Catherine García
A las nuevas generaciones de venezolanos les costaría creer que este país, del que muchos han tenido que partir por falta de oportunidades, antes fue el «sueño americano» de muchos extranjeros. En aquel tiempo, incluso los que veníamos de familias con pocos recursos económicos pudimos estudiar en una universidad reconocida en el mundo entero, con acceso a todo lo que necesitábamos para formarnos en las diversas ramas del saber.
La Universidad era el motor económico, social y cultural de la ciudad de Mérida y desde hace muchas décadas ha recibido gente de todos los rincones del país. Por esta razón, los merideños nos acostumbramos a convivir con gente de todas partes, porque, de alguna manera, en esa meseta rodeada de montañas estaba presente el país entero.
El estudiante margariteño Nelson García es autor de un hermoso «Canto a Mérida», que interpretaba con su dulce voz la trabajadora universitaria Gladys Pérez y que resume la nostalgia y el amor de tantos que, como el autor, después de partir llevaron siempre en su corazón a Mérida y a su universidad:
«Quiero cantarle a Mérida, apasionadamente,
la tierra que se viste del verdor estival,
la de los estudiantes en la Universidad,
hermoso sortilegio, romántico jardín (…)
Vengo del mar con un collar de perlas
para que me regales un bello frailejón,
quiero que las azucenas y las muchachas
color de rosas, sepan apreciar las notas
apasionadas de mi canción.»
Como una forma de obtener ingresos, muchos merideños alquilaban habitaciones en sus viviendas a los estudiantes. También algunas casas viejas de La Hoyada de Milla, el centro, El Llano, Belén y Santa Elena funcionaron como residencias estudiantiles, y en ellas convivía gente de distintas procedencias.
«La de la señora Modesta Guillén, en El Llano, alojaba estudiantes y servía ricos almuerzos a muy buenos precios.» (Ivonne Rodríguez)
«Donde está la Óptica Spósito, quedaba la antigua casa de doña Yaya Paredes y ahí almorzaban muchísimos estudiantes. Esa señora tenía un guiso único ¡qué comidas preparaba!» (Luis Bourgoin, en La Mérida de ayer y de hoy).
«Cuando llegaban estudiantes de nuevo ingreso al comedor universitario los demás golpeaban los cubiertos sobre las bandejas metálicas para hacer mucho ruido. En Ingeniería los trasquilaban para bautizarlos.» (Ivonne Rodríguez)
«Hacia el año 68-69 se eligió la Novia Universitaria. Quedó electa entre todas las Facultades Belkis Josefina Briceño, que era estudiante de Administración. Fue todo muy bonito, la Federación de Centros Universitarios trajo de Oriente un grupo famoso en los bailes allá y nos fuimos bailando desde la Facultad de Economía y Administración hasta el Parque Glorias Patrias. Fue una semana de bailes, bellísima. Participaban los estudiantes de todas las Facultades. Por más de veinte años no hicieron más elecciones de Novia Universitaria. Cabe recordar que antes de Belkis fue Novia Elda Oquendo, de la Facultad de Derecho.» (Carmen Briceño)
Algunos muchachos provenientes de otras regiones tocaban muy bien el cuatro y formaban grupos de serenateros o participaban en las tertulias nocturnas improvisadas en los apartamentos de estudiantes o en espacios públicos. Se hacía una vaca, se compraba una botella de anís o canelita, porque las noches merideñas eran muy frías.
«Los estudiantes nunca teníamos plata, pero cada fin de semana nos reuníamos a disfrutar con lo que tuviéramos. Cada uno llevaba lo que pudiera sacar de su casa y preparábamos una pasta que, aunque tuviera sólo atún y salsa de tomate, para nosotros era un manjar, porque se disfrutaba con los amigos. Ser estudiante era también sentir la adrenalina de ir guindando con otros cuatro más de la puerta del bus de la ULA con medio cuerpo afuera, rumbo a clases.» (Víctor Plaza)
Era muy común en la Mérida de los años setenta y ochenta ver jóvenes estudiando en sus sillas de extensión en los parques o en los concesionarios de automóviles que tenían espacios abiertos a los que podían acceder para aprovechar la luz en horas de la noche. Otros se reunían a estudiar en las casas de los amigos que vivían en residencias y amanecían estudiando con un termo de café, a veces mezclado con Coca-Cola.
La avenida Don Tulio era sitio por excelencia de batallas campales entre estudiantes y policías en tiempos de protestas, aunque en muchas ocasiones los disturbios abarcaban tantas calles que la ciudad se trancaba durante varios días. No hay estudiante de aquellas décadas que no reconozca el olor del gas lacrimógeno que cada cierto tiempo nos hacía correr de los salones en bandada.
Otro recuerdo de los tiempos estudiantiles son las caravanas de graduación que comenzaban en cada facultad y recorrían las calles del centro. Una parada obligada era la casa donde fue asesinado el estudiante Luis Carvallo Cantor en 1987.
«Era ritual en las caravanas de graduandos parar en esa casa donde algunos se bajaban a orinar. Las caravanas siempre terminaban en lo que llamaban el “Parque la Burra”, en el Paseo de la Feria.» (Víctor Plaza)
De mis años de estudiante recuerdo cada mañana cuando me preparaba para ir a clases: el agua helada al abrir el grifo; el aroma del café; la música venezolana en el radio de la cocina, con la que las emisoras amenizaban el comienzo del día. La imponente sierra despejada, mostrando todo su esplendor como regalo. El frío en la parada mientras esperábamos el bus de la ULA; el recorrido por las calles llenas de neblina.
Llegar a la facultad y ver esa diversidad de rostros, escuchar los diferentes acentos: orientales, llaneros, zulianos, centrales; todos allí, en ese lugar del mundo en el que era posible ir a estudiar y obtener un título aun siendo de una familia humilde.
Imágenes: La Mérida de ayer y de hoy; Jorge Ender Urbina Sosa; Archivo de la Universidad de Los Andes; Pedro Quintero; Karl Ontiveros; Igor Puentes.
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