La soberanía de Venezuela no puede depender de que el presidente de Estados Unidos —ni el gobernante de ninguna otra potencia— considere que el país “está listo” para celebrar elecciones. Resulta profundamente preocupante que desde Washington pueda siquiera plantearse que corresponde al jefe de una potencia extranjera determinar cuándo los venezolanos debemos ejercer nuestros derechos políticos. Venezuela tiene una Constitución aprobada mediante referéndum popular que establece el fundamento de nuestra organización política, la soberanía popular, la periodicidad de los cargos y los mecanismos electorales. Defender la soberanía no puede ser una posición selectiva: debe significar rechazar tanto las injerencias externas como cualquier intento interno de colocar el ejercicio del poder por encima de la Constitución. Las elecciones venezolanas no son una concesión que pueda otorgar Washington cuando considere que Venezuela está preparada; son un derecho de los venezolanos y una exigencia del orden constitucional de la República.
Precisamente por eso, la defensa de la soberanía y la defensa de la democracia deberían ser inseparables. Ser soberanos significa que ningún poder extranjero decida quién gobierna Venezuela, cuándo votamos o cuáles deben ser nuestras instituciones; pero también significa que ningún poder interno pueda apropiarse de esas decisiones y sustraerlas de la voluntad popular. La respuesta frente a cualquier pretensión de tutela extranjera no debería ser menos democracia, sino más Constitución, más instituciones, más participación popular, más transparencia y elecciones auténticamente libres y competitivas en los tiempos que correspondan constitucionalmente. Una República verdaderamente soberana no recibe de un imperio autorización para votar ni necesita que una élite interna decida cuándo puede hacerlo el pueblo: son los ciudadanos venezolanos, mediante su Constitución y sus instituciones democráticas, quienes deben determinar pacíficamente su propio destino.
Jorge Rossel
Septiembre de 2026

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