domingo, 6 de septiembre de 2026

«Venezuela como laboratorio para ensayar nueva fórmula de neo colonización» 🔴 Mariano Crespo Colina


Mariano Crespo Colina 

El escenario geopolítico actual nos presenta una inquietante metamorfosis del dominio imperial,  lejos de las invasiones militares masivas que marcaron el siglo XX. 

Estados Unidos parece estar experimentando en Venezuela, un nuevo tipo de neocolonialismo, una modalidad que difiere de los modelos aplicados en Puerto Rico, las Bahamas o Corea del Sur. En esta versión actualizada, la célebre práctica del "garrote y la zanahoria" se perfecciona, pero el garrote ya no es una flota de invasión, sino la captura selectiva, y la zanahoria no es la promesa de una democracia abstracta, sino el acceso a la mayor reserva de petróleo del mundo .

El experimento tiene tres pilares claros: los hidrocarburos y la minería como objetivo final, una política exterior perfectamente alineada a los intereses de Washington, y el estamento militar como garante del orden. 

El proceso democratizador y "demás hierbas" quedan relegados a una promesa postrera;  un adorno retórico que justifica la operación.  Como algunos  analistas han señalado, el control no se ejerce mediante la ocupación territorial directa, sino a través de la coerción selectiva y la subordinación de élites locales estratégicamente disponibles a los intereses extranjeros.

En este nuevo tablero, el actual gobierno venezolano, dirigido por un triunvirato compuesto por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, ha asumido un papel abiertamente colaboracionista,  aunque argumentan que esta postura es consecuencia de una coacción insufrible —una narrativa de supervivencia tras los eventos del 3 de enero—. Lo cierto es que se han convertido en los gestores locales de un orden que prioriza el interés foráneo. Incluso la oposición representada por figuras como Edmundo González y María Corina Machado, parece haber quedado relegada por el pragmatismo de Washington, que ha encontrado en el chavismo superviviente un interlocutor más funcional. La Asamblea Nacional, presidida por Jorge Rodríguez, le hace el juego a este triunvirato, aprobando acuerdos que atan el futuro del país a una dependencia estratégica de Estados Unidos.

La concreción más evidente de este modelo es el reciente acuerdo que compromete 65 mil millones de barriles de crudo, equivalentes a una quinta parte de las reservas probadas venezolanas. La Casa Blanca lo ha calificado como "el mayor acuerdo petrolero de la historia con una perspectiva de 100 años" . Sin embargo, la ambigüedad reina sobre sus términos. Mientras el presidente Trump y el triunvirato lo celebran como un contrato formidable. persiste la duda crucial: ¿es por 25 años —como afirma Delcy Rodríguez— o por 100 años, como sugieren las declaraciones de la Casa Blanca? Los términos definitivos del convenio o contrato, aún no han sido publicados. Esta opacidad alimenta la desconfianza en un país donde la transparencia no es precisamente la norma.

Y como en todo buen drama shakesperiano, el reparto incluye a un personaje que parece salido de una novela de corrupción: Alejandro Betancourt López, el multimillonario venezolano que opera desde Barbados y reside en Londres, se erige como el eje de la operación, ya que su empresa, Nabep (North American Blue Energy Partners), supervisará la explotación del crudo. Los antecedentes de Betancourt, conocido como uno de los "bolichicos" que amasaron enormes fortunas durante el chavismo mediante contratos sobrevaluados y sin licitación en el sector eléctrico , hacen inevitable preguntarse qué intereses confluyen en este acuerdo. Su historial de sobreprecios y proyectos inconclusos, documentados por organizaciones como Transparencia Venezuela, no parece ser un obstáculo para ser el socio predilecto en el que Washington ha depositado su confianza.

Al final, como reza el viejo dicho inmortalizado por Shakespeare en su tragedia de Hamlet: "algo huele mal en Dinamarca". El olor a podrido que se percibe no es solo el de la corrupción habitual, sino el de una soberanía que se vende a plazos, envuelta en un discurso de cooperación. 

Venezuela se está convirtiendo en el laboratorio de una nueva gramática del poder estadounidense: una dominación funcional, orientada al control de recursos vitales que el imperio considera propios. El experimento ha comenzado, y sus consecuencias para la democracia y la estabilidad de la región aún están por verse.

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