miércoles, 28 de octubre de 2026

«Cien salarios mínimos por medio kilo de nueces: la tragedia del salario venezolano» 🔴 Jorge Rossel


Una comparación entre Venezuela y Alemania revela hasta qué punto la destrucción del poder adquisitivo puede convertir un alimento corriente en un lujo inaccesible.


Jorge Rossel

Hay realidades económicas que se comprenden mejor mediante una comparación sencilla que a través de largas estadísticas. Una de ellas es la situación del salario mínimo en Venezuela.

En un supermercado Lidl de Berlín, un paquete de nueces peladas puede adquirirse por unos pocos euros. En Venezuela, medio kilo del mismo tipo de alimento puede alcanzar los 15 dólares. A primera vista, la diferencia parece importante, pero no extraordinaria. Lo verdaderamente dramático aparece cuando comparamos esos precios con los salarios mínimos de ambos países.

En Alemania, el salario mínimo legal de 2026 es de 13,90 euros brutos por hora. Para una jornada de 40 horas semanales, representa aproximadamente 2.409 euros mensuales.

En Venezuela, el salario mínimo legal permanece establecido en 130 bolívares mensuales desde marzo de 2022. A finales de octubre de 2026, esa cantidad equivale aproximadamente a quince centavos de dólar.

La diferencia es abismal: utilizando un tipo de cambio euro-dólar cercano a la paridad como simplificación, el salario mínimo alemán resulta unas 16.000 veces superior al venezolano.

Pero hay una comparación todavía más reveladora.

Si medio kilo de nueces cuesta 15 dólares en Venezuela, un trabajador que perciba exclusivamente el salario mínimo legal necesitaría destinar cien mensualidades completas para comprarlo. Es decir, ocho años y cuatro meses de salario, sin gastar absolutamente nada en alimentación, vivienda, transporte, medicamentos o cualquier otra necesidad.

Traslademos esa misma proporción a Alemania.

Cien salarios mínimos mensuales alemanes equivalen aproximadamente a 240.933 euros brutos. Por tanto, en términos de esfuerzo salarial, comprar medio kilo de nueces por 15 dólares en Venezuela representa una carga comparable a que un trabajador alemán tuviera que pagar casi 241.000 euros por ese mismo alimento.

Naturalmente, no estamos afirmando que las nueces cuesten esa cantidad en Alemania. Estamos comparando la proporción del salario legal que exige adquirirlas.

La cifra permite comprender la magnitud de la destrucción salarial venezolana.

El salario no puede sustituirse por bonos

Ante una comparación de esta naturaleza suele aparecer un argumento: los trabajadores venezolanos también reciben determinadas bonificaciones.

Pero es indispensable distinguir entre salario y bonos.

El salario constituye la base de derechos laborales fundamentales. Su cuantía incide, conforme a las normas aplicables, en prestaciones sociales y otros beneficios derivados de la relación de trabajo. Las bonificaciones excluidas de la base salarial no generan necesariamente esos mismos derechos.

Por eso, presentar la suma de salario y bonos como si se tratara de una remuneración salarial equivalente puede ocultar una transformación profunda de las relaciones laborales.

El problema no consiste únicamente en cuánto dinero recibe un trabajador durante un mes. También importa qué parte de ese ingreso está jurídicamente protegida, qué derechos genera y qué seguridad económica proporciona a largo plazo.

Una política de bonificaciones puede aliviar parcialmente necesidades inmediatas, pero no sustituye la obligación de reconstruir salarios dignos y derechos laborales efectivos.

Precios, especulación y poder adquisitivo

La comparación también obliga a examinar la formación de los precios.

Los productos importados incorporan costes de transporte, almacenamiento, distribución, impuestos y comercialización. Venezuela enfrenta además dificultades estructurales que pueden encarecer el abastecimiento.

Pero tampoco debe excluirse del análisis la posibilidad de márgenes comerciales excesivos y prácticas especulativas, especialmente en mercados con escasa competencia o dificultades de suministro.

No toda diferencia de precios demuestra especulación. Para determinarla sería necesario examinar los costes y márgenes reales de cada etapa de comercialización.

Sin embargo, incluso si un producto tuviera un precio plenamente justificado por sus costes, seguiría existiendo el problema fundamental: el salario mínimo venezolano carece de capacidad efectiva para adquirirlo.

La tragedia no es solamente que determinados alimentos sean caros. Es que el trabajo remunerado con el salario mínimo legal ha perdido prácticamente toda capacidad de compra.

La paradoja de la riqueza natural

La comparación adquiere una dimensión histórica y política cuando consideramos las características de ambos países.

Venezuela posee enormes recursos naturales: petróleo, gas, hierro, bauxita, oro, recursos hídricos y un considerable potencial agrícola.

Alemania dispone de recursos naturales propios, pero sus reservas de hidrocarburos y su dotación de numerosos minerales estratégicos son mucho más limitadas.

Sin embargo, Alemania ha desarrollado una economía de elevada productividad, con una importante base industrial, tecnología, infraestructura, formación profesional y mecanismos institucionales de protección laboral.

Venezuela, pese a su extraordinaria riqueza natural, atraviesa una profunda crisis económica y salarial.

Esta contradicción demuestra que poseer recursos naturales no garantiza el bienestar de la población.

La prosperidad depende también de la capacidad de transformar esos recursos en producción, tecnología, empleo, infraestructura, instituciones eficaces y una distribución socialmente justa de la riqueza.

Un país puede tener enormes riquezas bajo su suelo y, al mismo tiempo, trabajadores que no pueden comprar los productos más elementales.

La dignidad del trabajo como medida de una economía

El salario mínimo no es únicamente una cifra monetaria. Es también un indicador de la posición que ocupa el trabajo en una sociedad.

Cuando una remuneración mensual equivale a unos pocos centavos de dólar, resulta imposible sostener que cumple materialmente la función de garantizar condiciones mínimas de existencia.

La discusión, por tanto, no debería limitarse a cuánto debe aumentar nominalmente el salario mínimo. Debe abarcar la reconstrucción del poder adquisitivo, la productividad, el empleo formal, la negociación colectiva, la seguridad social y las instituciones encargadas de proteger los derechos de quienes trabajan.

Alemania no constituye un modelo exento de desigualdades, precariedad o conflictos distributivos. También allí existen trabajadores con dificultades para cubrir sus gastos y debates permanentes sobre salarios y coste de la vida.

Pero la comparación con Venezuela revela una diferencia fundamental de escala.

La cuestión decisiva es si una persona que trabaja puede vivir de su salario y ejercer efectivamente sus derechos.

Cien salarios por unas nueces

Medio kilo de nueces no debería ser un símbolo de riqueza. Es simplemente un alimento.

Y, sin embargo, cuando su precio representa cien salarios mínimos mensuales, se convierte en una medida estremecedora de la distancia entre el valor legal del trabajo y el coste de la vida.

Venezuela no necesita solamente recuperar indicadores macroeconómicos. Necesita reconstruir la dignidad económica del trabajo, restablecer el valor real del salario y garantizar que la riqueza nacional se traduzca en bienestar para su población.

Porque la verdadera riqueza de una nación no puede medirse únicamente por las reservas de petróleo, gas u oro que posee.

También debe medirse por la capacidad de sus trabajadores para vivir dignamente del fruto de su trabajo.

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