Estuve a punto de perderme La bola negra. Anduve varios días buscando una entrada imposible. El miércoles, casi con un pie en la escalera del avión, logré verla. No quiero hacerles coco, pero creo que no es casualidad el revuelo que ha causado en España. Los Javis serán las grandes estrellas en febrero en la entrega de los Óscar —disculpen los especialistas, es una opinión emotiva: solo soy un cinéfilo rudo y duro—Lo que vi en la pantalla me dejó la cabeza dando vueltas, y hoy les entrego mis pinceladas.
Para entender el título hay que ir al origen. La bola negra tiene ese peso de mala racha: en los casinos de antes significaba la expulsión total, y en el billar cantaba el fin de la partida si la metían a destiempo. Esa misma sensación de desahucio es la que utilizan Javier Calvo y Javier Ambrossi (los Javis). A noventa años del asesinato de Federico García Lorca, estos geniales directores arman un homenaje alucinante. Tomaron las pocas páginas que quedaron de una pieza inacabada del poeta antes de su fusilamiento, y bebieron además de otros textos clave: los Sonetos del amor oscuro, del propio Lorca, y la obra teatral La piedra oscura (2013), del dramaturgo Alberto Conejero.
Mediante una narrativa no lineal, te conectan de lleno con los tumultuosos años treinta de España y con el presente.
Lorca no aparece aquí como la típica figura de mármol de los libros de historia, sino como un hombre apasionado y real, de los que todavía hacen falta. La película retrata la guerra como la conocemos: una maldición que destruye todo lo humano y lo material. Por eso uno agradece la maestría de una dirección que se esmeró en resaltar también los detalles de la carne y el alma.
El corazón del filme es la relación entre el prisionero Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau) y su custodio, interpretado por Guitarricadelafuente.En medio del horror de un hospital de campaña, la enemistad se desarma por completo: surge entre el reo y el guardia una complicidad tremenda, un lazo afectivo que desafía la violencia que los rodea.
*"Spoiler alert"*
Ahí es donde la cinta aborda de frente el estigma de la homofobia y ese miedo histórico al contacto o a la sangre que tanto ha marcado cierta narrativa en el cine español.
Los Javis le dan la vuelta al asunto y transforman la herida en poesía visual, empujada por una música espectacular.
En este laberinto de emociones, las actuaciones son un tiro al piso: Penélope Cruz —para variar— se come la pantalla sobre un tanque de guerra con una fuerza increíble; y la brevísima aparición de Glenn Close, hablando en un español impecable, funciona como un cable a tierra que te eriza la piel.
La película ya viene de arrasar en festivales internacionales y el veredicto al salir en los pasillos de los cines es unánime. Hay una posibilidad real de que logre la misma hazaña de la surcoreana Parásitos: llevarse la estatuilla a Mejor Película Internacional y disputar también el premio gordo a Mejor Película. Tienen con qué, aunque con la monumental Odisea de Nolan de por medio, nunca se sabe.
Es una obra intensa que, por fortuna, pronto se exhibirá en Venezuela. Ver el estreno en Caracas tendrá un sabor especial porque coincide con los 25 años del Trasnocho Cultural: ese espacio que ha sido el gran refugio del cine, el teatro y tantas otras experiencias culturales, y que justo hoy domingo celebra su cuarto de siglo. Estoy seguro de que el gran gerente José Pisano no pelará ese boche para que una película tan viva se proyecte y se discuta entre nosotros, ahora que viene el Festival de Cine Español. Sería una culminación redonda para nuestra esquina cultural favorita.
Ojalá la distribuidora no nos tire bola negra.
Nos vemos por ahí.
Pedro Mosqueda

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