentro de la legalidad, pero no por ingenuidad jurídica, sino porque entendía que la legalidad era una conquista popular que no debía entregarse. En su mensaje al Congreso de 1971 lo dijo con precisión:

"El principio de legalidad rige hoy en Chile. Ha sido impuesto tras una lucha de muchas generaciones contra el absolutismo y la arbitrariedad en el ejercicio del poder del Estado. Es una conquista irreversible mientras exista diferencia entre gobernantes y gobernados."

Pero al mismo tiempo advertía que esa legalidad era capitalista y que debía transformarse. No se trataba de romperla, sino de superarla desde dentro, generando una nueva institucionalidad. Esa tensión —mantener la legalidad mientras se la transforma— fue el nudo de su gobierno y sigue siendo el nudo de cualquier proyecto transformador que no quiera repetir el camino de la violencia. Para Nuestra América, esta consigna sigue vigente: no se trata de elegir entre legalidad y revolución, sino de construir la legalidad nueva desde la vieja.

2. La unidad popular como condición, no como consigna. Allende no concebía la revolución como obra de un partido ni de un caudillo, sino como tarea de un bloque social amplio. En 1971 lo formuló con claridad:

"El pueblo llega al control del Poder Ejecutivo en un régimen presidencial para la construcción del socialismo en forma progresiva, a través de la lucha consciente y organizada en partidos y sindicatos libres."

La unidad no era una táctica electoral: era la única forma de sostener un proceso revolucionario en un país con instituciones burguesas intactas. Su advertencia sobre el sectarismo y el dogmatismo fue constante. En 1972, ante la Universidad de Guadalajara, lo dijo sin ambages:

"El sectarismo, el dogmatismo, el burocratismo congela las revoluciones."

Para Nuestra América, esta consigna es hoy más urgente que nunca: la fragmentación de las fuerzas populares es el principal aliado del imperialismo.

3. La movilización permanente como defensa y como creación. Allende no creía que el gobierno por sí solo pudiera sostener el proceso. La movilización popular no era un accesorio: era el mecanismo mismo de la transformación. En su discurso del 1 de mayo de 1971 lo expresó con claridad:

"Fortalecer el poder popular y consolidarlo significa hacer más poderosos los sindicatos, con una nueva conciencia, la conciencia de que son un pilar fundamental del gobierno; pero que no están dominados por él sino que, conscientemente, participan, apoyan, ayudan y critican su acción."

La movilización no era solo para defender el gobierno de sus enemigos: era para construir el socialismo desde la base. Los consejos campesinos, los comités de producción, las juntas de abastecimiento y precios, los cordones industriales: todo eso era, para Allende, la forma concreta de la democracia económica. Para Nuestra América, esta consigna sigue siendo la única garantía de que los gobiernos progresistas no se conviertan en administraciones sin pueblo.

4. La independencia económica como condición de la política. Allende entendía que sin control de los recursos básicos no había soberanía real. La nacionalización del cobre no fue un acto simbólico: fue la condición material de cualquier política autónoma. En su discurso sobre la nacionalización lo dijo sin rodeos:

"No queremos una economía pretendidamente sana, con desocupación, explotación, injusticia, sometimiento al extranjero y desigualdad extrema en la distribución del ingreso."

La independencia económica no era un fin en sí mismo: era el medio para que la política fuera posible. Sin ella, cualquier gobierno progresista quedaba atado a los dictados del capital extranjero. Para Nuestra América, esta consigna es hoy la batalla central: sin control de los recursos naturales, no hay soberanía posible.

5. La crítica al imperialismo como eje permanente. Allende no veía el imperialismo como un accidente de la política exterior del norte global, sino como una estructura del sistema capitalista. En su discurso ante la ONU en 1972 lo formuló con precisión:

"Somos víctimas de acciones imperceptibles, disfrazadas generalmente con frases y declaraciones que ensalzan el respeto a la soberanía y a la dignidad de nuestro país. Pero nosotros conocemos en carne propia la enorme distancia que hay entre dichas declaraciones y las acciones específicas que debemos soportar."

Y su denuncia de la ITT no fue un episodio aislado: fue la expresión concreta de una crítica estructural al poder de las transnacionales, que él veía como una amenaza a la soberanía de todos los pueblos, no solo del suyo. Para Nuestra América, esta consigna es el eje de cualquier proyecto emancipador: el enemigo no es solo Washington, es el capital transnacional que no tiene patria ni ley.

6. La unidad latinoamericana como horizonte. Allende no concebía la revolución chilena como un experimento aislado. En su discurso en el Congreso de Bogotá en 1971 lo dijo con claridad:

"América Latina necesita culminar una etapa que se iniciara en el siglo XVIII... Los próceres señeros de este continente, como Bolívar, San Martín, Sucre, Morelos y O'Higgins, impulsaron la lucha de nuestros pueblos contra los grupos oligárquicos, que se aliaron a las fuerzas foráneas y a los capitales extranjeros."

La unidad latinoamericana no era un sueño romántico: era una necesidad frente a un enemigo común. Sin ella, cada país quedaba a merced de las mismas presiones. Para Nuestra América, esta consigna es hoy la única forma de enfrentar el bloqueo, el asedio financiero y la injerencia política: la Patria Grande no es una utopía, es una condición de supervivencia.

7. La formación de una nueva conciencia. Allende insistía en que la revolución no se hacía solo con decretos, sino con hombres y mujeres transformados. En su discurso a los jóvenes en 1972 lo dijo con claridad:

"La revolución no pasa por la universidad y esto hay que entenderlo; la revolución pasa por las grandes masas, la revolución la hacen los pueblos; la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores."

Pero también advertía que sin preparación técnica y sin conciencia política, esa revolución quedaba incompleta. El joven revolucionario debía ser, antes que nada, un buen estudiante, un buen trabajador, un buen compañero. La revolución interior era condición de la revolución exterior. Para Nuestra América, esta consigna es la más olvidada y la más urgente: sin formación de cuadros, sin educación popular, sin conciencia crítica, no hay proyecto que sobreviva.

8. La defensa de la institucionalidad como trinchera. Allende murió defendiendo la institucionalidad que había jurado respetar. No por legalismo abstracto, sino porque entendía que esa institucionalidad era el último dique contra la violencia reaccionaria. En su último discurso, desde La Moneda, lo dijo con una claridad que no necesita comentario:

"Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente."

Allende no murió por un artículo de la Constitución: murió por la posibilidad de que un pueblo construyera su destino por la vía democrática. Esa posibilidad sigue siendo, hoy, la tarea pendiente de Nuestra América.

Un horizonte para organizarse

El mayor temor de Allende, y el que finalmente devoró su obra, no es el ejército golpista, sino la fragmentación y el sectarismo. Como expresa en su discurso de 1972:

"No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios."

La fragmentación de las fuerzas populares, la dispersión de los esfuerzos, la incapacidad de sostener un proyecto común: eso es lo que Allende veía como la mayor amenaza. Y no solo para Chile: para Nuestra América entera, fragmentada en repúblicas que se ignoran, que compiten entre sí, que repiten los mismos errores.

La historia posterior le dio la razón. El golpe militar no triunfó solo por la fuerza de las armas: triunfó porque encontró un frente popular dividido, un gobierno acosado por dentro y por fuera, una unidad que no alcanzó a consolidarse. Lo que vino después —la dictadura, la disolución del proyecto, la larga noche— fue la consecuencia de no haber pasado del heroísmo de la resistencia a la grandeza de la construcción.

Allende lo había advertido. Su llamado a la unidad no era una consigna retórica: era la condición de supervivencia del proceso. Y esa lección no vale solo para Chile. Vale para toda Nuestra América.

¿Para qué sirve Salvador Allende, entonces?

Para recordarnos que el mero hecho de la independencia no es suficiente. La pregunta que nos dejó no es "¿cómo nos liberamos?", sino "¿cómo construimos?". Hoy, frente a la adversidad, la respuesta no puede ser la improvisación ni la dependencia de un "genio superior". Debe ser, como lo supo hacer Allende en sus campañas, "proporcionar la constancia a los trabajos". Esa constancia, esa perseverancia organizada, es el único camino hacia la verdadera gloria: la de constituir una patria soberana, justa y unida.

Allende no es solo un mártir chileno. Es una consigna para toda Nuestra América. Su pensamiento no se agota en la experiencia de la Unidad Popular: es una reflexión sobre las condiciones universales de la emancipación en los países dependientes. Su crítica al imperialismo, su defensa de la vía democrática, su insistencia en la unidad popular, su llamado a la independencia económica, su horizonte latinoamericanista: todo eso sigue siendo el programa pendiente de nuestros pueblos.

Negarse hoy a ese desafío, refugiarse en la queja estéril o en la espera de un salvador, es renunciar a la única herencia que realmente importa: el proyecto inconcluso de una América Latina soberana, justa y unida. Allende murió por esa posibilidad. Nosotros no podemos traicionarla con la indiferencia.

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