«La situación actual de Venezuela refleja la nueva era imperial, en la que es cada vez más innecesario e inconveniente para las grandes potencias hacer ocupaciones formales de Estados pequeños»
Linda Kinstler, NYT.- Desde que las Fuerzas Especiales de Estados Unidos capturaron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero, un flujo constante de funcionarios y ejecutivos petroleros estadounidenses ha visitado Caracas. Volaron allí para hacer lo que generaciones de administradores coloniales y empresarios han hecho antes que ellos: gobernar, en efecto, otro país. Como informó el Times hace poco, el secretario de Estado Marco Rubio dirige a la presidenta interina, Delcy Rodríguez, mediante mensajes de texto y controla el acceso de su gobierno a sus propios ingresos petroleros. Ella le informa sobre posibles nombramientos, y él le dice a qué apparátchiks de Maduro purgar. Bajo la tutela de Rubio, Rodríguez abrió la nación a las empresas estadounidenses. Según el gobierno de Donald Trump, es demasiado pronto para hablar de elecciones democráticas; eso tendrá que esperar hasta que el sector energético de Venezuela sea estable y su economía se haya recuperado.
Esta relación asimétrica ha llevado a los observadores a recurrir a términos conocidos, aunque de algún modo anacrónicos: Venezuela ha sido descrita como el “régimen títere” del presidente Trump, como su “colonia”, como un protectorado estadounidense y un Estado cliente. El economista Carlos Mendoza Potellá, exasesor del banco central venezolano, sostiene que el país ha cedido su soberanía nacional. «Ya no somos una nación», dijo. «Somos un territorio con algunos administradores delegados que implementan decisiones tomadas en el extranjero. ¿Quién decide? El emperador Trump, que tiene a su procónsul Marco Rubio».
Sin embargo, ninguno de estos descriptores captura por completo el extraño estatus de Venezuela...
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