*** La patrona de Macarao con muchas peticiones por cumplir
Luis Carlucho Martín
Esta crónica, que nació en los días de la pandemia de la Covid-19, mereció una reedición, por la vigencia de su personaje principal –debido a la fe de algunos– y por los milagros que ha hecho y que muchos siguen esperando se materialicen. Se trata de Nuestra Señora del Rosario de Curucay. ¿Sabes de dónde es, de cuál parroquia es patrona, conoces su historia? Te invito a conocer a esta caraqueñísima Virgen de…
Algunas imprecisiones historiográficas dejan saber que la patrona de Macarao, Nuestra Señora del Rosario de Curucay –¿Sabes qué significa Curucay? –, tiene dos fechas de celebración de su advocación mariana, y reclama mayor atención de parte de la Iglesia y feligreses, quienes cada vez más se alejan de lo divino por las imperiosas exigencias mundanas, socioculturales y económicas; eso que llaman dinámica, aparente requisito para sobrevivir en estos agitados y extraños días modernos. Días de lluvias, inundaciones. Días de traición, de entrega, de dudas, de incertidumbres, de frustración, de arrecheras profundas, de unos contra otros, de ellos contra ellos y contra el pueblo...¡Qué locura!
El primero y el último de octubre se acostumbraba sacarla en procesión y las respectivas fiestas patronales de la inmaculada indígena, nombrada madre del sector, a partir del relato de un poblador originario; aunque hay quienes aseguran que se trata de una versión católica de aquellos curas, empeñados en evangelizar a los habitantes de la zona, solamente para que se dejaran “domesticar” bajo los mandatos emanados desde España en los albores del siglo XVIII.
¿Suena común? Dejarse domesticar según mandatos foráneos...y aplaudir como focas ciegas en la fé. Mosca, pues!
¿Por qué es caraqueña y de Macarao?
Cuenta la leyenda que un aborigen habitante de la zona –prolija en agricultura–, en su labor de recolección de alimentos, cuando fue a tomar agua del entonces purísimo río Guaire (sin que lo tocase la doña aquella que ni lo saneó ni nada) –cercano a los ríos Macarao y San Pedro–, notó algo extraño que colgaba de las ramas de un Curucay o Currucay –árbol de tronco leñoso que produce una goma curativa, especialmente para males de la piel–. Dicen que el sagrado hallazgo era una perfecta imagen en madera, de medio metro, de una Virgen, similar a Nuestra Señora del Rosario española; de allí el nombre.
Así lo contó el Hermano Nectario María, quien aseguró que llevaron esa imagen a la pequeña capilla del sector y desde entonces es venerada, aunque la tradición ha sido desplazada por otras deidades católicas más famosas, e incluso de otras religiones, gracias a la famosa libertad de cultos.
La imagen fue ubicada por representantes del clero y jefes indígenas en ese humilde templo del incipiente asentamiento que nació como pueblo de indios y pasó a ser pueblo de blancos, debido al próspero –para los conquistadores– modo de producción en el que se aprovechaban de recursos agropecuarios. La mano de obra era esclava: indios y negros que trajeron de África como fuerza de trabajo, debido a lo geoestratégico de la zona que servía de paso para intercambio comercial desde y hacia lo que hoy es Aragua y Puerto Cabello.
“Las primeras industrias que se montaron en Venezuela fueron los trapiches que producían papelón, aguardiente y ron y un tipo de azúcar que dejaba mucho que desear”, asevera Alfredo Cortina en su obra La ciudad que se nos fue. Además, en la zona, cultivaban yuca, maíz, batata, auyama y algunos granos. Todo un negocio para los dominantes.
Resultaba imperioso doblegar a algunos rebeldes, y cuál mejor manera que “en nombre de Dios”, y desde entonces, con anuencia de la recién descubierta e impuesta Virgen.
Pero, debido a esos atractivos económicos, los indios toromainas, desplegados por toda la zona bajo el mando de Guaicaipuro, ofrecieron aguerrida resistencia y dejaron sus vidas ante los todopoderosos ejércitos españoles, mejor armados y entrenados para la criminal invasión. ¡Hosanna en el Cielo!
El cronista Arístides Rojas –de cumpleaños los 11 de noviembre– escribió en Cien Vocablos Indígenas: “Macarao se llamó a uno de los tenientes de Guaicaipuro”. Por su parte, Alberto Cuevas Picón, afirma: “Hay que recordar con cariño esa región representativa de un país indómito en el que a las órdenes del Cacique Guaicaipuro rindieron sus vidas, en defensa de sus dominios, valientes caudillos como Gaymacure, Macarao, Naiguatá, Guaycamacuto, Querequemare, Chacao, Tiuna, Baruta, Sorocayma…”
Cronología de un sacro negocio
La aparición de la virgen, a mediados de 1.700 y la fundación de la parroquia 48 años después, atraen a más habitantes a Macarao, lo que comienza a significar un real negocio. En 1.765 la Corona envía al juez pesquisador, Don Pedro Felipe Llamas, a manera de garantizar contraloría positiva para los intereses invasores. Y en 1.772 recibe apoyo eclesial por parte de su Excelencia Don Mariano Martí, quien introduce cambios en cuanto al catolicismo y, apoyado en la Arquidiócesis de Caracas, oficializa a Nuestra Señora del Rosario de Curucay como patrona.
Al ejecutar el nuevo templo de la virgen recomendado por las autoridades, todas las ofrendas, tesoros y mucho oro, allí resguardado, desaparecieron, a pesar de los famosos contralores.
Ante este manejo desigual de los recursos, impuesto por el nuevo modo de producción, el indio se hizo escapista y nómada y los que se quedaron fueron esclavizados y adoctrinados, a pesar de la fuerza divina de la Madre de Dios.
Con la adición de la mano de obra negra la población aumentó a más de 1.200 habitantes, lo que multiplicó la lujuriosa necesidad del Pecado Original y se inició el mestizaje, también ante los ojos de María Santísima, cuya iglesia, por su importancia histórica, fue declarada monumento nacional el 2 de agosto de 1.960.
Tan próspera resultó la zona –además de agradable clima– que 200 años después del encomendero original para la zona, Juan Jorge Quiñónez, la hermana del Libertador, María Antonia Bolívar, adquirió una hacienda con esclavos incluidos…
Pocos, pero verdaderos milagros
Certificó el presbítero Santiago García que cuando la señora Josefa León enfermó de úlceras en la cara que le causaron entumecimiento por fuertes dolores en sus extremidades, se encomendó a la Virgen de Macarao bajo la promesa de una misa cantada en acción de gracias, si acaso se curaba.
La paciente, sana y a salvo, llegó desde un desconocido lugar a cumplir lo prometido.
En realidad no se conocen tantos favores concedidos, pero como la fe mueve montañas, los macaraenses tienen plena convicción en que su patrona ha actuado y lo seguirá haciendo sobre una andanada de demandas humanas que requieren intervención divina, y que además su patrona ayudará a conservar el parque nacional –creado en 1973–, y mejorará las condiciones de la represa –creada en 1873 por Guzmán Blanco para surtir de agua a El Calvario–, arreglará la vialidad, hará eficaz el servicio de transporte, desaparecerá la inseguridad, acabará las invasiones y dotará de hospitales y otros servicios de salud pública. Milagros en deuda. Y aunque ya no queden rastros del cacique Macarao, ni vestigios de los originales Curucays, ahí sigue la creencia como esperanza de cada feligrés hijo de la patrona o matrona celestial. Como ya se dijo, la fe mueve montañas.
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