El periodismo venezolano ha sido invadido por un grupúsculo de trepadores con pretensión de reemplazar la formación profesional por el oportunismo y la habilidad para viralizar contenidos y ocupar espacios destinados al ejercicio responsable de informar con rigor y veracidad.
A influencers y opinólogos con grandes audiencias los ha seducido la codicia, poniendo su poder de convocatoria a disposición del mejor postor y de intereses particulares.
La opinión pública es víctima de un entorno comunicacional tóxico y manipulado, que genera matrices de opinión distorsionadas en un país que atraviesa una evidente orfandad de liderazgo y una crisis social y política sin precedentes.
La capacidad de análisis y el pensamiento crítico son desplazados por la superficialidad y la manipulación, en tiempos en los que informar y orientar responsablemente resulta más necesario que nunca.
También es deber de cada quien poner los hechos en contexto, contrastarlos y formarse un criterio propio lo más cercano posible a la realidad.

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