La plataforma de intercambio de activos digitales Binance, la más grande del mundo por volumen, sufrió una brecha de seguridad sin precedentes este jueves, que se saldó con la sustracción de más de 5.000 millones de dólares, según reporta CoinDesk. El incidente, que se encamina a convertirse en el ciberataque más devastador en la historia del sector, obligó a la compañía a suspender de inmediato todos los retiros de fondos en su portal global.
viernes, 30 de octubre de 2026
Ciberataque a Binance podría ser el mayor hackeo de criptomonedas en la historia 🔴
La plataforma de intercambio de activos digitales Binance, la más grande del mundo por volumen, sufrió una brecha de seguridad sin precedentes este jueves, que se saldó con la sustracción de más de 5.000 millones de dólares, según reporta CoinDesk. El incidente, que se encamina a convertirse en el ciberataque más devastador en la historia del sector, obligó a la compañía a suspender de inmediato todos los retiros de fondos en su portal global.
jueves, 29 de octubre de 2026
¡80 años formando a los defensores de la verdad, la libertad de expresión y el derecho a la información! 🔴 ESCUELA DE COMUNICACIÓN SOCIAL DE LA UCV
El ”botín” de Donald Trump (Parte II) 🔴 Rafael Quiroz Serrano
El ego y sus fantasías
Rafael Quiroz Serrano
Por todo esto, cuando Donald Trump (DT) dice, con deliberada provocación, frases altisonantes, como: “Las Reservas Estratégicas las vamos a reponer con petróleo venezolano”, “he hecho el mayor acuerdo petrolero de la historia”, “al vencedor pertenecen los despojos”, “quien gana se lleva el botín”, “la gente está feliz bailando en las calles” y “será el 51th Estado de los EE.UU.”, refiriéndose a Venezuela, lo hace con su olímpico ego encumbrado desde el norte del “YO”; pero también hace recordar a aquel individuo que a medianoche pasa silbando, o cantando suavemente, por el frente de un cementerio, para así disimular su propio miedo o temor a los muertos. Son frases pletóricas de fantasías, que lo único que persiguen es hacer ruido político para que terminen convirtiéndose en un monumento a la irracionalidad y a la demagogia, pero que sea permeable al electorado norteamericano donde DT tiene un fuerte rechazo en 46 de los 50 estados de la Unión. DT debe ser de esas extrañas personas que se reprochan no llegar a sentir más admiración y alegría por sí mismas. Cuando él habla como presidente de los EE.UU. pareciera pensar que desde Washington a ningún estadounidense ha otorgado Dios tan grandes dones como a él, y muy seguramente reflexionará, muy para sus adentros, preguntándose a sí mismo: “¿No debo yo sentirme glorioso por los dotes de Dios?”.
La política de DT no funciona por seguridad, funciona con una buena porción de xenofobia y por odio selectivo; y el odio más rentable siempre ha sido contra el que no puede defenderse, ni tiene a nadie quien lo defienda. Solo a los latinos los persigue como a criminales, no porque sean una amenaza nuclear, sino porque son las victimas que no pueden responder ni con misiles ni sanciones. Y habla de Venezuela, como si se tratase de un basurero municipal lleno de petróleo, donde él puede disponer de la “basura” como bien le parezca, y cae en una narrativa engañosa sobre todo cuando habla de “un acuerdo a 25 o 100 años” de concesiones. Ni siquiera en los años de la dictadura de J.V. Gómez, cuando se otorgaban concesiones por doquier en lo que Rómulo Betancourt llamó “La danza de las concesiones”, se llegaron a otorgar por 100 años contratos de explotación petrolera. Y de esta forma, e impulsado por su psicopatía y cleptocracia de Estado voraz e inescrupulosa, hace promesas (electorales) sin ningún fundamento serio, como es la de que EE.UU. llenará sus reservas estratégicas con petróleo venezolano, “Es un regalo de Venezuela al pueblo de Estados Unidos”; y además de todo es provocador.
La capacidad de reservas estratégicas de los EE.UU. es de 835 millones de barriles (MMB) y en estos momentos escasamente llega a 225 MMB, por lo que existe un déficit de 610 MMB; y ello es debido a que en los últimos cuatro años EE.UU. ha tenido que drenar barriles al mercado para así fortalecer la oferta y procurar bajar el precio de realización, o venta, del petróleo. Y aun así, ello ha tenido muy poca efectividad, pues los precios de mercado se han mantenido con tendencia hacia arriba, fluctuando alrededor de los 100 dólares el barril (U$B). Hay agencias, y analistas internacionales, que estiman que el precio del petróleo de tres dígitos llegó para quedarse. Es bueno aclarar que las Reservas Estratégicas, de las cuales venimos hablando, nada tienen que ver con las Reservas Probadas, ni con las “Probables”, ni mucho menos con las Hipotéticas o Imaginarias.
La “Vía Dolorosa” o el “impeachment”
El hecho cierto es que DT tiene un problema interno con el pueblo estadounidense que no se resuelve ni con discursos ni con frases ruidosas para público de galería, y que concluirá el martes 3 de noviembre en las elecciones parlamentarias de Mitad de Período, que según las últimas encuestas realizadas en el país del norte, y a saber de algunos analistas politólogos de EE.UU., los resultados serán favorables para los demócratas y los republicanos saldrán derrotados. Allí empezará “La vía dolorosa” para el narcisista maligno que habita La Casa Blanca, y cuidado si su Calvario no termina en un “impeachment”, algo así como el “Gólgota” de su carrera política. A partir de los resultados electorales que arrojen tales escrutinios, es cuando se inicie su “lloro y crujir de dientes”, para decirlo apocalípticamente, y es cuando sabremos la esencia del mega Acuerdo Petrolero, y qué es lo que hay ciertamente detrás de tanta opacidad petrolera y “precariedad legal”, tal como lo afirman los académicos en su comunicado.
EE.UU sin empresas petroleras públicas
Es oportuno subrayar que los EE.UU., como Estado propiamente, no posee ninguna empresa petrolera pública que produzca ni siquiera un solo litro de crudo; pues en ese país todas las empresas de hidrocarburos son privadas, por lo que el Estado no está en condiciones de garantizar inversión alguna, ni ningún aumento de producción de crudos en ningún país, ni en ninguna parte del mundo; mucho menos tasas mínimas de rentabilidad corporativa.
En EE.UU. cada empresa petrolera juega a sus propios y particulares intereses que no son otros que las meras tasas agigantadas de ganancias, y nada tienen que ver con los intereses del país y del gobierno; por esto, no están obligadas a obedecer ninguna directriz que venga de La Casa Blanca. Esto quedó en evidencia cuando ninguna de las 18 grandes transnacionales petroleras que DT reunió en su residencia gubernamental de Washington durante la primera semana de febrero, ha invertido ni un solo dólar en la industria petrolera venezolana; a pesar de todas las ventajas que se les ofrece con la nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos.
Menos aún si quieren llevarlos en forma compulsiva a acuerdos petroleros bilaterales sin sustento alguno, con novatas empresas sin experiencia ni capital, pero sí con ciertos riesgos al invertir 65.000 millones de dólares (MMMU$) en 17 campos. Nunca, ninguna de las antiguas “Siete Hermanas” recibieron órdenes del huésped de La Casa Blanca, ni de dónde y cuándo invertir. A las grandes transnacionales del petróleo, aquellas serias y con fuerte músculo financiero, no les convence tanta quimera, o espejismo, alimentado por las locuras de un narcisista patológico vendedor insolvente de inmuebles de la 5ta. Avenida de Nueva York. Tanta ficción, por no decir locura, tuvo que haber levantado en ellos una sombra de sospecha y suspicacia.
¿Por qué China y Rusia no invirtieron durante 27 años?
Valdría la pena preguntarse cómo es que China y Rusia, que sí tienen empresas petroleras públicas (del Estado) con vasta experiencia y con buen músculo financiero para tamañas inversiones, no lo hicieron durante los largos 27 años de la era chavista. Levanta cierta suspicacia, por no decir sospecha, el saber que el presidente Xi JinPing y Vladimir Putín no les haya llamado la atención tan “atractivo”, “apetecible” y “ventajoso” negocio de concesiones petroleras a 25 (y 100) años como fantasiosamente lo pinta DT. Tanto chinos como rusos conocen de petróleo, y saben de la importancia vital de esta materia prima para el mundo industrializado, y que su “reinado” de consumo mundial se alarga por muchas décadas más, por encima de las energías alternas o renovables, que aún no terminan de convencer en sus ventajas y bondades.
Ellos saben que la era del petróleo se niega a morir y que de la matriz energética los fósiles (petróleo, carbón y gas) siguen aportando más del 84% del consumo mundial. El petróleo, le guste a quien le guste, seguirá siendo el común denominador del mundo energético, mientras que la energía es -y seguirá siendo- el común denominador de la economía mundial. También, tanto chinos como rusos saben que las reservas de la faja fueron abusivamente infladas por Chávez, para hacer creer a incautos que Venezuela era el “ombligo”, o el centro principal, de todos los reservorios petroleros del mundo. Ya lo decía el distinguido Francisco Monaldi (IESA): “Chávez infló las reservas”; mientras que Evannán Romero al referirse al mismo tema afirmó: “Todos saben que Hugo Chávez hizo esa trampa” y más adelante añadió: “Chávez se auto certificó” (al adulterar los números) y “se burló del mundo civilizado. Eso es trampa y eso es fraude” (entrevista televisiva con el periodista Casto Ocando). Apreciación similar tiene un ingeniero petrolero respetado, de gran trayectoria en la industria petrolera nacional y por todos conocido, como lo es Gustavo Coronel, quien con claridad afirma: “Es decir, duplicaron por decreto el factor de recobro del petróleo en la faja, sin tener los datos de yacimientos que sustentaran tal afirmación. El fraude fue llevado a cabo de la misma manera como se hicieron tantos desaguisados en la Venezuela chavista, a los trancazos, a lo macho, contando con que la ignorancia sobre el tema cubriría lo absurdo del acto. Y así fue. Hoy en día todo el mundo acepta que Venezuela tiene las reservas probadas más grandes del mundo y nadie chista.” (entrevista en el semanario La Razón, 18 al 24 de octubre de 2026; “Reservas petroleras no han sido probadas”). Se tienen grandes reservas, pero no es cierto que sean las más grandes del mundo, como repiten muchos venezolanos sin sustentación alguna, extrañamente incluyendo un economista-petrolero ya adentrado en edad. Los venezolanos siempre hemos tenido la tendencia a magnificar todo lo referente al petróleo (y otros temas más) y su industria. El exministro Rafael Ramírez miente cuando contradice a La Razón, que sí tiene la razón.
La transición política
No es fácil, no es fácil para las empresas transnacionales. Mientras que los inversionistas no perciban que la transición política es una realidad, y eso hasta ahora no es perceptible a la luz de las circunstancias políticas del país, y mientras que no se hable con sinceridad y transparencia numérica acerca de la cantidad de reservas probadas que tiene el país. Un simple ejemplo, es que la apuesta petrolera de ExxonMobil sobre 4 campos de crudo extra pesado en la Faja del Orinoco (Bloque Carabobo) lo hace con cautela extrema, poniendo por delante lo que aun PDVSA le adeuda desde 2007, cuando le expropiaron indebidamente (sin indexación), y ese monto se ubica sobre los 6.700 MMU$, que la transnacional petrolera espera cobrar antes de invertir.
Es más, desde los mismos jardines de La Casa Blanca, el propio CEO de la ExxonMobil, Darren Woods, afirmó con claridad meridiana: “Actualmente es inviable (Venezuela) para invertir a largo plazo”. Lo que sí se puede tener como seguro es que las petroleras grandes no van a invertir ni un dólar con ilegalidad; por eso, empresas como la ExxonMobil, ConocoPhilips, Shell, BP, Equinor, Total, etc… siguen escépticas y temerosas de volver al país que aún les adeuda cantidades considerables desde años postreros, cuando Venezuela era gobernada por locos que manejaban el país a porrazo limpio, a tronca y mocha, la era chavista. Ellas aprendieron la lección y no volverán mientras que haya ilegalidad, poca transparencia y los contratos o concesiones se hagan fuera del marco de la Ley.
¿Cómo queda la Constitución?
Y qué decir cuando este faraónico Acuerdo propuesto por DT se pretende llevar a cabo a la luz de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (Mar. 2000) y viola flagrantemente seis de los artículos de la Carta Magna (11, 12, 138, 302, 303 y 311), referidos -nada más y nada menos- que a “la soberanía plena de la República (…) del subsuelo de todo el territorio nacional”; también a la pertenencia de los yacimientos mineros y de hidrocarburos los cuales son “inalienables e imprescriptibles”; igualmente al señalar que “El Estado se reserva (…) la actividad petrolera…” y, finalmente, “Por razones de soberanía económica, política y de estrategia nacional, el Estado conservará la totalidad de las acciones de Petróleos de Venezuela S.A.”. Y como si acaso le faltara la guinda a la torta, aparece el artículo 138 diciendo: “Toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos”. Aquí ya se estaría pisando un campo minado y peligroso a la vez, pues cualquier abogadito de Seboruco o Lobatera (Táchira.) podría ocurrírsele introducir un Recurso de Nulidad, o amparo, ante el nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), contra ese Acuerdo macro de DT (así sea “El mejor contrato petrolero del mundo”), y dado que se estaría ante un nuevo TSJ profesional, imparcial, serio, eficiente y competente, no sería extraño que tal recurso de nulidad contra el Acuerdo, se le dé admisión y procedencia debida. Apelaciones, demandas, recursos, anulaciones y denuncias, surgirán como hongos después de la lluvia.
Este es el temor verdadero que tienen las grandes transnacionales petroleras y que nadie les puede despejar, máxime cuando todos los días se dice que este es un gobierno ilegítimo de origen, usurpador, inconstitucional, irregular y pare usted de contar. Para el capital petrolero transnacional, por donde quiera que se vea Catalina (Venezuela.) es tuerta. Todo este “escándalo” del Acuerdo Petrolero, con reservas dudosas y pactos no escritos, que forma parte del estilo comunicativo de DT, dará un giro de ciento ochenta grados (180°) apenas pasen las elecciones de Mitad de Período del 3 de noviembre, y las aguas volverán a su nivel, despejadas ya del ruido político y de la propaganda “electoral” que le imprimió un manipulador mediático que se cree el dueño de todo el reservorio petrolero del mundo.
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miércoles, 28 de octubre de 2026
«¿Para qué sirve Alfredo Maneiro?» / Carlos Dürich
«Nada hay que pueda darse por ganado en la historia de las ideas; en ella, como en el mito de Sísifo, todo tiene que ser pensado cada vez de nuevo»
Bolívar Echeverría
Carlos Dürich
Cada 24 de octubre conmemoramos la muerte de Alfredo Maneiro, dicha fecha suele despertar el mismo ritual: unos lo recuerdan como el fundador de un grupúsculo que osó romper con el PCV y el MAS; otros lo elevan a la categoría de mártir de la pureza revolucionaria. Ninguna de las dos cosas sirve de mucho. La primera es un exorcismo que no comprende; la segunda, una momificación que no interpela.
Este artículo se escribe en el marco de un nuevo aniversario de su fallecimiento, cuando Venezuela atraviesa una crisis social, política y económica que ha transformado radicalmente el país que Maneiro conoció. Aquella Venezuela que él describía en 1974 como “un país nuevo rico” que “ha banalizado la vida totalmente debido al sobreingreso petrolero” ha devenido hoy un territorio tutelado, asediado por sanciones, con una economía devastada, servicios públicos colapsados y una sociedad fracturada.
Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo se organiza un pueblo para transformar la sociedad cuando todos los aparatos —el Estado, los partidos, la ideología dominante— están diseñados para impedirlo? Por eso, cuando se indaga por la vigencia de su pensamiento, la respuesta no está en la fidelidad a sus consignas, sino en la fidelidad a su problema: el de la construcción de una vanguardia revolucionaria en tiempos de descomposición social. Y ese problema, como se verá, no se resuelve con fórmulas heredadas, sino con la misma obstinación con la que Maneiro lo planteó en sus Notas políticas.
Lo fundamental, entonces, es determinar si la necesidad de un partido de nuevo tipo, la crítica al reformismo y la disputa por la dirección política de las masas han sido superadas o si, por el contrario, laten con más fuerza que nunca en las entrañas de una Venezuela tutelada y dependiente. Para responder a esto, hay que volver al testimonio mismo de su reflexión, a sus contradicciones y a sus afirmaciones, porque es allí donde se encuentra la fuente de cualquier vigencia posible.
Algunas formulaciones necesarias
El pensamiento político de Maneiro anida en la concepción de la organización como un proceso y no como un acto administrativo. En sus Notas negativas (1971) sostiene que la división del PCV no fue una operación exacta, sino “una división con residuo”, y que ese residuo —un grupo de cuadros y militantes activamente descontentos— se planteó la posibilidad de formar otro partido. Esa posibilidad, dice Maneiro, “fue considerada y rechazada”. ¿Por qué? Porque en ese momento el grupo era muy joven, inexperto y sin recursos, y un intento de organizarse formalmente habría fracasado. Sin embargo, con el tiempo, esas mismas razones se invirtieron: el grupo demostró que podía perseverar sin desmoralizarse y que podía encontrarse con otros activistas del movimiento popular.
Lo que antes era razón para no organizarse se convirtió en razón para intentarlo. Pero lo decisivo es que Maneiro no funda un partido tradicional —con estatutos, jerarquías y estructura cristalizada de una vez—, sino que inicia un proceso de construcción de vanguardia: una organización que se va haciendo desde abajo, en el encuentro con el movimiento popular, sin formas prefijadas de jerarquía y vida interna.
Esta distinción entre proceso y acto administrativo no es un detalle historiográfico: es la clave para pensar la organización en la Venezuela de hoy. En un país tutelado, con una crisis social, política y económica que ha desarticulado los lazos colectivos, la desconfianza hacia los aparatos partidistas es inmensa —y justificada—. Fundar un partido tradicional de la noche a la mañana, con estatutos y jerarquías, sería repetir el error que Maneiro identificó: confundir la forma con el contenido, creer que basta con decretar una organización para que esta exista.
La lección de Notas negativas es la contraria: la organización revolucionaria no se decreta, se construye. Se hace en el encuentro con las luchas concretas —por el agua, por la luz, por la comida, por la dignidad—, en la articulación de experiencias dispersas, en la producción de confianza mutua. Es un proceso lento, laborioso, a menudo espontáneo, pero es el único que puede producir una vanguardia que no se convierta en un aparato burocrático más. En una Venezuela donde el Estado y los partidos han fracasado repetidamente, la pregunta de Maneiro sigue siendo la nuestra: ¿cómo construir organización sin reproducir las formas cristalizadas que han desmoralizado al pueblo?
Su nódulo principal es la calidad revolucionaria, transfigurada en su tensión dialéctica con la eficacia política. Maneiro define la eficacia política como «la capacidad de cualquier organización política para convertirse en una alternativa real de gobierno y para, eventualmente, llegar a dirigir este». Y define la calidad revolucionaria como «la capacidad probable de sus miembros para participar en un esfuerzo dirigido a la transformación de la sociedad, a la creación de un nuevo sistema de relaciones humanas». La superación de dicha tensión se alcanza por medio de la práctica, que es a la vez mecanismo y conducto de la experiencia popular. Su ordenamiento y disposición determinan una correlación de fuerzas y establecen un tipo de estrategia política: la construcción de una vanguardia desde abajo, en permanente formación.
Una vuelta breve a Notas políticas
Maneiro comienza sus Notas negativas partiendo de la contradicción entre la espontaneidad del movimiento popular y la conciencia socialista. La espontaneidad de las luchas —la reivindicación sindical, la protesta barrial— tiende a limitarse a lo inmediato, dislocando la lucha de su objetivo político. Bajo el entramado ideológico del “economicismo” y del “reformismo”, Maneiro formula su tesis central: la calidad revolucionaria no surge espontáneamente de la lucha reivindicativa, sino que debe ser “traída desde fuera” por los intelectuales orgánicos y por una organización que no se convierta en un fin en sí misma. En sus propias palabras: «En los últimos años, la quiebra de las organizaciones tradicionales ha extendido la convicción sobre la existencia de un profundo vacío de dirección revolucionaria».
Bajo esta situación histórica surge la necesidad de un partido revolucionario y su entramado organizativo: la fusión entre el producto de la crisis del marxismo y el producto del movimiento espontáneo de masas. Maneiro lo dice así:
«nos imaginamos un esfuerzo que, al menos inicialmente, iba a ser el resultado del encuentro de este producto de la crisis del Libertador marxismo organizado que éramos nosotros, con el producto del movimiento espontáneo de masas».
Pero la organización no es un cascarón vacío: su razón de ser es la disputa por la dirección política de las masas. Para ejercerla correctamente, Maneiro desarrolla dos herramientas teóricas: la crítica al burocratismo —la defensa de la democracia interna y la lucha contra el “espíritu de secta”—, que asegura que la conciencia parta de la realidad concreta y no de esquemas, y la crítica al nacional-reformismo —la imposibilidad de un desarrollo positivo sin ruptura de la dependencia—, que diagnostica la fase rentista del capital y señala la “cadena más débil” como punto de ruptura. Teoría del conocimiento y análisis histórico se conjugan: sin el primero, el partido es ciego; sin el segundo, la organización es impotente.
El imperialismo para Maneiro es la fase monopolista del capitalismo en la que la burguesía criolla administra la renta petrolera mientras impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Como el propio Maneiro lo formula en “Ante la situación nacional y el desconcierto de la izquierda”:
«El progreso social solo puede asociarse en nuestro país al desarrollo económico, que este desarrollo es esencialmente distinto al crecimiento operado, que es imposible en condiciones de capitalismo dependiente y, por eso, solo es concebible a partir de un cambio revolucionario de la estructura de la sociedad venezolana».
Ante esta luz, Notas políticas y su Entrevista con Iván Loscher pueden conectarse: la primera explica por qué hay que destruir el Estado burgués y su lógica rentista; la segunda explica cómo organizarse para hacerlo sin caer en el vanguardismo de salón. En la entrevista, Maneiro afirma:
«La forma no es neutral, la forma tiene que ver... no se puede decir: ‹cualquier partido, no importa cómo esté formado, es válido si quienes lo dirigen o si la política que le imprimen es de cierta naturaleza›».
Volviendo al presente: la Venezuela tutelada y el problema de la organización
La lucha de clases no es automática ni espontánea: es resultado de la organización política y de la teoría revolucionaria. Lo auténticamente manerista no es repetir consignas de 1971, sino definir en cada período histórico cómo la vanguardia puede articular las contradicciones principales. Para esto sirve el partido de nuevo tipo: no como receta, sino como método de organización que debe reinventarse en cada coyuntura. La forma no es neutral, la forma tiene que ver.
En su tiempo, la clase obrera se organizaba estrechamente vinculada a la fábrica y al sindicato. Hoy, sin embargo, el capital ha transformado sus métodos para impedir aquello que Maneiro consideraba el punto de partida: la organización popular autónoma.
La Venezuela actual —tutelada por poderes externos, asediada por sanciones, con una economía dolarizada de facto, servicios públicos en ruinas y una sociedad profundamente fracturada— presenta un cuadro que Maneiro habría reconocido en su lógica, aunque no en su forma.
Si él enfrentó un capitalismo que aún concentraba a los trabajadores en Sidor y en los barrios de Catia, el capitalismo contemporáneo ha desarrollado una estrategia de dispersión y precarización sistemática. El trabajo ya no es predominantemente fabril: es trabajo de plataforma, trabajo por cuenta propia forzado, trabajo remoto aislado, trabajo intermitente, migración masiva. La fábrica concentrada fue también la escuela de la organización obrera; hoy el capital ha reconfigurado la clase trabajadora para hacerla más difícil de organizar.
Sin embargo, Maneiro ya lo había anticipado:
«la transformación social y el proceso de crecimiento económico que la ha hecho posible ha aumentado las tensiones sociales, ha potenciado y robustecido el enfrentamiento tradicional de intereses entre el pueblo venezolano y las minorías privilegiadas».
Frente a esta ofensiva, el problema manerista se vuelve más agudo: ¿cómo construir unidad de acción a partir de una multiplicidad de fragmentos? La respuesta es que ninguna lucha por sí sola puede derrocar al sistema. Pero todas juntas, articuladas en un programa común y dirigidas por una organización que no se disuelva, sí pueden hacerlo.
El partido no es un sustituto de las luchas de base, sino el hilo que las cose. Como describió Maneiro en su entrevista con Agustín Blanco: «La política no es solo una cuestión de fines, sino de mediaciones. No se puede pretender llegar al socialismo sin construir los puentes que lo hagan posible».
¿Dónde están las nuevas “cadenas más débiles”?
Maneiro nos enseñó que la revolución no estalla donde el capital es más fuerte, sino donde la cadena de dominación es más débil. En «Ante la situación nacional y el desconcierto de la izquierda» sostiene que «Venezuela es y vale petróleo; pero, dados ciertos cambios mundiales, esta condición petrolera puede devenir debilidad o fuerza nacional. Este es el verdadero sentido de la coyuntura».
Hoy, la cadena débil es una constelación de crisis: la deuda externa como nuevo yugo colonial, la fractura ecológica como contradicción central, la reproducción social como campo de batalla (el trabajo de cuidado no remunerado), la migración masiva como válvula de escape de un sistema que expulsa a su población. Todas estas luchas —ecologistas, feministas, anti-deuda, por los servicios públicos, por la dignidad migrante— son expresiones de la misma contradicción fundamental entre el capital y la vida. En las ciudades latinoamericanas, los movimientos de inquilinos (contra fondos de inversión como BlackRock) y los trabajadores de plataforma (Rappi, Uber) parecen inconexos. Pero un análisis maneirista revela su unidad profunda: ambos son expresiones de la financiarización de la vida cotidiana.
El fantasma de la desorganización y la necesidad del partido
Se debate sobre la «crisis del partido tradicional». El horizontalismo y el autonomismo han mostrado eficacia en luchas concretas (piqueteros, 15M, zapatistas). Pero su límite es el mismo que Maneiro identificó: sin una organización nacional y estable, las luchas locales se agotan en su propia inmediatez. El capital se organiza globalmente; pretender enfrentarlo con formas puramente locales es como combatir un ejército con guerrilla sin retaguardia.
Por eso, el pensamiento de Maneiro es una advertencia metodológica: la fragmentación de las luchas es el principal triunfo del capital contemporáneo. La tarea es la recomposición de la clase trabajadora en todas sus formas —no solo la fabril, sino la de plataforma, la de cuidado, la de inquilinos, la de migrantes— en una organización política unitaria. Pero esa unidad no puede ser una estructura cualquiera.
Maneiro ya lo había advertido en Notas negativas contra las organizaciones que se convierten en un fin en sí mismas:
«Estructuras así terminan por producir un militante condicionado, de mediocres aspiraciones y cuya audacia, valor y espíritu crítico se resuelve, a menudo, en una racionalización forzada de las verdades, valores e intereses del partido».
La advertencia no es contra la organización, sino contra la burocratización de la organización. La unidad que necesitamos no es la que produce militantes condicionados, sino la que se construye como proceso, en el encuentro con las luchas concretas, sin jerarquías cristalizadas. Es decir: la recomposición de la clase trabajadora exige una organización que no reproduzca las formas que han desmoralizado al pueblo. La fragmentación se combate con unidad, sí, pero con una unidad que no se convierta en el espejo de aquello que critica.
Tres tareas para el manerismo del siglo XXI
1. Diagnóstico de las nuevas formas de proletarización: todo aquel que depende del salario (o de su ausencia) disciplinado por la deuda forma parte del proletariado ampliado. Maneiro ya lo advertía: «el crecimiento económico ha arrojado y está arrojando considerables beneficios y, a la vez, ha exigido y está exigiendo un elevado costo».
2. Construcción de un programa mínimo común: exigir que las luchas reconozcan su enemigo común —el capital financiero, el imperialismo, el Estado criminalizador y la burguesía rentista—. Maneiro lo formuló así: «La lucha nacionalista y la subversión de las actuales relaciones sociales son hoy una y la misma empresa».
3. Reinvención del partido: no una copia de 1971, pero el principio organizativo —la fusión entre teoría y práctica, la democracia interna, la disciplina consciente— sigue siendo insustituible. Maneiro lo dejó claro: «La organización no es un fin en sí misma, sino un medio para la transformación de la sociedad. Cuando se convierte en un fin, se burocratiza y muere».
Un horizonte para organizarse
Es necesario afirmar que todas las luchas que presionan hoy las lógicas dominantes son atravesadas por la necesidad de construir una herramienta política que las articule. Compartimos la posición de Rosa Luxemburgo —quien polemizó con Lenin—, pero adaptándola: la libertad es siempre libertad para los que piensan distinto. Sin embargo, sin organización no hay libertad posible.
¿Para qué sirve Alfredo Maneiro?
Lo esencial es admitir que hoy Maneiro sigue siendo útil. Seamos como Eric Hobsbawm, quien, frente al derrumbe de la URSS, señaló que el análisis marxista del imperialismo seguía siendo válido. Para los que pensamos como Maneiro —en una sociedad donde el libre desarrollo de cada quien sea la garantía del libre desarrollo de todos—, estamos en la obligación de rescatar la radicalidad de su pensamiento y, como afirmaba Bolívar Echeverría, pensarlo otra vez de nuevo. Porque negarse hoy como manerista es abdicar de la organización, de la teoría y, finalmente, de la lucha.
Maneiro lo resumió en una frase que sigue siendo una advertencia para nuestro tiempo:
«En realidad, existen organizaciones revolucionarias que parecen solo preparadas para adueñarse del aparato del Estado existente con el objeto de ‹ponerlo en marcha para sus propios fines›».
Contra esa tentación, contra la burocratización y contra la fragmentación, la vigencia de su pensamiento sigue siendo una tarea pendiente. En una Venezuela tutelada, donde la crisis social, política y económica ha desarticulado los lazos colectivos y ha sumido a millones en la supervivencia diaria, la pregunta de Maneiro no es un lujo intelectual: es una necesidad práctica.
¿Cómo reconstruir la organización popular en condiciones de dispersión, precariedad y desconfianza? ¿Cómo articular las luchas fragmentadas —por el agua, por la luz, por la comida, por la dignidad— en un proyecto común que no se agote en la inmediatez? ¿Cómo construir una vanguardia que no se convierta en un aparato burocrático más, sino que sea el hilo que cose las experiencias dispersas del pueblo?
Esas preguntas, que Maneiro planteó hace más de cincuenta años, siguen sin respuesta. Pero su pensamiento nos legó una certeza: sin organización no hay transformación posible. Y esa certeza, en la Venezuela de hoy, es más urgente que nunca.
«Cien salarios mínimos por medio kilo de nueces: la tragedia del salario venezolano» 🔴 Jorge Rossel
Una comparación entre Venezuela y Alemania revela hasta qué punto la destrucción del poder adquisitivo puede convertir un alimento corriente en un lujo inaccesible.
Jorge Rossel
Hay realidades económicas que se comprenden mejor mediante una comparación sencilla que a través de largas estadísticas. Una de ellas es la situación del salario mínimo en Venezuela.
En un supermercado Lidl de Berlín, un paquete de nueces peladas puede adquirirse por unos pocos euros. En Venezuela, medio kilo del mismo tipo de alimento puede alcanzar los 15 dólares. A primera vista, la diferencia parece importante, pero no extraordinaria. Lo verdaderamente dramático aparece cuando comparamos esos precios con los salarios mínimos de ambos países.
En Alemania, el salario mínimo legal de 2026 es de 13,90 euros brutos por hora. Para una jornada de 40 horas semanales, representa aproximadamente 2.409 euros mensuales.
En Venezuela, el salario mínimo legal permanece establecido en 130 bolívares mensuales desde marzo de 2022. A finales de octubre de 2026, esa cantidad equivale aproximadamente a quince centavos de dólar.
La diferencia es abismal: utilizando un tipo de cambio euro-dólar cercano a la paridad como simplificación, el salario mínimo alemán resulta unas 16.000 veces superior al venezolano.
Pero hay una comparación todavía más reveladora.
Si medio kilo de nueces cuesta 15 dólares en Venezuela, un trabajador que perciba exclusivamente el salario mínimo legal necesitaría destinar cien mensualidades completas para comprarlo. Es decir, ocho años y cuatro meses de salario, sin gastar absolutamente nada en alimentación, vivienda, transporte, medicamentos o cualquier otra necesidad.
Traslademos esa misma proporción a Alemania.
Cien salarios mínimos mensuales alemanes equivalen aproximadamente a 240.933 euros brutos. Por tanto, en términos de esfuerzo salarial, comprar medio kilo de nueces por 15 dólares en Venezuela representa una carga comparable a que un trabajador alemán tuviera que pagar casi 241.000 euros por ese mismo alimento.
Naturalmente, no estamos afirmando que las nueces cuesten esa cantidad en Alemania. Estamos comparando la proporción del salario legal que exige adquirirlas.
La cifra permite comprender la magnitud de la destrucción salarial venezolana.
El salario no puede sustituirse por bonos
Ante una comparación de esta naturaleza suele aparecer un argumento: los trabajadores venezolanos también reciben determinadas bonificaciones.
Pero es indispensable distinguir entre salario y bonos.
El salario constituye la base de derechos laborales fundamentales. Su cuantía incide, conforme a las normas aplicables, en prestaciones sociales y otros beneficios derivados de la relación de trabajo. Las bonificaciones excluidas de la base salarial no generan necesariamente esos mismos derechos.
Por eso, presentar la suma de salario y bonos como si se tratara de una remuneración salarial equivalente puede ocultar una transformación profunda de las relaciones laborales.
El problema no consiste únicamente en cuánto dinero recibe un trabajador durante un mes. También importa qué parte de ese ingreso está jurídicamente protegida, qué derechos genera y qué seguridad económica proporciona a largo plazo.
Una política de bonificaciones puede aliviar parcialmente necesidades inmediatas, pero no sustituye la obligación de reconstruir salarios dignos y derechos laborales efectivos.
Precios, especulación y poder adquisitivo
La comparación también obliga a examinar la formación de los precios.
Los productos importados incorporan costes de transporte, almacenamiento, distribución, impuestos y comercialización. Venezuela enfrenta además dificultades estructurales que pueden encarecer el abastecimiento.
Pero tampoco debe excluirse del análisis la posibilidad de márgenes comerciales excesivos y prácticas especulativas, especialmente en mercados con escasa competencia o dificultades de suministro.
No toda diferencia de precios demuestra especulación. Para determinarla sería necesario examinar los costes y márgenes reales de cada etapa de comercialización.
Sin embargo, incluso si un producto tuviera un precio plenamente justificado por sus costes, seguiría existiendo el problema fundamental: el salario mínimo venezolano carece de capacidad efectiva para adquirirlo.
La tragedia no es solamente que determinados alimentos sean caros. Es que el trabajo remunerado con el salario mínimo legal ha perdido prácticamente toda capacidad de compra.
La paradoja de la riqueza natural
La comparación adquiere una dimensión histórica y política cuando consideramos las características de ambos países.
Venezuela posee enormes recursos naturales: petróleo, gas, hierro, bauxita, oro, recursos hídricos y un considerable potencial agrícola.
Alemania dispone de recursos naturales propios, pero sus reservas de hidrocarburos y su dotación de numerosos minerales estratégicos son mucho más limitadas.
Sin embargo, Alemania ha desarrollado una economía de elevada productividad, con una importante base industrial, tecnología, infraestructura, formación profesional y mecanismos institucionales de protección laboral.
Venezuela, pese a su extraordinaria riqueza natural, atraviesa una profunda crisis económica y salarial.
Esta contradicción demuestra que poseer recursos naturales no garantiza el bienestar de la población.
La prosperidad depende también de la capacidad de transformar esos recursos en producción, tecnología, empleo, infraestructura, instituciones eficaces y una distribución socialmente justa de la riqueza.
Un país puede tener enormes riquezas bajo su suelo y, al mismo tiempo, trabajadores que no pueden comprar los productos más elementales.
La dignidad del trabajo como medida de una economía
El salario mínimo no es únicamente una cifra monetaria. Es también un indicador de la posición que ocupa el trabajo en una sociedad.
Cuando una remuneración mensual equivale a unos pocos centavos de dólar, resulta imposible sostener que cumple materialmente la función de garantizar condiciones mínimas de existencia.
La discusión, por tanto, no debería limitarse a cuánto debe aumentar nominalmente el salario mínimo. Debe abarcar la reconstrucción del poder adquisitivo, la productividad, el empleo formal, la negociación colectiva, la seguridad social y las instituciones encargadas de proteger los derechos de quienes trabajan.
Alemania no constituye un modelo exento de desigualdades, precariedad o conflictos distributivos. También allí existen trabajadores con dificultades para cubrir sus gastos y debates permanentes sobre salarios y coste de la vida.
Pero la comparación con Venezuela revela una diferencia fundamental de escala.
La cuestión decisiva es si una persona que trabaja puede vivir de su salario y ejercer efectivamente sus derechos.
Cien salarios por unas nueces
Medio kilo de nueces no debería ser un símbolo de riqueza. Es simplemente un alimento.
Y, sin embargo, cuando su precio representa cien salarios mínimos mensuales, se convierte en una medida estremecedora de la distancia entre el valor legal del trabajo y el coste de la vida.
Venezuela no necesita solamente recuperar indicadores macroeconómicos. Necesita reconstruir la dignidad económica del trabajo, restablecer el valor real del salario y garantizar que la riqueza nacional se traduzca en bienestar para su población.
Porque la verdadera riqueza de una nación no puede medirse únicamente por las reservas de petróleo, gas u oro que posee.
También debe medirse por la capacidad de sus trabajadores para vivir dignamente del fruto de su trabajo.
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