El debate que se ha desarrollado en los últimos días en torno a la cuestión del desarrollo de la inteligencia artificial (IA) es un motivo serio para reflexionar sobre la influencia que ejerce sobre nosotros. Sin embargo, lo verdaderamente fundamental no es el revuelo que ahora han provocado los gobernantes estadounidenses y los oligarcas de la industria, sino la posición única que ocupa la IA en la historia de las relaciones entre el ser humano y sus invenciones.
Lo importante es que la IA no es una mente, sino un espejo. No existe por sí misma, sino que simplemente "imita" el pensamiento humano. Y refleja todo lo bueno y lo malo que hemos acumulado dentro de nosotros. Por eso la IA, a diferencia de la rueda, la imprenta, el motor de combustión interna o el reactor nuclear, no puede existir separada del ser humano: expresándolo en términos marxistas, no es "enajenable" de él.
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